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marzo 20, 2007

Salga lo que saliere... (+ epv)

Narración de Pastor Antón publicada en la sección Vasto Mirador del blog: http://www.elpobrecitoveedor.net/blog/ publicada este lunes, 19/03/07 . Ya hablé de él en varias ocasiones, y es ... que me encanta -como el flautista a la serpiente-.

(Juega con las palabras a su antojo, sin más limitaciones que las que él quiera imponerse -a simple vista, no desde su mirador-)

Yo lo había creado, qué carallo. Mi edén, ameno y silencioso, murmuraba todos los matices, sonidos, verbos y colores de mi preferencia. Aquello era imperfecto, claro, yo lo hice a mi imagen y semejanza.
De vez en cuando, como cualquier desobediente de consignas de dioses o tribunos, me asomaba a la ventana prohibida de mi paraíso terrenal, abiertas de par en par sus hojas, y, desde la altura de mi torreón, disfruté del atuendo de mi esencia transgresora, extraordinariamente provocadora para los pusilánimes.
No hubo un solo instante en que cada creación de mis sueños y de mi libre albedrío dejara de sonreírme con sus labios exquisitos. Todo aquello era aparentemente tan difícil de modelar que mis sentimientos de poder hacerlo crecían ufanos de sí mismos. El tiempo transcurría y no me amedrentaba, seguía pariendo la expresión certera de mi pensamiento, aunque supiera que evidentemente habría alternativas mejores.
Empero, necesitaba crear algo rompedor que superara todas mis obras anteriores. No lo conseguía por más que lo intentaba. Lo procuré con otro material más fértil y renovado. Aspiré entonces el aroma de la lluvia, olí las flores tersas más hermosas, combiné los crespusculares tonos y la suavidad de una piel amada. Invoqué mayor coordinación de mi diencéfalo en el control de las emociones de gozos, tristezas, miedos, agresiones y dulzuras. Machaqué en el mortero de la amígdala cerebral mis representaciones de las hojas de la parra, los pétalos de la rosa roja explosiva con la escarcha mañanera y la suavidad de su pubis, para conseguir la aprobación de la mirada de mi amante.
A pesar de mi afán, incurría de continuo en errores antiguos y la cosa no terminaba de nacer felizmente. Pero, qué prisa había. Me tomé mi tiempo. Algunos esbozos nuevos empezaron a seducirme, dudaba si abordarlos. Mejor lamiendo que mordiendo, mi enamorada estimulaba mi espíritu creador a base de besos y vasos de oporto, el rigor de mi disciplina espartana se iba esfumando. No pasaba nada si no aparecía de una vez lo más innovador que ansiaba encontrar.
Sumergí mi mano en un panal sin abejas y unté la miel en el surco húmedo de su barriga que había dejado mi lengua. La fija y concentrada atención a la sustancia viscosa me deformaba su silueta, aunque probarla me sabía a delicia. ¿Tenía acumuladas ya en ese momento emociones suficientes?. Perplejo, desconfiaba si renunciar o ponerme de nuevo manos a la obra. En sus ojos brillaba una gota de agua. La tomé delicadamente con la yema de mis dedos y resbaló hasta la cama. Acaricié sus pies y el aroma de sal y pimienta de su donaire impregnó mi olfato. Me parecía la más atractiva del mundo y pensé en el desasosiego que me embargaba. Seguía faltándome algo, no daba con ello.
Anduve deambulando por las horas y las noches en vela. Las margaritas que adornaban el florero se decoloraban y se tornaban amarillentas y mustias. Mi palpitar era estruendoso, aunque solo yo lo escuchara nítidamente. Mi sensación de derrota empezó a nublarme la vista, las lágrimas llamaban a la puerta giratoria de mis pupilas. No llegaba la alteración con las novedades perseguidas.
Tenía hallazgos suficientes y suaves materiales con los que apelmazar los elementos menos dóciles y más díscolos. No supe sentir lo que se avecinaba. Definitivamente no reconocía que me había salido fatal el comienzo insinuado vagamente. Estaba concluyendo y la resultante no se parecía en nada al modelo inicial con el que empecé la creación.
Una punzada se acomodó en mi pecho y me invadió de aflicción. Ya sin mis atuendos, con los que antaño quebrantaba las reglas dominantes, me sentí de repente débil y vulnerable, y le di la espalda al empeño. De manera circunspecta, me puse a intentarlo otra vez, todo de nuevo, volvería a empezar.
Tenía que escribir mi narración sin temor al fracaso. El engaño de no contar la realidad percibida de los que odiaba no podía ser la neurosis de mi vasto mirador. Lo último que alcancé a escribir fue un título con el que recrear el invento de una mentira, amalgamando las obvias dispares naturalezas de los resultados alcanzados.

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