julio 03, 2026

Ratas, aguas residuales y afecciones de la piel: el asedio sanitario de Gaza

 Ahmed Dremly / Ibtisam Mahdi (+972 Magazine) 3/06/2026

Mientras Israel sigue bloqueando la ayuda, los devastados hospitales de la Franja luchan por contener las enfermedades que se propagan en los campamentos superpoblados

Huda Abu Al-Naja, de 12 años, recibe tratamiento por desnutrición en el Hospital Nasser de Gaza, el 25 de junio de 2025. / Doaa Albaz (ActiveStills)



Eman Abu Jame consideraba que su familia era una de las afortunadas. Israel bombardeó su casa en el sur de la Franja de Gaza al comienzo de la guerra, lo que les obligó a ir de un refugio a otro. Pero durante los dos primeros años del genocidio, ni ella ni su marido ni sus hijos sufrieron problemas de salud graves.

Todo eso cambió en octubre de 2025, cuando se refugiaron en un abarrotado campamento de tiendas de campaña en Jan Yunis.

Para cuando llegaron, la falta de higiene, la proliferación de insectos y el grave hacinamiento habían convertido el campamento en un lugar perfecto para las enfermedades. Dos meses después, el hijo de 8 años de Abu Jame, Mousa, y su marido de 47 años, Abdul Majeed, comenzaron a mostrar síntomas: sus cuerpos empezaron a hincharse, acompañados de diarrea severa y fiebres altas.

Debido a las difíciles condiciones económicas y al vertiginoso aumento de los precios de la carne, el pescado y otros alimentos ricos en proteínas, sus niveles de proteínas descendieron rápidamente, lo que empeoró su problema de retención de líquidos.

“No podíamos comprar ni comida ni agua”, explicó Abu Jame a +972 Magazine. “Todo era muy caro en aquella época y, sencillamente, no teníamos dinero. Mi marido no podía permitirse nada; ni siquiera había pan”.

Los médicos tuvieron dificultades para diagnosticar tanto al padre como al hijo. Al principio sospecharon que se trataba de una alergia al gluten, pero las pruebas lo descartaron. Viajar al extranjero para recibir tratamiento también era imposible debido al cierre de los pasos fronterizos. El único tratamiento eficaz era la albúmina médica, una solución proteica que ayudaba a estabilizar su estado.

“Cuando [Mousa] tomaba la medicación, mejoraba”, explicó Abu Jame. “Pero cada vez que se saltaba una dosis, su cuerpo volvía a hincharse por todas partes”.

Sin embargo, era extremadamente difícil conseguir el tratamiento. Desde el 7 de octubre de 2023, Israel ha restringido severamente la entrada de medicamentos y ha impedido que las ONG internacionales entreguen suministros médicos en la Franja. Incluso tras el anuncio de un alto el fuego el pasado octubre, Israel siguió bloqueando la ayuda; a fecha de mayo de 2026, según el Ministerio de Salud de Gaza, el 47% de los medicamentos esenciales, el 59% de los suministros médicos y el 87% de los materiales para pruebas de laboratorio están agotados.

A medida que se agotaban los medicamentos, el cuerpo de Mousa se hinchó aún más de líquido y falleció en enero. Tres meses después, Abdul Majeed también sucumbió a la misma misteriosa enfermedad que los médicos no habían logrado diagnosticar.

Aunque la enfermedad seguía sin identificarse, estaba claramente relacionada con las condiciones del campamento –posiblemente transmitida por la mordedura de un roedor o una infestación de ectoparásitos–. Solo en los primeros cuatro meses de 2026, según la ONU, se han registrado más de 70.000 casos de infestaciones similares en toda Gaza, donde los parásitos viven sobre o bajo la piel y se convierten en vectores de enfermedades. Más del 80% de los campamentos de desplazados informan de la presencia de plagas visibles junto con infecciones cutáneas generalizadas como la sarna, los piojos y las chinches, mientras que Save the Children señaló recientemente que dos de cada tres niños en Gaza viven en campamentos de desplazados plagados de estos riesgos.

El Dr. Ayman Abu Rahma, director del Departamento de Medicina Preventiva del Ministerio de Sanidad, declaró a +972 que los residuos sólidos –incluidos los residuos sanitarios–, las aguas residuales y los cadáveres enterrados bajo los escombros están contribuyendo a la propagación de roedores y enfermedades.

“Lamentablemente, la situación medioambiental se ha deteriorado gravemente desde el inicio de la guerra y sigue empeorando”, explicó. “La crisis ha alcanzado ahora su punto álgido: aunque el problema ya existía en 2024 y 2025, la magnitud de la plaga de este verano no tiene precedentes. Las altas temperaturas han acelerado la reproducción de insectos y roedores, mientras que cientos de miles de toneladas de basura sin recoger se han acumulado alrededor de las tiendas de campaña debido a la destrucción de los equipos y a la escasez de combustible”.

La destrucción por parte de Israel de la infraestructura de alcantarillado, añadió Abu Rahma, ha empeorado aún más las condiciones, y el asedio israelí en curso ha dejado al mercado local sin los materiales necesarios para combatir las infestaciones de roedores. “Los sistemas de alcantarillado dañados han creado charcos de aguas residuales estancadas que sirven de caldo de cultivo para las plagas, y los escombros esparcidos por todas partes se han convertido en un hábitat natural para las ratas. Las restricciones a la entrada de pesticidas y cebos envenenados han hecho que el control eficaz sea casi imposible”.

Ya se ha producido un aumento significativo de las quejas sobre ratas por parte de los habitantes de Gaza que viven en tiendas de campaña, señaló Abu Rahma. “Los roedores han estado royendo las extremidades de los niños mientras dormían y dañando pertenencias y ropa. También hay informes de especies de roedores no vistas anteriormente que no son autóctonas de la Franja de Gaza, y algunos especulan con que el ejército israelí las trajo durante la guerra”.

En el campamento de desplazados de Jan Yunis, Yasser, el hijo de seis años de Abu Jame, padece la misma enfermedad y los mismos síntomas que su padre y su hermano. Para empeorar las cosas, cuando acudieron al cercano Hospital Nasser en busca de tratamiento, el sistema inmunitario de Yasser estaba tan debilitado por la enfermedad que contrajo además una infección cutánea.

“No hay ninguna higiene y las infecciones se propagan fácilmente entre quienes nos rodean”, dijo la afligida madre de 32 años. “Incluso los hospitales están descuidados, las habitaciones son minúsculas y los pacientes están apiñados unos junto a otros”.

Afortunadamente, la salud de Yasser muestra actualmente pequeños pero constantes signos de mejora. Abu Jame espera ahora conseguir una derivación médica para que sea tratado en el extranjero, rezando para que no corra la misma suerte que su padre y su hermano.

Enfermos en los campamentos de tiendas de Gaza

En mayo de 2024, durante un ataque israelí de varias semanas contra Jabalia, en el norte de Gaza, Rital Halawa, de 5 años, jugaba fuera de su casa bombardeada en el centro de la ciudad cuando un dron cuadricóptero israelí apareció sobre ella y lanzó una granada.

“La niña quedó envuelta en llamas. La vi gritando”, recordó su madre, Samar, de 27 años.

Rital sufrió quemaduras graves de segundo y tercer grado en la cara, el pecho, el abdomen y las piernas. Desde que su casa en Jabalia fue bombardeada en noviembre de 2023, la familia ha estado viviendo en una tienda de campaña en medio de temperaturas cada vez más altas, aguas residuales y enjambres de insectos que pican, unas condiciones que han empeorado gravemente su recuperación. La falta de electricidad y ventilación hace que Rital “no pueda respirar”, explicó Samar, ya que su cuerpo suda profusamente bajo las prendas de compresión ajustadas que utiliza para tratar sus quemaduras.

El calor provoca un picor intenso, creando un peligroso ciclo de nuevas lesiones. “No deja de rascarse, lo que irrita el tejido, lo desgarra y hace que sangre”, explicó Samar. El tejido en carne viva que se abre de nuevo queda entonces expuesto a peligrosas infecciones que agravan aún más la irritación.

El Dr. Ibrahim Haboub, especialista en dermatología del Hospital Al-Shifa de la ciudad de Gaza, describió a +972 el creciente brote de enfermedades cutáneas entre los gazatíes desplazados. Las picaduras de insectos se han convertido en el problema más extendido, especialmente en la zona de Al-Mawasi, en Jan Yunis, y Haboub advirtió de que los niños son especialmente vulnerables, ya que el rascado constante suele provocar infecciones bacterianas secundarias y complicaciones más graves.

Haboub también informó de infestaciones generalizadas de piojos y de un fuerte aumento de los casos de sarna, provocados por el grave hacinamiento en los refugios, los campamentos y las escuelas. Otras afecciones cutáneas, incluidas las infecciones fúngicas, también se han vuelto más comunes en toda Gaza, especialmente entre los palestinos que estuvieron detenidos en prisiones israelíes, algunos de los cuales requieren un tratamiento prolongado e intensivo debido a infecciones graves y a la resistencia a los medicamentos.

Esta crisis, señaló Haboub, se ha visto agravada por una grave escasez de suministros médicos. Para la familia Halawa, que ya atraviesa dificultades económicas, esa escasez ha hecho que la recuperación de Rital sea casi imposible. Su padre está en paro y la familia depende ahora de la caridad y de los comedores sociales para sobrevivir. Los alimentos nutritivos son caros, y las heridas de Rital empeoraron considerablemente durante el punto álgido de la campaña de hambruna de Israel el verano pasado.

Solo sus cremas médicas esenciales cuestan 80 NIS (24 euros), además de los gastos de transporte para sus sesiones semanales de fisioterapia en una clínica de Médicos Sin Fronteras (MSF), lo que obliga a la familia a hacer dolorosos sacrificios. “No compro leche para mi bebé para poder pagar [el transporte a] su fisioterapia”, dijo Samar.

El impacto psicológico ha sido tan devastador como el dolor físico. Rital sufre acoso con frecuencia debido a sus lesiones, explicó Samar, lo que la deja profundamente deprimida. “La cara de la niña quedó desfigurada, no puedo ocultarlo”, dijo Samar. “Necesita cirugías plásticas especializadas, que no están disponibles en Gaza”.

“Una crisis totalmente provocada por el hombre”

Para Craig Kenzie, coordinador médico en Gaza de Médicos Sin Fronteras, la Franja sigue sumida en una “crisis humanitaria totalmente provocada y orquestada por el hombre” causada por el bloqueo de Israel, a pesar del anuncio de un alto el fuego hace más de siete meses.

La organización, que cuenta con 1.500 empleados locales en Gaza, no ha podido traer nuevo personal internacional ni suministros médicos desde principios de enero debido a las restricciones impuestas por Israel. Tal y como explicó Kenzie, esto ha puesto “todos y cada uno de los aspectos de nuestros programas en grave riesgo de tener que reducirse o suspenderse por completo en el próximo periodo”.

Más de la mitad de los medicamentos para enfermedades crónicas están ahora agotados, afirmó. Los suministros esenciales para el cuidado de heridas se están agotando, mientras que los ungüentos tópicos utilizados para tratar enfermedades de la piel siguen siendo bloqueados por Israel sin explicación alguna.

“En Deir Al-Balah estábamos realizando cirugías en tiendas de campaña”, dijo Kenzie. “Cuando el equipo quirúrgico se avería, no hay repuestos porque no podemos conseguir piezas de recambio”.

El bloqueo no solo ha provocado una grave escasez de material médico y personal sanitario, sino que también ha restringido aún más el acceso al agua potable. Según MSF, uno de los mayores distribuidores de agua potable en Gaza, Israel ha destruido o dañado el 90% de la infraestructura de agua y saneamiento de la Franja, lo que la organización describe como una forma de castigo colectivo.

A lo largo de la guerra, Israel también ha impedido la entrada de los materiales necesarios para tratar el agua adecuadamente, lo que ha obligado a MSF a construir plantas de tratamiento de agua por ósmosis inversa improvisadas con piezas recuperadas. Alimentada por un generador, la unidad purifica el agua subterránea contaminada con sal, suciedad y aguas residuales, produciendo cinco millones de litros de agua potable al día.

Sin embargo, incluso el funcionamiento de este sistema básico plantea difíciles cuestiones éticas y operativas, explicó Kenzie. “¿Sigues produciendo agua hoy para las personas que la necesitan, sabiendo que el generador necesita una revisión y que, si lo pones en marcha hoy, podría averiarse mañana y entonces nunca se podrá reparar?”, preguntó. “¿O lo apagas y le dices a la gente: ‘No, lo siento. Hoy no tengo agua limpia para vosotros’?”.

Lo que más le duele a Kenzie es saber que la ayuda que se necesita desesperadamente se encuentra a solo unos kilómetros de distancia, mientras Israel sigue bloqueando su entrada. “Es simplemente inaceptable”, dijo, “que el Gobierno que está cometiendo este genocidio sea también el que puede bloquear y restringir la respuesta humanitaria al mismo”.


julio 02, 2026

CTXT. Carta a la comunidad 450 | Yayo Herrero: En calcetines

 2/5/2026

Querida comunidad de Contexto:

 

En el libro Los amnésicos. Historia de una familia europea, la periodista Géraldine Schwarz revisa, a partir de la experiencia de su propia familia, el papel que jugaron en el genocidio nazi los Mitläufer, es decir, la mayoría de personas alemanas que “se dejaron llevar por la corriente” y acumularon las pequeñas cobardías e indiferencias que crearon las condiciones para que se cometiesen crímenes de Estado brutales. Sin la suma de aquellas participaciones y complicidades infinitesimales, Hitler no hubiera podido perpetrar el Holocausto contra las personas judías, el Samudaripen contra el Pueblo Gitano y Sinti o las masacres contra disidentes sexuales o políticos.

 

     Schwarz afirma que el propio führer era consciente de que necesitaba esa corriente afín y tanteó con cierta regularidad a su pueblo para ver hasta dónde podía llegar, dónde se encontraba el umbral de lo intolerable.

 

     La periodista relata que la primera deportación de personas judías organizada en Alemania tuvo lugar en octubre de 1940, en la región en la que vivía su abuelo. 6.500 personas fueron deportadas a plena luz del día y de forma visible, guardando, eso sí, unos mínimos. Se utilizó un tren de pasajeros –y no de mercancías como se haría después– y se evitaron las exhibiciones públicas de violencia.

 

     Todo el pueblo vio cómo los deportados recorrieron el camino hasta la estación de tren. Niños llorando, ancianas agotadas, todos arrastrando maletas y algunas pertenencias, como ahora vemos en Gaza. Todo sucedió ante los ojos de un vecindario apático, incapaz de reaccionar humanamente. Dice Schwarz que cuando la información de esta deportación piloto llegó a Berlín, Hitler comprendió que el pueblo alemán estaba listo para “caminar con él”.

 

     Poco después, un episodio demostró que las reacciones de la población eran importantes para el régimen. En 1941, la oposición de la ciudadanía y algunos obispos católicos y protestantes había conseguido poner fin a la operación Aktion T4 que perseguía el exterminio de personas con discapacidades físicas o mentales. Hitler la había puesto en marcha para purgar la raza aria de lo que consideraba vidas sin valor.

 

     Cuando esta operación secreta ya había asesinado en las cámaras de gas a más de 70.000 personas en Alemania y Austria, Hitler tuvo que ceder ante la indignación popular y poner fin a esa dimensión del genocidio.

 

     Para Géraldine Schwarz, este episodio demuestra dos cosas. La primera, que el nazismo no solo estaba inscrito en las élites que después de la guerra fueron sometidas a procesos de desnazificación, sino que permeaba una buena parte de la sociedad que consentía y a la que, según la periodista, se blanqueó posteriormente, revistiendo de ignorancia e incapacidad lo que había sido complicidad.

 

     La segunda es que lo que pasa en los barrios y en los pueblos importa y puede determinar la historia en la vida concreta, que la presunción de impotencia es un pretexto que permite desresponsabilizarse de lo que sucede alrededor.

 

     ¿Qué hubiera pasado si en lugar de ir a favor de la corriente se hubiese actuado contra una política que revelaba sin tapujos la intención de acabar con pueblos enteros?

 

     Desde hace algunos años vemos crecer actuaciones reales y performances racistas y supremacistas. Devoluciones en caliente, detenciones e identificaciones constantes, discursos en torno a la prioridad nacional, afirmaciones y contrafirmaciones sobre la nacionalidad, promesas de que las ayudas y servicios públicos que se quieren desmantelar para todos serán solo para los de aquí…

 

     ¿Y si se trata de tanteos para comprobar hasta dónde podemos llegar, cuál es el umbral de tolerancia, si hay una masa crítica de Mitläufer que se sumen a la corriente?

 

     Hace unos días, en un partido amistoso entre la selección de España y la de Egipto, una parte del público que se encontraba en las gradas del estadio de Cornellá berreó cuando sonaba el himno de Egipto y coreó canciones ofensivas hacia las creencias que suponían que tenían los miembros del otro equipo.

 

     En un sueño bonito, los jugadores locales se hubiesen marchado del campo. Se hubiesen negado a jugar delante de esa afición. Porque no puede haber un partido amistoso con ese clima y no se puede legitimar como afición a quienes se comportan de esa forma.

 

     Pero no se vio esa reacción entre los jugadores, a pesar de que, incluso un miembro del propio equipo, estaba afectado por los ataques. Qué buen rollo dará compartir desnudez en el vestuario y tener que llamar compañeros a los mismos que fueron incapaces de hacer un gesto minimísimo.

 

     La realidad construida y sobreexpuesta en muchos medios de comunicación y redes sociales es abrumadora. También lo fue en la Alemania nazi cuando, a la vez que se ensayaban las deportaciones, la propaganda mediática se empleaba a fondo.

 

     Se trata de adoctrinar a la población para que las deseadas deportaciones y las exhibiciones de crueldad lleguen a convertir a la mayor parte de las personas en cómplices medio asustados y medio convencidos. Hoy, los discursos construyen meticulosamente el miedo hacia los menores que llegaron sin sus padres, hacia las cuidadoras, las cocineras, los trabajadores de la construcción, las jornaleras del campo o simplemente hacia la gente que se busca la vida… Los discursos de odio intentan conseguir esa suma de cobardías y temores que hagan tolerable la deshumanización.

 

     Hace unas semanas una persona negra, Serigne Mbayé, fue abordada por la policía mientras metía las llaves en la puerta de su propia casa. En una de las varias versiones que la policía dio sobre lo que había pasado, decía que buscaban un delincuente e identificaron a un sospechoso que merodeaba por la zona. Porque la policía sabe que las personas racializadas no pasean por las calles de su barrio. Merodean y son sospechosas hasta cuando vuelven a casa.

 

     Todas hemos visto las imágenes. A través de ellas nos hemos asomado a lo que le pasa a muchas personas todos los días. La cuestión es que, en esta ocasión, los vecinos y vecinas del bloque salieron a tratar de impedir la detención, siendo al final ellos mismos detenidos. CTXT publicó algunos artículos en los que quienes habían vivido la situación la contaban.

 

     Una amiga que vive en el edificio me dijo que a algunos se los llevaron en calcetines. Estaban en casa y salieron como estaban, sin pensarlo. Con la coleta a medio hacer y la ropa de andar por casa. En calcetines. Pero Serigne Mbayé no se fue solo.

 

     Pocos días después, y tras algunas movilizaciones contra algunos centros de acogida de menores no acompañados en Cantabria, un grupo de chavales de un instituto tocaban en la puerta del centro de acogida e hicieron una única, humana y radical pregunta. ¿Bajáis a jugar al fútbol con nosotros?

 

     Los menores estaban a punto de salir de excursión, pero la suspendieron y jugaron un partido de verdad amistoso. Juntos, jugaron el mejor fútbol, el de equipo, el de compañeros. Sin una equipación plagada de anuncios publicitarios, sin botas con tacos de hierro. Solo un balón y un montón de chavales en zapatillas.

 

     En CTXT queremos recoger la historia de las vidas concretas que acogen. La de quienes permanecen vigilantes y no se detienen ni a ponerse los zapatos. La de quienes defienden la convivencia siempre compleja pero viable. La de quienes no dejan de mirar a Gaza, ni a Cuba, ni al Congo, ni a su vecina. La de quienes no quieren dejarse llevar por la corriente. La de quienes no quieren ser Mitläufer.

 

     Así, en calcetines.  

Yayo Herrero

 

julio 01, 2026

La fiebre de la IA llega a Aragón: así es la amenaza de los macrocomplejos de Amazon y Microsoft

 Helena Margarit-