marzo 07, 2026

Fundación Contexto y Acción. Paseo semanal por CTXT, por Elena de Sus: Ofensiva trumpista y decepción con Chomsky

 6/2/2026

Querida comunidad contextataria:

 Es difícil mantenerse al día de todo lo que está haciendo la administración Trump en Estados Unidos y de sus consecuencias para el mundo, pero lo estamos intentando.

 

Los muchos frentes abiertos del trumpismo

 

Vamos a empezar por Minneapolis, una ciudad que se enfrenta a un auténtico asalto de agentes del ICE y la Patrulla Fronteriza de Trump, que ya han cometido dos asesinatos allí.

 

Diego Delgado ha hablado con el educador David Greenberg, que ha colaborado en el establecimiento de escuelas para niños migrantes en la ciudad. Greenberg cuenta que lugares como las escuelas han dejado de ser considerados “espacios seguros” en los que los agentes de inmigración no pueden actuar y que, en definitiva, “Trump está suprimiendo el derecho de los niños y las niñas a ir a la escuela”.



Además, hemos traducido el testimonio de Aliya Rahman, una mujer estadounidense de origen bangladesí con lesiones cerebrales que fue brutalmente detenida por el ICE, ante un foro del Congreso de Estados Unidos. “No hay razón para creer que saldrás con vida si ya te llaman ‘cuerpo’”, declaró Rahman.

 

Juan Torres argumenta que es erróneo atribuir todo lo que está ocurriendo a la personalidad de Trump y explica los factores estructurales que nos están llevando a este punto: “Es una estrategia consciente para vaciar la democracia desde dentro y hacer irreversible la concentración de poder”, afirma.

 

Nos fijamos ahora en Cuba. El Gobierno de Trump ha endurecido las condiciones del bloqueo sobre la isla, impidiendo que esta reciba petróleo de Venezuela. La situación parece desesperada. Greg Grandin, periodista y profesor de Yale, considera que Trump está ejerciendo un “colonialismo informal”.

 

“Si un país con el capital simbólico y diplomático de Cuba puede ser asfixiado ante la mirada impotente del mundo, la promesa de un orden global alternativo quedará seriamente dañada”, considera Iramis R. Rosique Cárdenas.

 

Y no nos olvidamos de Gaza. Según el análisis de Mitchell Plitnick para Mondoweiss, lo que Trump pretende con su Junta de Paz es “someter la Franja a una ocupación estadounidense permanente”.

 

Publicamos también una entrevista al historiador israelí Ilan Pappé, que habla de la división interna en Israel y de cómo, en su opinión, la extrema derecha religiosa está ganando la partida y decidirá el futuro del país. El titular: “Una de las mayores invenciones del sionismo es que Israel es una democracia”.

 

Por último, tenemos que mirar hacia la infame isla privada de Jeffrey Epstein, por la que pasaron multimillonarios de todo tipo, como señala en su vídeo de esta semana Denny Horror.

Y esto nos lleva al siguiente tema, la decepción al saber que Noam Chomsky, lingüista, filósofo y referente de las izquierdas durante décadas, mantuvo algún tipo de amistad con Epstein y le dio apoyo moral.

 

La decepción con Noam Chomsky

 

El patronato de la Fundación Contexto y Acción ha decidido, retirarle a Chomsky el cargo de presidente de honor de CTXT. Miguel Mora explica en esta carta a la comunidad las razones para hacerlo y también las objeciones de los patronos que votaron en contra.

 

También hemos publicado la posición de Vijay Prashad, colaborador habitual de Chomsky, que se muestra “horrorizado y conmocionado” por las revelaciones.

 

Mientras tanto, en la península ibérica…

 

El Gobierno ha anunciado que prohibirá el acceso a las redes sociales a menores de 16 años. Gerardo Tecé se posiciona: a favor. “Los jóvenes acceden a un espacio en manos de multimillonarios que han decidido promocionar el racismo, el machismo o la negación de la ciencia para dibujar un mundo a su medida”, argumenta.

 

Xosé Manuel Pereiro escribe sobre la sentencia del juicio sobre el accidente de tren de Angrois, en el que fallecieron 80 personas, que se publicó poco después de la tragedia de Adamuz. Ante la justicia, el maquinista queda como único responsable, al igual que sucedió en la del metro de Valencia. En ambos casos las víctimas tuvieron que luchar por ser escuchadas y queda la sensación de que los procesos se cerraron en falso.

 

Y Alejandra Mateo firma un reportaje sobre la violencia institucional revictimizante que hace que las supervivientes de violencia machista desistan de los procesos judiciales y de obtener protección, poniéndolas en peligro.

 

Este domingo hay elecciones en Portugal. Antonio José Seguro, un candidato socialista escorado al centro, parte como favorito frente al líder de la extrema derecha, André Ventura, en una situación similar a la vivida en Francia con Macron y LePen, según nos cuenta David Lloberas desde Lisboa.

 

Pensamientos

 

Ale Lacour escribe en su columna En crudo sobre los finales, que en la vida, muchas veces, son inesperados y mucho más confusos de lo que tendemos a imaginar.

 

Y Amador Fernández-Savater comparte algunas notas sobre la presentación del nuevo libro de Nuria AlabaoÍnceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas.

 

El Ministerio

 

Tenemos una nueva edición del dietario de Ignacio Echevarría, La colmena de cristal. En esta ocasión, habla de la medalla Nobel entregada por María Corina Machado a Trump y del loro que hablaba un idioma ya extinto.

 

Y Jesús Cuéllar ha entrevistado al cineasta iraquí Hasan Hadi, director de La tarta del presidente, una fábula con humor negro sobre una niña que debe comprar los ingredientes para la tarta de cumpleaños de Sadam Hussein, ya en cines.

 

Muchas gracias por estar ahí. Encontrarás más historias en nuestra portada y puedes mantenerte al día de lo que publicamos en nuestras redes sociales.

 

Un abrazo de todo el equipo, 

Elena de Sus

marzo 06, 2026

Quequé fumigado: han ganado los nazis, de Gerardo Tecé

 Gerardo Tecé 27/01/2026

El miedo es poderoso, nadie quiere ser mártir y la policía de Marlaska anda infiltrada en grupos ecologistas, no vayan a desplegar una pancarta

Héctor de Miguel imitando a un periodista de sucesos durante la emisión de Hora Veintipico. / Cadena SER

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Fumigado. Si uno lee los comentarios al comunicado en el que el cómico Héctor de Miguel anuncia que lo deja porque no puede más, fumigado quizá sea una de las palabras que más encontrará. Los españoles de bien –ya saben, colores nacionales, banderas de Israel o cruces de Borgoña– bailan sobre la tumba profesional de Quequé al ritmo de “cierra al salir, rojo de mierda”. Junto a “fumigado”, probablemente, la expresión más repetida. Días antes, los mensajes emitidos por los mismos que hoy celebran su victoria eran otros bien diferentes. Eran mensajes sentidos que hablaban de indignación, del dolor profundo provocado por el mítico cómico y presentador, tras burlarse cruelmente de las víctimas de un trágico accidente de tren en su programa Hora Veintipico. Un monstruo. Como pudimos comprobar cuando las lágrimas de cocodrilo dejaron paso de forma inmediata al “fumigado otro rojo de mierda”, todo era una farsa política. Una mentira instrumental consistente en minar la moral del objetivo marcado. Una performance masiva practicada con gran violencia y éxito en ocasiones anteriores. No, Héctor de Miguel no se había reído de ninguna víctima del accidente. El cómico había hecho sátira sobre el periodismo basura que en esos días andaba revoloteando la tragedia ferroviaria en busca de carroña. Sátira encarnada en Nacho Abad, MVP en la búsqueda de audiencia sin importar el cómo. No importa que fuera cierto o falso. Importa que el humorista “ya no tiene ganas de hacer bromitas”, como explicaba con acierto, sinceridad y alegría uno de los muchos usuarios nacionaltuiteros que descorchó champán tras el comunicado.


El modus operandi se repite con éxito una y otra vez a la hora de eliminar rivales políticos de izquierdas usando el método conjunto mentira-miedo. Sirvió para Sarah Santaolalla la pasada semana cuando su nombre apareció junto a las tumbas vandalizadas de las Trece Rosas fusiladas tras una mentira: eran terroristas. La mentira en este caso consistía en que millones repitieran que Héctor de Miguel había hecho algo que no hizo hasta convertirlo en una verdad indiscutible. Tras la mentira, el miedo encarnado por grupos de ultraderecha –nazis de mierda para que nos entendamos– anunciando que lo buscarán por la calle para darle su merecido por aquello que no había hecho: reírse de ninguna víctima. Mentira y miedo son dos ingredientes que casan muy bien. La ultraderecha no sería nada sin ellos, como la historia nos enseña. Y lo que funciona se repite. Con la mentira instalada, el equipo de Hora Veintipico tenía un bolo en un teatro de Móstoles el pasado sábado 24 de enero. Y si la mentira estaba en las redes, a las puertas del teatro estaba el miedo. Había grupos nazis organizados esperando en los alrededores a Héctor y su equipo, les informaron horas antes del bolo, sin que nadie pudiese garantizar la seguridad de quienes iban a hacer humor, su trabajo. Ojalá un Ministerio de Interior controlado por un gobierno de izquierdas para que estas cosas no pasen. Esto fue la gota del vaso que colmó en forma de comunicado. No me apetece ser un mártir, dijo Quequé y se despidió sin fecha de vuelta. Han ganado. Han ganado los nazis, repite desde aquella tarde el entorno de un programa de humor que queda descabezado sin su cara visible. Hoy es Héctor de Miguel, mañana seremos usted y yo. El miedo es poderoso, nadie quiere ser mártir y la policía de Marlaska anda infiltrada en grupos ecologistas, no vayan a desplegar una pancarta.

marzo 05, 2026

CTXT. Limpiarse el culo con la mierda de Trump, de Constantino Bértolo

 Constantino Bértolo 14/01/2026

Las buenas y serviles conciencias europeas se han tragado las acusaciones contra Maduro, y la única queja es que no se ha respetado el derecho internacional

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No pasa nada. Fuerzas del Imperio USA, sin previa declaración de guerra ni hostias, bombardean bases militares e instalaciones civiles en Venezuela, asaltan la residencia del presidente, lo capturan y lo trasladan maniatado, junto a su mujer, a una cárcel bajo la acusación, entre otras, de narcotraficante y poseedor de armas de fuego. Y a los buenos europeos se nos abren las servidumbres: ¡esos no son modales, aunque Maduro se lo tiene bien merecido!

Lo más curioso es que en Venezuela tampoco parece haber sucedido demasiado. Cierto que el presidente ya no está: la vice se hace presi y el ejército respalda la nueva servidumbre. Conclusión general: Maduro la había cagado y además bastante ilegítimamente (lo de “bastante” es fundamental para entender la película). Petro, el presidente de Colombia afirma que “la posición de Estados Unidos sobre Venezuela no se aleja tanto de la mía”, mientras que Pedro Sánchez, ese presi bajo cuyo gobierno se ha renunciado, en favor de Marruecos, a la soberanía del pueblo saharaui sobre su propio territorio, se ofrece para mediar en una “transición pacífica” en la que Maduro, hay que suponer, ya solo sea esa mierda de la que Trump nos libró al tirar de la cadena. La mierda para quien la trabaje. La transición como olvido, silencio y transacción, al igual que aquí el alborozo democrático por la llegada de aquel príncipe Juan Carlos, que en 1975 firmó –virginalmente, sin romperse ni mancharse– las últimas condenas a muerte del franquismo

Las buenas y serviles conciencias europeas –acaso con Zapatero como asteroide fuera de órbita– se han tragado como argumento el diluvio de mierda que Trump ha venido evacuando sobre Maduro y la única piedra de grave escándalo, al parecer, es el hecho de que no se haya respetado el derecho internacional. ¡Los modales, por favor, los modales!

Lo que más sorprende es que, apenas una semana más tarde, el pobre Nicolás Maduro y señora ya han desaparecido de la realidad. Como si hubieran sido trasladados a ese inodoro tan higiénico y exacto que ni huele ni mancha ni deja mal sabor alguno donde también se encuentran Jacobo Arzens (Guatemala), Maurice Bishop (Granada), Manuel Noriega (Panamá) o Salvador Allende (Chile).

Lamentable, en mi opinión, es ver a Maduro aceptar ser juzgado por un juzgado y un juez que no tienen ningún derecho a juzgarle. Por unas leyes que jamás votó ni aceptó. Más paradójico aún sería verle acogerse al derecho a no contestar que la quinta enmienda de la Constitución de la nación que le ha capturado concede a sus ciudadanos. Secuestrado por la Justicia. La Justicia como cepillo para limpiar la taza del váter y Europa con diarrea ideológica.

Mucho se ha discutido la semántica del caso, pero el término secuestro parece ser el más conveniente. Secuestro con violencia y la correspondiente exigencia de rescate (petróleo y servidumbre) sin que medie promesa alguna de liberación de los secuestrados. ¿Y para los no secuestrados qué queda? Desgarro y el rasgarse de las vestiduras democráticas. Limpiarse la impotencia echándole, aunque sea discretamente, la culpa a Maduro. Al fin y al cabo, como bien sabe el capitalismo, las víctimas del poder siempre son las culpables.

marzo 04, 2026

Arturo Pérez-Reverte. ¿La guerra que todos perdimos?, de Justo Serna

 29 de enero de 2026 ·    #MAKMAOpinión

Justo Serna   Colaborador de MAKMA
Historiador, ensayista, autor de diferentes libros de historia cultural. Internauta activo.
https://justoserna.com/

Letras en Sevilla XI: ‘1936: la guerra que todos perdimos’
A propósito de las jornadas coordinadas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra y financiadas por la Fundación Cajasol

Cada poco tiempo, la guerra civil española vuelve a la actualidad como si fuera un rito de expiación colectiva. Y vuelve no para explicar causas y precipitantes o para comprender mejor a sus protagonistas, victimarios y damnificados. La Guerra Civil regresa para repartir culpas con sorprendente liberalidad, con cruel anonimato: como quien dictamina con moralidad equidistante.

El lema es conocido, cómodo y ya antiguo: ‘La guerra que todos perdimos’. Es tan antiguo que ya circulaba durante la propia contienda. Es tan útil y consolador que sigue funcionando casi noventa años después.

La formulación reaparece ahora, en 2026, en unas jornadas anunciadas en Sevilla bajo el título ‘1936: la guerra que todos perdimos‘, coordinadas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra y financiadas por la Fundación Cajasol.


El título, luego corregido para aliviar el escándalo, no es un detalle menor ni un descuido tipográfico, como pretexta Arturo Pérez-Reverte. Es la expresión nuclear o axial del encuentro. Y es, también, el problema.

Decir que la Guerra Civil fue “la que todos perdimos” no es una síntesis madura ni una superación del enfrentamiento, sino una simpleza historiográfica descartada por los historiadores académicos. Es una de esas sentencias que suenan equilibradas, porque no señalan a nadie, pero que precisamente por eso desdibujan lo esencial.

¿Qué cosa?

Que la guerra fue la consecuencia de un golpe de Estado contra un régimen legítimo, que fracasó en su objetivo inmediato, derivando en una contienda de tres años, y que ese conflicto terminó con vencedores muy concretos, y con vencidos identificables (no siempre) y con una dictadura duradera.

No fue una catástrofe irrefrenable, ni una tragedia sin autores.

El recurso a la primera persona del plural –todos perdimos, todos fuimos víctimas, todos fuimos responsables– tiene mucho de ardid retórico. Incluye en el reparto de culpas a quienes no habían nacido, a quienes no participaron, a quienes no decidieron nada. Es una forma de trasladar la responsabilidad histórica a un sujeto abstracto, difuso, sentimental: España, los españoles, el carácter nacional, el cainismo eterno.

Y ahí es donde el relato se desliza desde la historia hacia el moralismo.

Porque una cosa es afirmar, con toda razón, que la guerra fue una tragedia humana de enormes dimensiones, y otra muy distinta convertir esa tragedia en una fatalidad, en un episodio más de una supuesta esencia española condenada al enfrentamiento fratricida.

Cuando se opta por esta segunda vía, el conflicto deja de explicarse por causas políticas, sociales y militares concretas, y pasa a leerse como un capítulo inevitable de una novela interminable. O de un relato fatal.

Este enfoque no es nuevo en Arturo Pérez-Reverte. Forma parte de una concepción previa de la historia de España que atraviesa tanto sus columnas periodísticas como muchas de sus novelas. Se trata de una concepción basada en unos pocos presupuestos reiterados.

Los enumero: un pueblo noble pero primitivo, unas élites egoístas y traidoras, una historia marcada por la violencia cíclica y un destino nacional trágico del que no hay escapatoria. España como desgracia recurrente. España como carácter.

Desde ese esquema, la Guerra Civil no aparece como lo que fue –una agresión armada contra un sistema constitucional defectuoso, siempre defectuoso, en un contexto europeo de radicalización política–, sino como la expresión máxima de nuestro cainismo ancestral. Hermanos contra hermanos. Todos culpables. Todos derrotados.

El problema no es solo interpretativo. Es político en el presente. Porque cuando la guerra se presenta como inevitable, cuando la República aparece como un régimen condenado por sus propios errores, cuando el franquismo se convierte en un desenlace desafortunado pero casi natural, la memoria democrática queda automáticamente deslegitimada.

Si no hubo responsables claros, si todo fue una locura colectiva, ¿para qué exhumar, reparar, nombrar? ¿Para qué legislar sobre memoria si lo que aconteció fue una desgracia compartida? El marco no niega hechos, pero los ordena de tal modo que diluye la responsabilidad. Es una operación sutil y eficaz.

La comparación con otros contextos resulta esclarecedora. ¿Alguien se imagina en Italia unas jornadas tituladas ‘1939: la guerra que todos perdimos’? No sería un escándalo político, sino intelectual. Allí, tras 1945, se construye una cultura histórica basada no en la reconciliación sentimental, sino en la asunción de responsabilidad. La derrota fue la derrota del fascismo. El sufrimiento de la población italiana nunca se utilizó como coartada para relativizar el origen del conflicto ni para hacer simetrías con víctimas y perpetradores.

En España, en cambio, esa simetría sigue presentándose como signo de madurez. Por eso no estamos ante un problema de pluralismo ni de libertad de expresión. Nadie discute que puedan convivir ponentes de ideologías diversas. Lo que está en juego no es quién habla, sino desde dónde habla.

El pasado no es un campo de opiniones equivalentes. No es lo mismo afirmar que hubo un golpe militar seguido de una guerra y una dictadura, que decir que todo fue una pelea insensata entre hermanos.

Cuando estalla la polémica y algunos participantes se retiran de las jornadas que capitanea Arturo Pérez-Reverte, la reacción es previsible: los responsables denuncian a la “extrema izquierda”, invocando para mal a la España cainita. Es por eso por lo que el académico se presenta como víctima de la intolerancia. El relato se cierra sobre sí mismo con una coherencia admirable. Todo confirma la tesis previa.

Incluso la rectificación del título –la introducción tardía de interrogantes– resulta poco convincente. No porque sea imposible cometer errores, sino porque el lema no es accidental. Es una idea defendida durante años. Es una fórmula reiterada.

Y ahora, cuando se intenta matizar diciendo que “España perdió décadas de progreso”, se vuelve a incurrir en la misma operación: convertir una decisión política victoriosa en una pérdida colectiva sin causa ni responsables.

España no perdió la reforma agraria por fatalidad. La perdió porque fue derrotada una República y se impuso una dictadura. Confundir eso con una tragedia compartida es borrar la relación entre causa y consecuencia.

La equidistancia sentimental puede resultar reconfortante. Permite hablar del pasado sin incomodar demasiado. Permite hermanarnos retrospectivamente sin asumir responsabilidades. Pero no es historia. Es una forma de evasión.

La pregunta, entonces, no es si la guerra fue terrible –lo fue– ni si hubo sufrimiento en ambos bandos –lo hubo–. La pregunta es qué hacemos hoy con ese pasado, pasado sucio, en términos de José Álvarez Junco. Y, ahí, el “todos perdimos” deja de ser una frase conciliadora para convertirse en un obstáculo. El primer paso para no decir quién perdió de verdad… y quién ganó.

Porque la historia no es un destino trágico que debamos acarrear como una culpa hereditaria. Es un campo de decisiones, de conflictos y de responsabilidades. Y abusar de ella, como advertía Friedrich Nietzsche, es cargar el presente con un peso que no le corresponde.

La Guerra Civil no fue la guerra que todos perdimos. Fue una guerra que muchos perdieron. Y otros ganaron. Y de esa victoria salió un régimen que duró cuarenta años. Todo lo demás es literatura o moralismo.


marzo 03, 2026

Los “demonios familiares” del señor Perez Reverte, de Lucio Martinez Pereda

 Lucio Martinez Pereda   31/1/2026r

Los “demonios familiares” del señor Perez Reverte

A Perez Reverte le encantan- quiero pensar que por ignorancia - los mitos propagandísticos del Franquismo. Su preferido es el “ cainismo” histórico de España : la idea extenuadamente propagada por el franquismo desarrollista para hacer creer que los españoles no se podían gobernar a sí mismos como cualquier otro país democrático
La propaganda del cainismo español histórico- reedición desencantada de la antaño falangista unidad de destino en lo universal- fue un mito pseudo antropológico que el franquismo industrializó cuando quiso presentarse como garante del orden ante la incapacidad de autogobierno de un pueblo al que no le convenía la democracia.
Durante el desarrollismo este relato sirvió de coartada histórica para legitimar la “mano firme” y para desactivar cualquier tentativa de autogobierno democrático. El régimen, consiente de que su propaganda de cruzadas y banderas estaba fatigada , necesitaba dotar de sustancia historicista a su autoritarismo; necesitaba convencer al país de que Franco no impedía la democracia, sino que la salvaba de sí misma. De ahí brotó el mito persistente de que las guerras civiles son un destino genético de lo español, no el resultado de una estructura política y social conscientemente diseñada para impedir la democracia

Reverte, cuando lamenta con pose que aparenta culta resignación el “odio eterno entre españoles” o invoca a la España que “no se soporta a sí misma”, reproduce eslóganes propagandísticos franquistas. Pero esos “mitos del carácter” no son ni ciencia, ni historia, ni mucho menos una conclusión personal inocentemente a- política: son psicología colectiva de baratillo para lectores imbecilizados y probablemente algo más que procede de la dramática experiencia familiar del señor Reverte

* Sobre la fotografía. A Arturo Perez le gustan los sombreros a lo Bogard y convertirse a si mismo en un pastiche de una masculinidad que pareciendo elegante es en realidad ridícula y oxidada. Lo suyo no es tanto una estética como la arqueología sentimental de una impotencia vital : rescatar el gesto varonil de un mundo que sólo existe en su nostalgia e idiotez. Dicho con palabra española no traducible a otros idiomas : es un gilipollas

+ Lucio Martinez Pereda   28/1/2026

Arturo Pérez-nostalgias imperiales
Arturo Pérez-nostalgias imperiales, ha debido aplazar sus jornadas sobre la Guerra Civil ante el plantón de varios historiadores . Su obra siempre ha sido un artefacto de blanqueo sutil: hidalgos en lugar de verdugos, duelos caballerescos en vez de fusilamientos sumarios, y un toque de virilidad castrense que huele a retaguardia franquista. Quiere vendernos una Guerra Civil despolitizada, épica y cinematográfica, donde las fosas comunes son meros decorados y el hambre de los vencidos, una exageración sentimental . Pero la memoria no se deja embaucar por novelas de quiosco. Los que se negaron a acudir saben que el barniz literario no basta para maquillar el revisionismo. Pérez-Reverte podrá seguir firmando manifiestos contra la “memoria sectaria”, pero solo le harán caso incautos e indocumentados
Reverte no es un inocente cultivador de la novela histórica; es el epígono de una tradición propagandística que, bajo el disfraz del escepticismo, reintroduce en la esfera literaria las viejas tesis de la simetría moral entre los bandos de la Guerra Civil.
Aquella idea- la de una responsabilidad compartida, un “todos fuimos culpables”- fue uno de los inventos ideológicos más eficaces del franquismo tardío. Manuel Fraga Iribarne, desde su Ministerio de Información y Turismo, la articuló en clave política y cultural . Se trataba de sustituir el análisis histórico por la metáfora reconciliadora, el crimen por la fatalidad, y la violencia planificada del golpe de 1936 por un supuesto estallido colectivo de barbarie civil. La operación era clara: si todos fueron culpables, nadie lo fue.
En ese continuo de transmisión ideológica, Pérez-Reverte ocupa una posición clave. Su narrativa del desencanto político y moral, que aparenta neutralidad y distancia cívica, recoge conscientemente el impulso revisionista que quiso dar algo de legitimidad a la dictadura durante su etapa final de modernización desarrollista