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octubre 31, 2023

CTXT. Gaza y la esencia de la humanidad. Por Joaquín Urías

 Joaquín Urías 26/10/2023

Solo un miserable permanece impertérrito ante el anuncio o la visión de un bombardeo como los que estos días caen sobre la Franja. Porque un niño judío llora igual que uno palestino

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Me hice adulto en una guerra. La de Bosnia. A partir de 1993 viví varios años en campos de refugiados en la antigua Yugoslavia y allí me convertí, en gran medida, en la persona que soy. En esos años murieron amigos míos. Otros perdieron a familiares. La mayoría de ellos se quedaron sin casa. Viví de cerca la desesperación de quien lo ha perdido todo y la angustia personalizada cada vez que bombardeaban un barrio, destruían un edificio emblemático o entraban a sangre y fuego en un pueblo.

Después he vuelto otras veces a lugares en conflicto, pero aquella primera y larga experiencia marcó mi vida y mi percepción del sufrimiento de las guerras.

Por eso sé que solo diferencia entre los muertos quien no los ha visto de cerca. Las redes sociales son especialmente proclives al odio y la deshumanización porque te permiten opinar mientras ves el mundo desde la lejanía de tu sofá. Sin mirar a la gente a los ojos, sin oler la vida ni ensuciarte con nada. A quien huele la pólvora y se llena las manos de polvo todos los muertos le duelen por igual.

De lejos las guerras son cosa de geopolítica. De fobias y filias. Pero cuando te retumban los oídos por una explosión cercana todo eso desaparece y la guerra es el horror infinito.

Por supuesto, aun así es posible distinguir a las víctimas de los agresores. Más aún, en cualquier conflicto uno inevitablemente toma partido mental por uno u otro bando en el que cree encontrar razones de peso. Pero los muertos no entienden de eso

Mucha gente, al leer libros o ver películas y documentales del Holocausto piensa que algo como la discriminación y el posterior exterminio de los judíos en la Alemania nazi no se podría repetir hoy día. Eso solo pueden pensarlo quienes no vivieron de cerca guerras como la de Bosnia, Ruanda, Irak, Afganistán… Lo cierto es que basta una chispa para que cualquier pueblo se lance a la limpieza étnica o el genocidio. Ningún país –ni siquiera el más civilizado– está a salvo del virus de la discriminación ni de la posibilidad de la violencia desatada. Y cuando se entra en la espiral de la guerra, cada matanza se justifica como respuesta a otra matanza anterior. Cada bando tiene un listado de agravios con el que justificar sus masacres y atrocidades. Al llegar a ese punto, lo único indiscutible son los muertos y los mutilados. Las madres rotas y los hijos perdidos.

Solo un miserable inhumano permanece impertérrito ante el anuncio o la visión de un bombardeo como los que estos días caen sobre Gaza. Porque un niño judío llora igual que uno palestino.

Alegrarse de cualquiera de estas muertes es de psicópatas. Pero no es necesario llegar a eso y cualquiera puede evidenciar su vileza sin necesidad de ser un enfermo. La indiferencia ante el dolor de las personas que uno adscribe a determinado bando es el más potente identificador de la escoria humana.

Es basura quien, conmovido sólo por ciertos muertos civiles, colabora con matanzas o torturas, aunque sea por omisión.

Si te horrorizan los muertos inocentes de un ataque terrorista en cualquier lugar del mundo, pero no te horrorizan igual los fusilamientos, bombardeos o torturas realizados como represalia, o te ciega el odio o eres una persona de mierda. Si además muestras compresión por esos crímenes o argumentas sobre su necesidad, te conviertes en colaborador necesario y tienes las manos manchadas de sangre inocente.

Mientras sigan cayendo bombas, donde sea, que destrozan a niños, ancianos y civiles, cualquiera que lo justifique es un miserable que deshonra el concepto mismo de humanidad.

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