La libertad del libertario, de VANESA JIMÉNEZ 6/12/2025
Volví a Mendoza muchos años después, en un viaje largo que empezó un día antes de cumplir los 50. Llegaba del sur de Argentina, de Tierra del Fuego y del Parque Nacional de los Glaciares, de sentirme libre como pocas veces antes, de vivir en un trozo del mundo que todavía está poco gastado, de pasar el tiempo mirando una belleza extraordinaria; de no ver edificios, ni corbatas, ni grandes tiendas, más allá de La Anónima, un ¿hiper?mercado de Ushuaia donde la ropa barata se vendía por cuotas de seis meses y el pasillo de la pasta y la salsa de tomate duplicaba al resto.
Volví de nuevo a Mendoza un cuarto de siglo después de la primera vez, a una ciudad rodeada de desierto, levantada a los pies de los Andes, con cinco grandes plazas que se diseñaron como refugios sísmicos, a seis horas en coche de Santiago de Chile, a doce de Buenos Aires; una ciudad que debe parte de su idiosincrasia a las acequias que construyeron los Huarpes y que hoy siguen alimentando a los extraordinarios árboles que abovedan las calles. Un espectáculo.
Volví –para quedarme casi dos semanas– a un pequeño complejo turístico de un distrito residencial del sur, cercano a los muchos kilómetros de vides que custodian las bodegas; al lugar más bonito de Mendoza, me aseguraron mientras decidía destino, al escondite más codiciado de la clase adinerada, supe después. Pero mientras recorría las calles aún desconocidas, con el prejuicio de la belleza, sentí que aquel era un lugar extraño, porque el dinero apenas se veía y lo que se veía era descuido, y las gentes, pocas, que participaban en la vida no aparentaban abundancia. Tras un par de paseos en coche por ese lugar sin aceras descubrí que más allá de la plaza solo había silencio, el de las calles que ocultaban barrios privados, todos con guardia de seguridad en la garita, valla de acceso y alambre electrificado, que a su vez ocultaban casas, familias, personas que allí habían encontrado su paraíso.
Aquellos días tuve que atravesar muchas vallas, las de los barrios privados de las gentes que amablemente me invitaron a un asado en sus casas, no sin antes dejar mi pasaporte y la matrícula del coche. En cualquier lugar fuera del centro. Yo misma tenía que pasar por una garita para acceder al sitio en el que dormía, que tenía una jardincito donde las luciérnagas celebraban la noche y los pájaros el día, pero que solo disfrutaba a medias, porque cuando levantaba la vista me topaba con una alambrada y con sus pequeñas luces azules, señal de peligro.
Por las tardes, mientras sorteaba la claustrofobia de mi encierro seguro, pensaba en por qué se elige vivir tras una cerca. En cómo una sociedad decide que la buena vida está detrás de unas espirales de alambre. Y en que ese modelo de segregación social y miedo al otro busca producir individuos, no sociedad. Lo fui viendo poco a poco, cuando el vino y la carne en el fuego recortaban las distancias y la defensa de Milei y sus postulados ultras se hacía sin complejos, entre personas trabajadoras que en cada momento tenían que decidir de qué modo pagaban las compras para evitar comisiones, que buscaban en los supermercados los descuentos del día, que cruzaban a Chile a comprar ropa… pero que habían conseguido tener una casa con seguridad 24 horas. Milei como mesías económico y Pedro Sánchez como diablo socialista, porque no hubo ni una conversación sin ataques al presidente del Gobierno español, ni tampoco sin que yo rompiera todo con un “soy zurda”.
Me dediqué a escuchar para entender. Pero fue el último día, horas antes de subirme al avión que me llevaba a Buenos Aires, cuando lo vi claro. Yo misma, que jamás he tenido miedo de día, me protegí entre los cajeros automáticos de un banco, siempre custodiados por guardias de seguridad, de un hombre que se dirigía hacía mí entre gritos y aspavientos. En poco tiempo me había contagiado, el desconocido empezaba a darme miedo, a serme ajeno. Y los agentes de policía, mujeres y hombres, algunos casi niños, que recorrían casi cada calle del centro ya formaban parte de un decorado amable.
Los barrios privados no son algo nuevo en Mendoza, pero sí lo es su extraordinario desarrollo. Sobre uno de los más antiguos y exclusivos, me contaron que multaban a los perros y a los niños si hacían cosas propias de perros o niños. Y que un hombre no pudo visitar a su hermano porque su hija de 5 años no tenía DNI. Basta con una búsqueda rápida en internet para ver las relaciones entre el origen del negocio de la seguridad en Argentina y muchos de los genocidas y sus secuaces de la dictadura militar que arrasó al país. Supongo que, como en España, la pulsión fascista ha convivido con la democracia y que el control de las empresas de seguridad ha servido como sucedáneo.
Hoy Mendoza es una ciudad con el centro vaciado y multitud de distritos con barrios privados vendidos por lotes, que hasta hace poco eran campos de cultivo de duraznos, ciruelas o papas, y es también una sociedad que vota –el voto es obligatorio en Argentina para los ciudadanos de entre 18 y 70 años– mayoritariamente a Milei, un 71,15 % del censo en las elecciones en las que el ultraderechista consiguió la presidencia y más del 50 %, uno de los porcentajes más altos del país, en las últimas legislativas de octubre. Pero lo malo no es que respalden a un necio racista, lo peor es que, tras inculcarles la semilla del miedo al otro, se hayan convertido en no-ciudadanos, en individuos que viven de espaldas a cualquier justicia social. Y no sé si eso es reversible. Si consigues encerrar a un pueblo en su particular show de Truman, las mentes también quedan aprisionadas por alambres y los efectos son trágicos: no hay causa común posible, no hay comunidad.
En junio de 2022 escribí una columna, La gran dimisión de los lectores, en la que abordaba la caída de las audiencias de los medios de comunicación y me preguntaba si al cansancio postpandémico y al hartazgo político no había que sumar la ruptura del espacio de lo común. He pensando mucho sobre eso en los últimos años, mientras las ultraderechas crecían y los ultras más poderosos nos enfangaban la actualidad con sus bulos y mentiras y el periodismo quedaba relegado a un mero fact checking. Mis días en Mendoza me han servido para constatar que hay pueblos que están muy cerca de dejar de serlo, y entonces he empezado a sentir miedo verdadero.
Si les he contado esta historia propia es porque, mientras todo eso pasaba, una parte de mi cabeza seguía en Madrid, y en la culminación del largo proceso por el que esta revista cambia su forma jurídica para ser editada por la Fundación Contexto y Acción. Más allá de conceptos legales, la nueva etapa responde a muchos meses de reflexión, con grandes dudas y vaivenes, pero con un primer objetivo fundamental: proteger la sostenibilidad económica de nuestro proyecto periodístico, que, si les cuento la realidad, está en cuestión. Pero más allá de esa condición necesaria, había otra que en nuestros debates internos era igual de importante, y que yo a 11.000 kilómetros de distancia pude ver más clara: sin defender/proteger/recuperar lo común, nada de lo que soñamos hace once años es posible. El mismo periodismo no lo es.
La Fundación Contexto y Acción será, o esperamos que así sea, una tierra sin fronteras, fértil, donde quepamos todas, nos cuidemos y protejamos los valores democráticos. Un lugar donde trabajemos por recuperar lo común como premisa para hacer un periodismo bueno y necesario. Un sitio donde luchemos contra los instigadores del racismo y el odio, aunque a ratos tengamos que tirar de punitivismo para pelear contra el blanqueo y la impunidad de la extrema derecha. Un gran barrio de entrada libre en el que aprendamos, disfrutemos y nos hagamos mejores.
Sé que uno de los argumentos con más peso para pedirles que nos ayuden en esta nueva gran aventura es que sus aportaciones a la Fundación Contexto y Acción desgravan a Hacienda, el 80% de los primeros 250 € donados, pero a mí me gustaría creer que hay otro motivo de fondo, el que realmente nos une: la esperanza compartida de que somos muchas las que queremos vivir mejor y que las otras también lo hagan, que somos muchas las que no vamos a quedarnos quietas, ni calladas.
Como dijo el tercero de la Azores, “el que pueda hacer, que haga”. En eso estamos. Ojalá nos acompañéis. Aquí os dejo la alcancía. ¡Hay que llenarla!
Gracias por leerme y un abrazo cómplice.
Vanesa