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abril 10, 2012

El círculo se cierra en Torrellas. 14 de abril

Publicado en 01 de abril de 2012 en el blog de Daalla fusiladosdetorrellas.blogspot.com.es/2012/04/el-circulo-se-cierra-en-torrellas.html


"En los territorios que cayeron desde el 18 de julio de 1936 bajo el dominio franquista no hubo frente, no hubo guerra, solamente violencia y represión sobre la población civil. El terror se impuso para provocar la inmovilización.
Bajo esta premisa varios torrellanos, incluido mi abuelo Feliciano Lapuente, fueron sacados de sus casas para ser asesinados y abandonados en campos y cunetas.
Para aquellos golpistas era irrelevante que tanto mi abuelo como los demás fueran pacíficos vecinos que no habían planteado conflictos en los años precedentes. Sencillamente pusieron en práctica con ellos el programa de terror político previamente diseñado por el fascismo español.
Los verdugos fueron los guardias civiles y los falangistas que, una vez dominados los pequeños núcleos de población como Torrellas, comenzaron la dura represión de los que habían sido líderes de la defensa de la legalidad republicana, especialmente los alcaldes y los concejales, entre los que se encontraba mi abuelo Feliciano.
Ellos fueron los más significados pero no los únicos. La mayoría de asesinados en Torrellas eran trabajadores comprometidos en la defensa de sus intereses de clase. Su ejecución se hizo con fines ejemplarizantes, para infundir terror.
Muchas veces he pensado que mi abuelo tenía todos los números para que le tocase ser una víctima de aquella siniestra lotería, al reunir la doble condición de concejal socialista y de activo sindicalista de la Unión General de Trabajadores.
Era, por un lado, un adversario ideológico, republicano y de izquierdas. Pero también era un trabajador, un jornalero. Por ello sufrió una represión de clase, el castigo al pujante movimiento obrero que había puesto en peligro la dominación de la oligarquía tradicional.
Tras el asesinato de aquellos torrellanos, debió de haber comenzado para sus familiares el duelo, la reacción normal después de la muerte de un ser querido. El duelo, muchos de nosotros lo hemos vivido, es un proceso más o menos largo y doloroso de adaptación al vacío que ha dejado la pérdida, en el que debemos soportar el sufrimiento y la frustración que comporta.
Todo ser humano, por el mero hecho de serlo, tiene derecho al duelo por parte de aquellos que lo amaron en vida. Y ese duelo exige la presencia del cadáver con el fin de poder enterrar dignamente los restos del difunto.
Sin embargo, los asesinos de mi abuelo y de sus compañeros violaron también los ritos sociales relacionados con el entierro, el duelo y la tumba. Sus cuerpos no fueron dejados en una fosa ignota o abandonados a las alimañas, como en tantas ocasiones ocurrió.
Ellos tuvieron la “suerte” de ser enterrados en una fosa común del cementerio civil de Ágreda, gracias a la piadosa y valiente decisión de unos vecinos de esta localidad soriana.
A las viudas, los padres, los hermanos, las madres… se les impidió que fueran allí a llorarles. La presencia material de la tumba, que permite a los familiares inmortalizar al ausente a través del rito de la memoria, les fue negada por sus asesinos empeorando aún más el trauma que les produjo la muerte violenta de sus seres queridos.
Durante décadas, sólo de noche y de forma clandestina se atrevieron a visitar aquella fosa común que año tras año se iba degradando, en un intento por las autoridades franquistas de borrar aquel lugar de memoria acumulando en él desechos de todo tipo, desacralizando aún más un lugar que ya de por sí estaba destinado a los “rojos”, a los bebés sin bautizar y a los que se suicidaban; los que no merecían un entierro “como Dios manda”.
Cuando pienso en aquellos años que siguieron al asesinato de mi abuelo no puedo dejar de admirar el temple de mi abuela Mercedes, admirar cómo logró sobrevivir con dos hijas pequeñas en aquellas condiciones de persecución de los vencidos, de hambre, de enfermedades, de miseria…
Cómo logró sobrevivir llevando sobre los hombros unas cargas psíquicas tan pesadas que podrían acabar con cualquiera, incluso en situaciones de abundancia material. El terror continuo, la negación de su estado de viudedad, la prohibición de llevar luto o exteriorizar su duelo, la falta de esperanza en el porvenir…
Y, por encima de todo, el silenciamiento de todos estos sentimientos tan intensos y tan dolorosos, silencio que por sí solo es, al decir de muchos especialistas, un peligro para la salud, ya que reprimir emociones y guardar secretos tan traumáticos mina la resistencia de cualquiera.
Hoy día, que tanto se predica sobre el respeto a los familiares de las víctimas del terrorismo, compárese la situación con el “respeto” que se les dispensaba en el pasado.
El duelo no acaba hasta que no se encuentra el cadáver. Y nosotros fuimos afortunados porque el día 10 de octubre de 2010 conseguimos ver cumplido el sueño de mi abuela: localizar y exhumar los restos de mi abuelo y de sus compañeros para enterrarlos de la forma digna que toda persona merece.
Fue la antorcha que mantuvo siempre encendida y que transmitió a sus hijas para que éstas, a su vez, nos la pasaran a los nietos, la generación que, con la ayuda de muchas personas, hemos conseguido hacer su sueño realidad.
El próximo 14 de abril, no podría ser fecha más emblemática, podremos cerrar el círculo. Los restos de nuestros abuelos nos serán, por fin, entregados, satisfaciendo la demanda de los familiares de recuperar a nuestros seres queridos y poderlos enterrar digna y públicamente.
Se cumplirán así dos obligaciones: permitir el duelo que se negó a las familias y saldar la deuda moral e histórica de Torrellas al reconocer la contribución de varios de sus vecinos a una sociedad más justa y democrática.
Han sido muchos, muchos los años de silencio. Pero silencio no es lo mismo que olvido.
El olvido es la peor de las muertes. Y muchos han intentado, de una forma u otra, que les olvidáramos.
No lo han conseguido.
Así reza la frase que escribió Miguel Hernández en plena guerra civil, preso en una cárcel franquista, y que figura en la placa que descubriremos en homenaje a nuestros abuelos:
“Aunque el otoño de la Historia cubra vuestras tumbas con el aparente polvo del olvido, jamás renunciaremos ni al más viejo de nuestros sueños”.
A todos los que me leéis os invito cordialmente a acompañarnos.

¡Salud y República!"

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