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junio 01, 2009

MACDONALD'S + Difícil... (+ Fernando Sarriá)

PRESENTACIÓN DEL CREPUSCULARIO...
Podría ser poesía...
En el dormido estanque, la mañana no ha dejado todavía su relamido y suave sol de invierno y hay una fina sabara inundando el ambiente. Cae una hoja de uno de los pocos árboles que todavía guardan en sus ramas el misterio anual de la caducidad y se precipita a lo largo de unos segundos eternos para ahondar en la serena e inamovible superficie húmeda... allí, el temblor se esparce como un sentimiento que lo recorre todo... este pequeño suceso podría ser la palabra, un verso, todo un poema ante tus ojos contemplando el nacimiento en ti de una emoción...
Autor: Fernando Sarriá. Titulo: El error de las hormigas (Editorial Eclipsados)
crepusculariosiglo21.blogspot.com/
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Publicado por Fernando el domingo 1 de marzo de 2009.
Autor: Manuel Vilas

Estoy en el MacDonald's de la Plaza de España de Zaragoza,
haciendo la cola gigantesca,
con los ojos clavados en los carteles de los precios,
el dinero justo en la mano derecha,
billetes arrugados.

Estoy ahora en el piso subterráneo, arriba fue imposible.
Estoy sentado al lado de un niño negro que tiene en su mano
una patata amarilla untada de ketchup muy rojo:
Santísima bandera del otro mundo, el niño negro que resplandece,
mi hermano ciego.
El niño está solo, no bebe,
no le llega para la Cocacola, sólo patatas.
Sólo patatas, sólo patatas, esa desgracia,
esa soledad idéntica a la mía,
¿no lo entiendes?, sólo le llega para las patatas,
y está sentado, quieto,
en su trono, la negritud y el niño,
en el trono, allá, allá, en ese trono radiante.

MacDonald's siempre está lleno.
Es el mejor restaurante de Zaragoza,
una alegría despedazada nos despedaza el corazón:
Por tres euros te llenan de cajas, de vasos de plástico, de bolsas,
de pajitas, de bandejas.
Es el mejor restaurante del mundo. Es un restaurante comunista.
Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo,
aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco,
al lado de un cartel que dice "I'm lovin' it". Tengo una bota encima de un charco
de un helado de nata deshecho. Miro la nata comerse el tacón de mi bota.
Una nata blanca, despedazada.
Arde el sol sin tiempo, bulle la mano sucia.

A mi lado, una niña de veinte años le dice a un tío de diecisiete
que no le importaría hacérselo con él. Con él, con él, un eco negro.
Y ríen y tragan patatas fritas.
Y yo trago patatas fritas.
Y dos maricas enfrente comiéndose la misma hamburguesa goteante,
cada boca en un extremo, y se manchan y se muerden.
Y tragan patatas fritas. Y se besan. Y se tocan. Y se despedazan.

En Londres, en París, en Buenos Aires,
en Moscú, en Tokio,
en Ciudad del Cabo, en Tucson, en Praga,
en Pekín, en Gijón,
somos millones, la tarde harapienta,
el dolor en el cerebro, la comida,
millones en miles de subterráneos esparcidos
por la gran tierra de los hombres.

Estoy en paz aquí con todo: barata la carne, barata la vida, baratas las patatas.
Me siento Lenin. Soy Lenin, el marica inusitado,
el gran hereje, el loco supremo,
el hijo de la última mano miserable que tocó
el monstruoso corazón del cielo.
Si Lenin volviera, MacDonald's sería el sitio,
el palacio sin luna,
el gueto de las reuniones clandestinas.

Algo importante está sucediendo
en este subterráneo del MacDonald's
de la Plaza de España de Zaragoza, pero no sé qué es. No lo sé.
De un momento a otro, vamos a arañar la felicidad:
el niño negro, los novios, el muñeco, la nata del suelo, mis botas.
Botas nuevas, de piel brillante, con la punta afilada en señal de muerte.
En MacDonald's, allí, allí estamos.
Carne abundante por tres euros.
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Publicado por Fernando el sábado 28 de febrero de 2009.
Autora: Brenda Ascoz

Difícil
prescindir de las costumbres,
de la oscuridad de ciertos hábitos como eczemas,
de las sombras enquistadas bajo una piel demandante
y nocturna.
Demasiado atractiva la amargura
cuando exime de las luchas cotidianas,
del anonimato productivo,
del desasirse de las sábanas
a pesar del sueño pesado.
Difícil es de soltar
la mano de aquella a quien más temo,
pues es capaz de producir sorpresa,
de hacer que sienta que puedo
apostar por todos los números,
no percibir las renuncias,
no preguntarme ¿y si hubiera?

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