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septiembre 12, 2022

BANCOS DE PENSAMIENTO ÚNICO, de Juan José Millás

7/8/22

Pepe Albors Orengoforo Juan José Millás

Papel Mojado      BANCOS DE PENSAMIENTO ÚNICO
Juan José Millás     Interviu: 18 de octubre 2004
Una de las manifestaciones tradicionales del poder consiste en tener más hijos que nombres de pila eres capaz de recordar. En los textos de antropología y de historia encontramos frecuentemente reyes, jefes de tribu y príncipes cuyos árboles genealógicos poseen más ramas que estrellas hay en el universo. Ninguno de estos padres se ha ocupado de la escuela de sus vástagos, ni de su salud, ni siquiera de su alimentación. Tenían hijos como se tienen pelos en la cabeza, sin saber cuántos ni por qué. Siempre me ha asombrado esta capacidad para procrear sin establecer vínculos afectivos con los descendientes. No cabe en mis esquemas emocionales, lo que tampoco es raro sin pensamos que no soy jefe de tribu, ni rey, ni príncipe, categorías a las que parece reservado este derecho. Ocasionalmente, he conocido a algunas personas que tenían hijos sueltos por aquí o por allá sin mantener relación alguna con ellos, pero cuando he intentado que me revelaran el secreto para no sentir nada frente a la carne de tu carne y la sangre de tu sangre, me han mirado como si fuera un marciano. Y no es que sea un marciano, es que he leído muchas novelas sentimentales.
Precisamente, cuando yo era pequeño y lo normal, casi al contrario que ahora, era ser hijo biológico y no adoptado, la adopción se contemplaba como un suceso extraordinario. Tanto era así, que los padres adoptivos solían ocultárselo a los niños, para no hacerles sufrir. Ya aviso que nunca entendí el porqué de ese sufrimiento: siempre deseé ser adoptado y aún hoy no he renunciado a esa posibilidad fantástica. Pero yo soy una excepción, así que cuando querías hacer sufrir a uno de tus hermanos pequeños, bastaba con decirle que lo habíamos recogido de la calle. Cerca de mi casa vivía un matrimonio sin hijos que un día desapareció del mapa. Nunca volvimos a saber nada de ellos. La razón es que habían adoptado un hijo y, para que nunca jamás conociera la verdad acerca de sus orígenes, habían decidido cambiar de casa, de ciudad, y no sé si también de país. La pasión por saber de dónde procede uno es tal que hay numerosas asociaciones de gente que, habiéndose enterado de que sus padres no eran sus padres, pasan media vida buscando a los verdaderos. Por lo general, los verdaderos son decepcionantes, pero el asunto no se contempla en términos de decepción o encantamiento, sino en términos de verdad. Estamos convencidos de que al descubrir la verdad biológica nuestra vida cambiará de algún modo. Somos así. La literatura y el cine están llenos de historias de hermanos y hermanas que, habiendo sido separados de pequeños para caer en familias adoptivas diferentes, se encuentran pasado el tiempo y, sin saber que son hermanos, se enamoran. Se trata de un argumento arquetípico, por no decir típico, que garantiza las dosis de emoción que el lector busca en la novela.
A veces, el progreso científico da al traste con los argumentos literarios. La posibilidad de que dos hermanos que no se conocen se encuentren, se casen y tengan hijos crece a medida que aumentan los bancos de esperma dedicados a la venta de espermatozoides o de óvulos fecundados. La llamada de la sangre era un mito literario que está a punto de irse al carajo. Acabo de leer un reportaje sobre bancos de esperma según el cual un estudiante danés que vende el suyo con cierta regularidad tiene ya repartidos por el mundo unos cien hijos, como cualquier jefe de tribu, reyezuelo o príncipe antiguos. La cifra, habida cuenta de los espermatozoides que caben en un tubo de ensayo y del avance en los sistemas de fecundación artificial, se podría multiplicar por miles o millones en poco tiempo. Las posibilidades de que hijos de un mismo padre coincidan en un guateque aumentan si pensamos que los usuarios de bancos de esperma o de óvulos suelen solicitar las mismas características genéticas en los donantes: ojos azules, 1,80 de altura y pelo rubio. En unos años más, la humanidad podría disfrutar no sólo de un pensamiento único, sino de una uniformidad física total. Al contemplar al otro creerás que estás mirándote en el espejo y te enamorarás de él, es decir, de ti, como Narciso.

Noto que me he quedado un poco antiguo en el hecho de que, al leer el reportaje citado más arriba, he resuelto que no donaría mi esperma ni por todo el oro del mundo a ningún laboratorio danés o sueco. Me produce una inquietud sin límites la idea de ser responsable de cientos de vidas, de decenas de hijos a los que nunca colocaré el termómetro ni daré un beso ni contaré un cuento ni llevaré al pediatra. Aunque se trata de una decisión ingenua: ningún banco de esperma aceptaría el mío, pues no soy alto, ni rubio, ni tengo los ojos azules. Además, pronuncio mal la erre

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