junio 16, 2026

Álvaro. Sierra de Guara. Barrancos y Alquézar, 16 y 17/5/2026



1.- Bajando. Barranco seco. O no.


2.- Los participantes.


3.- El fondo. El agua.

4.- Estrecho, estrecho.

Álvaro: Os mando algunas fotos del barranco de hoy 

PAQUITA: He leído sobre el barranco de Lumos. Se ve bien, estrechito.

[15:41, 16/5/2026]  ALVARO: Ya fuera del barranco. Todo bien

Blas: Ya nos ampliarás qué tal es el barranco?


[20:12, 16/5/2026]  ALVARO: Ahora estamos en Alquézar

Después del barranco hemos hecho una Ferrata


6.- La ferrata.

ALVARO: Un día muy completo

Del barranco no tengo fotos. Ha sido espectacular. Mucho más acuático pero también estrecho. Os mando las que tengo de la aproximación al barranco y de la Ferrata.


7.- Aproximación.


8.- Andreu.


9.- Paredes de escalada. Uno en pared.


10.- Curso del río Vero.

                                       

11.- Siguen.

12.- Otra ferrata.


13.- Esta ferrata. Río Vero.

                                          

14.- parque natural de la Sierra y los Cañones de Guara.

15.- Llevan uno añadido.

Álvaro: Y de Alquezar. Qué maravilla es toda la sierra de Guara y Alquezar.

                           

16.- Regreso a Alquézar.


17.- Pasadizo usual.

Paquita: Que bien empedrados los pasadizos de Alquézar    

Álvaro: Y tanto!


18.- Vista desde una de sus calles.


19.- Otro de los pasadizos.

20.- Ferrata por Rodellar

                                  

21.- La misma.

22.- Culminado el paso.


23.- Más arriba.

[12:08, 17/5/2026] Paquita: Las últimas son de Alquézar?  

[14:43, 17/5/2026] AA ALVARO: No, de una Ferrata por Rodellar

Hoy hemos hecho una cerca de Graus sobre el Esera


24.- Foto.

25.- Río Vero.



Álvaro: Ahora estoy en Alquezar y voy a hacer las pasarelas. Se supone que es un paseo 

Más que Ferrata es una canal equipada. El trazado debía estar de antes y lo que han hecho es protegerla con cable de acero en todo su recorrido.

26.- Pasarela.


27.- Más pasarelas.

PAQUITA

junio 04, 2026

Francia: la república imperial, de Rafael Poch

 Rafael Poch 4/02/2026

Para entender la complicidad de los gobiernos, instituciones y medios de comunicación de Europa con el genocidio israelí hay que revisar la historia colonial europea

Ilustración de finales del siglo XIX de la conquista de Argelia liderada por el coronel Lucien de Montagnac.



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Por razones obvias, el colonialismo francés, competidor histórico, no ha sido exaltado por la industria anglosajona del entretenimiento y como mucho ha sido considerado como defectuoso pariente de la familia imperial. Sin embargo, su génesis ilustra a la perfección una dualidad supremacista plenamente vigente hoy: la de unas democracias occidentales relativamente libres hacia adentro –hoy en claro proceso de involución– y dictatoriales hacia afuera.

La Tercera República francesa (1870-1940) fue el primer régimen francés republicano consolidado desde la gran revolución de 1789. La Revolución francesa necesitó nada menos que ochenta años para dar lugar a un régimen republicano estable y asentado. Entre entonces y la Tercera República, Francia había conocido todo tipo de vaivenes, avances y retrocesos: dos imperios, dos restauraciones borbónicas, una monarquía constitucional, revoluciones y revueltas como las de 1830,1848 y la Comuna. En esa extraordinaria sucesión de convulsiones, se forjó una de las sociedades más libres de la época. Un país cuyo ambiente ofrecía refugio y amparo a quienes vivían en naciones más desgraciadas como la nuestra.

La nación y su luminosa capital fueron durante mucho tiempo el lugar en el que los héroes de Pérez Galdós y Pío Baroja, por no hablar de los exiliados del franquismo, que venían del país de los “demasiados retrocesos” (Ramón Carande), podían practicar unas libertades políticas y respirar una liberalidad de moral y costumbres que confirmaban la posibilidad de vivir de otra manera. Una manera diferente a la habitual en la España dominada por el caciquismo, la oligarquía, el clero y los militares. Francia, “país de la ley” (Fá Guo) para los chinos, era la nación del caso Dreyfus, donde en las batallas sociales no siempre vencía la opresión y la reacción, y donde, por ese motivo, los de arriba debían tener en cuenta las consecuencias de la cólera popular. No solo había retrocesos, sino también avances. La Tercera República fue la consolidación de ese equilibrio. Las primeras dos repúblicas, las nacidas de 1789 y 1848, fueron bastante breves, doce y cuatro años, respectivamente. La Tercera República duró setenta años...

Fue precisamente con y en ese régimen ancho y holgado cuando Francia se constituyó como “república imperial” y asumió un racismo de estado en directa contradicción con el universalismo de sus gloriosos “derechos del hombre y del ciudadano”.

El imperialismo fue la salida compensatoria a los reveses nacionales de 1870, la derrota militar del segundo imperio ante la Prusia ampliada de Bismarck, con la dolorosa pérdida de Alsacia y Lorena, que descabalgó a Francia del estatus de primera potencia continental, y la aniquilación de la Comuna. A aquellos desastres siguieron el aplastamiento de la revuelta de la Cabilia argelina en 1871, la conquista de Túnez en 1881, Madagascar, Tonkín y Costa de Marfil a partir de 1883, Sudán en 1898, Chad en 1899...

Ministro de Instrucción Pública, dos veces primer ministro, artífice de la educación primaria universal, obligatoria, laica y gratuita, e impulsor de las leyes en materia de divorcio, libertad de prensa, reunión y asociación, pocas figuras como las de Jules Ferry (1832-1893), puntal de aquel régimen, ilustran la duplicidad de la república que era la suya: liberal y parlamentaria hacia adentro y al mismo tiempo firme partidaria del racismo de estado colonial consagrado en el Code de l'Indigénat de 1881. El artífice de la escuela laica y la estricta separación entre Iglesia y Estado proclamaba su credo en el discurso de julio de 1885 de que “las razas superiores poseen un derecho sobre las razas inferiores. Sostengo que tienen un derecho porque también tienen un deber: el deber de civilizar a las razas inferiores”.

El Code de l'Indigénat seguía la estela del admirado y rival imperio británico cuyos gobernadores tenían poderes disciplinarios absolutos en materia de multas, encarcelamiento sin proceso, trabajos forzados, restricciones de circulación y castigos colectivos. Establecía un orden jerárquico para las personas y los colectivos en el que éstos se insertaban de forma desigual. Los indígenas del imperio eran súbditos franceses y no ciudadanos franceses. Los “derechos del hombre” contenidos en la declaración del 26 de agosto de 1789 y proclamados con carácter universal (“para todos los hombres y todos los tiempos”) se redujeron a “derechos de los franceses”. Se contemplaban delitos y penas específicas para “árabes” que luego se hicieron extensivas a otros territorios dominados. Eso permitió construir, por ejemplo, el tendido ferroviario entre Brazzaville y Pointe Noire, en la costa atlántica, con trabajadores indígenas forzados en 1927: 17.000 muertos para una vía férrea de 140 kilómetros.

Derechos y garantías para los franceses y los europeos de las colonias, dictadura y estado de excepción permanente para los nativos eran la norma.

“En África y en otras partes, el régimen representativo, la separación de poderes, la declaración de los derechos del hombre y las constituciones son formas vacías de contenido” porque “allí se desprecia al amo que consiente en ser discutido”, decía Ferry. Esta situación legal y codificada duró hasta 1945.

La Tercera República conoció, naturalmente, adversarios del colonialismo, considerado contrario a los principios republicanos y al universalismo de los derechos del hombre y del ciudadano, como Clemenceau, pero como dice un estudioso del periodo (Olivier Le Cour Grandmaison, La République imperiale, 2009), cuando en 1936 los socialistas y sus aliados llegaron al poder con el Frente Popular únicamente pretendían reformar el estatus de ciertos colonizados sin cuestionar el principio mismo del dominio de la metrópoli sobre los territorios de ultramar y sus ingentes poblaciones. Pasada por la derrota de 1940 frente a la Alemania hitleriana, la transformación de la república imperial en “Estado Francés”, el régimen de Vichy colaboracionista con los nazis, puede ser leída y explicada de una forma mucho menos rupturista de lo que aparenta. 

Masacres de posguerra

Después de la guerra, los grandes principios anticoloniales o afirmativos del carácter universal de los derechos “sin distinción de raza, color, sexo, lengua o religión” proclamados en el artículo primero de la Carta de las Naciones Unidas (1945), el preámbulo de la nueva constitución francesa (1946) o en la Declaración Universal de los derechos del hombre (1948), simplemente no se aplicaron en las colonias. Mas aún, la Francia recién salida de la ocupación nazi y del Estado colaboracionista del Mariscal Petain utilizó en las colonias los métodos de dominio y represión sufridos durante la ocupación alemana de la metrópoli. En diciembre de 1944; matanza de entre 35 y 300  fusileros senegaleses en Thiaroye, cerca de Dakar; en mayo de 1945, las masacres de Sétif y Guelma, en Argelia, con 20.000 o 45.000 muertos según las diversas estimaciones; en noviembre de 1946, el bombardeo naval de Haiphong, en Indochina, con 6.000 muertos; de marzo de 1947 a finales de 1948, entre 30.000 y 90.000 muertos, según diferentes autores, en la represión de la insurrección de Madagascar; en agosto de 1947, varias decenas de muertos en las manifestaciones de Sfax, en Túnez. En los siete años de la guerra de Indochina, concluida en 1954, se contabilizan más de 400.000 víctimas indígenas y ese mismo año arranca la guerra de Argelia que deja entre 300.000 y medio millón de muertos argelinos en ocho años... En general, entre el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y el de la guerra de Argelia, en 1962, Francia estuvo constantemente implicada en violencias y guerras coloniales que dejaron un millón de muertos, casi el doble de los caídos franceses (militares, civiles y miembros de la resistencia) en la guerra mundial (Yves Benot, Massacres coloniaux, 1994). Este violento racismo colonial ha acompañado la vida francesa hasta nuestros días y envenena su convivencia interna. La experiencia colonial de Argelia, oficialmente un departamento francés en el que llegaron a vivir más de un millón de franceses, ha sido particularmente notable.

La actualidad de Argelia

Iniciada en 1830 en los últimos días de la restauración borbónica, la conquista de Argelia precisó de largos años de “pacificación” colonial. En 1842 uno de los jefes militares franceses resumía la política seguida contra las aldeas rebeldes así: “Arrasamos, incendiamos, saqueamos, se destruyen casas y árboles, con poco o ningún combate”. Los ataques a los poblados se realizaban por sorpresa de madrugada, se concentraba a las mujeres, los niños y el ganado y todo lo demás (pieles, armas, alfombras) se robaba. Las violaciones de mujeres eran frecuentes. En su exilio de Jersey, Victor Hugo relataba el testimonio de un general francés allí refugiado: “No era raro ver a los soldados arrojar niños a sus compañeros, que eran recibidos por la punta de sus bayonetas. Arrancaban los pendientes de las mujeres junto con las orejas y cortaban los dedos para hacerse con los anillos”. (Michelle Zancarini-Fournel, 2016. Les luttes et les rêves. Une histoire populaire de la France).

A partir de 1962, cuando Argelia alcanzó la independencia, una situación sin precedentes se creó en la metrópoli. Un millón de pieds-noirs y sus hijos, más un millón y medio de soldados que combatieron o simplemente vivieron en Argelia hasta dos o tres años, sumados a un millón de emigrados argelinos y sus hijos y nietos, más varias decenas de miles de harkis (argelinos colaboracionistas con el poder militar colonial), arrojan un total de cerca de cinco millones de personas con memoria directa de las violencias de Argelia en la Francia de hoy. Ninguna sociedad europea recibió como Francia tanta población de las zonas que colonizó y concentra hoy tal colisión de memorias entre colonizados y colonizadores.

La memoria del bando colonizador alimentó en el país lo que el historiador francés nacido en Argelia Benjamin Stora caracteriza como una “ideología sudista”, en analogía con el sudismo de los confederados de Estados Unidos. Tras su llegada a la metrópoli los repatriados europeos de Argelia reprodujeron en Francia el esquema de la sociedad colonial: una jerarquización social y comunitaria cuya base no era ciudadana sino étnica y que hoy sigue nutriendo a la extrema derecha.

El resentimiento de los pieds-noirs repatriados de Argelia dio lugar a una verdadera insurgencia en la Francia metropolitana de los años sesenta y setenta. Esa insurgencia incluyó una rebelión militar golpista en toda regla contra el gobierno del general De Gaulle, así como una larga y nutrida serie de atentados terroristas. En los años setenta hubo 70 asesinatos de argelinos en atentados en París, Marsella y Lyon.

Tanto los crímenes de la guerra, como el golpismo y terrorismo vinculado a la guerra de Argelia, fueron barridos debajo de la alfombra y objeto de hasta seis leyes de amnistía y gracia entre 1962 y 1982, cuando generales, oficiales y funcionarios condenados o sancionados por haber participado en la subversión contra la República fueron rehabilitados y reintegrados en el ejército y la administración por el gobierno socialista de François Mitterrand. Hasta los años noventa la guerra de Argelia y la descolonización apenas merecieron la atención de los historiadores franceses. Como explica Shlomo Sand, eso solo ocurrió “después de que las elites que habían colaborado con el ocupante alemán, o que se habían sometido a él, y las que por indiferencia o determinación habían tomado parte por la Algerie française –frecuentemente las mismas–, hubieran abandonado por completo la escena y el mundo de los vivos” (Sand, 2015, Crépuscule de l´histoire). El mismo concepto de “guerra de Argelia” no fue oficialmente reconocido en Francia hasta 1999 por una votación de la Asamblea Nacional. Durante casi medio siglo, aquella guerra, con sus centenares de miles de muertos indígenas, sus 1,7 millones de soldados movilizados (24.000 de ellos muertos y 60.000 heridos), no fue más que una “operación de mantenimiento del orden”. En 1966 el director de cine italiano Gillo Pontecorvo presentó su película La batalla de Argel. Objeto de numerosos premios internacionales, su proyección en Francia estuvo prohibida hasta 1971 y en las cadenas de televisión francesas hasta 2004.

Desde su experiencia argelina y vietnamita, Francia exportó las técnicas y doctrinas de contrainsurgencia que inspiraron a los carniceros argentinos y congoleños, como el propio general Videla reconoció. El abominable Plan Cóndor, la campaña de represión política y terrorismo de Estado llevada a cabo a partir de 1975 por varias dictaduras latinoamericanas con el respaldo de Estados Unidos, tuvo una gran impronta francesa. La bien documentada práctica de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) de Buenos Aires de anestesiar a los presos y tirarlos al mar desde un avión para desaparecerlos había sido estrenada por los militares franceses en Argelia. En los setenta y ochenta los servicios secretos franceses encubrieron a matarifes de la ESMA como el inspector Mario Sandoval, posteriormente condenado por crímenes contra la humanidad en Argentina tras un proceso judicial de extradición que Francia postergó a lo largo de cinco años. Sandoval había obtenido la nacionalidad francesa, había sido asesor de seguridad del presidente Nicolás Sarkozy y hasta impartió clases en el Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Sorbona...

Sembrando guerra civil

La impronta de la república imperial se deja sentir diariamente en la relación de Francia con sus ciudadanos o inmigrantes musulmanes. Con seis millones de musulmanes no hay en Francia ni un solo diputado de esa confesión en la Asamblea Nacional. Como dice Shlomo Sand, “el antiislamismo y el rechazo del musulmán, expresado por la opinión pública y retratado en multitud de éxitos literarios, desempeña en la Francia de hoy el mismo papel que el antisemitismo de los siglos XIX y XX”.

En 1886 el periodista antisemita Edouard Drumont publicó su libro antijudío La France juive que fue un gran éxito de ventas. En aquella época, en los alrededores del caso Dreyfus, el antisemitismo era ideología dominante en el establishment francés. Decir que todos los judíos eran traidores era algo natural y aceptado, con diversos matices, por gran parte de la opinión pública. Hoy Francia contiene la mayor comunidad judía de Europa occidental. Un libro así contra los judíos sería impensable porque, aunque el antisemitismo sigue vivo, no es ideología dominante y mucho menos en las instituciones. Al contrario, los medios de comunicación y el grueso de la clase política, incluida la extrema derecha de tradición antisemita, apoyan o “comprenden” las barbaridades del sionismo en Palestina. A través de su correa de transmisión en Francia, el Consejo Representativo de las Instituciones Judías (CRIF), Israel fomenta la identificación de “los judíos” con su matanza de palestinos, un factor que favorece el antisemitismo. Desde las instituciones y los medios de comunicación se practica la sistemática asociación de antisionismo con antisemitismo, lo que da alas al segundo y promueve la confrontación entre comunidades. Por el contrario, libros islamófobos como la novela Sumisión del agraz Michel Houellebecq, o el ensayo El suicido francés, de Éric Zemmour, conocen el mismo tipo de éxito y eco que La France juive obtuvo a finales del XIX.

El desprecio y la falta de respeto hacia la creencia de una minoría que es una minoría de pobres y excolonizados es moneda corriente. En los medios de comunicación y entre los políticos, la relación entre Islam, musulmanes y yihadismo es una deriva considerada normal. Entre los que el sociólogo Pierre Bourdieu llamaba “fast thinkers” (en analogía con el fast food), es decir los comunicadores que copan los medios de comunicación, la hostilidad hacia el Islam es algo que se da por supuesto, como ocurría antaño con el antisemitismo. El sello de Argelia está también ahí presente: el propio Houellebecq, como Zemmour, Bernard-Henry Lévy y muchos otros conocidos por su hostilidad al Islam y omnipresentes en los medios de comunicación, nacieron en Argelia o son de familia pied-noir (Véase, Shlomo Sand, 2016, La fin de l´intellectuel français?). Esta estigmatización del Islam siembra guerra civil en Francia y es una clara manifestación de la actualidad y vigencia de la república imperial. Con motivo de la masacre de Gaza todo esto se ha puesto en evidencia de la forma más vergonzosa.

junio 03, 2026

Ilan Pappé / Historiador israelí “Una de las mayores invenciones del sionismo es que Israel es una democracia”, de Andrea Lanzetta (TPI) 3/02/2026

 Andrea Lanzetta (TPI)     3/02/2026

El historiador israelí Ilan Pappé posa en una imagen fechada en 2023. / Farah Jack Mustaklem



Nace Fundación Contexto y Acción, una entidad sin ánimo de lucro y con un fin social: defender los DDHH y fortalecer la democracia a través de la información veraz. Necesitamos tu ayuda, puedes donar aquí y desgravar un 80% en tu próxima declaración del IRPF.

“El Estado judío no es una democracia, sino un régimen de apartheid. El mundo dirá basta algún día, tal como ocurrió con Sudáfrica. Netanyahu sueña con otra Esparta. No se puede seguir así”. El historiador israelí Ilan Pappé (Haifa, 1954) predice a The Post Internazionale (TPI) la caída del sionismo y su visión de la paz: “El derrumbe se producirá desde dentro. La élite económica y cultural ya está abandonando el país, sin ella será difícil que todo funcione. ¿El futuro? Es necesario volver al mosaico étnico y cultural regional anterior, dentro de una estructura política flexible”.


Ilan Pappé está convencido de ello: para Israel ha comenzado el principio del fin. “No sé exactamente cómo, pero llegará el momento en que los gobiernos del resto del mundo digan también que ya han tenido suficiente, tal como ocurrió con el apartheid en Sudáfrica”. Esta “descolonización” del Estado judío, tal como la define Pappé en su nuevo libro, El final de Israel [Akal, 2026], ni siquiera precisará de una guerra, sino de un “proceso largo y, por desgracia, doloroso”, el cual, sin embargo, ya ha comenzado. El análisis del historiador israelí parte de la fractura, que nunca se ha soldado, ni siquiera tras el trauma del 7 de octubre y las matanzas de Gaza, entre dos entidades sionistas diferentes: el “Estado de Judea” y el “Estado de Israel”. Si la primera se describe como el frente extremista de derecha, religioso y con rasgos mesiánicos aliado del primer ministro Benjamin Netanyahu, la otra sigue anclada en los valores liberales y laicos de la fundación y, a menudo, se alinea con la oposición. Sin embargo, ambos, aunque se disputan no sólo el poder, sino también el alma del Estado judío, seguirían unidos por el apoyo a un sistema que niega a los palestinos sus derechos civiles y humanos. Este único denominador común y la fractura entre los dos bandos opuestos contribuyen a la polarización política en Israel y acabarán, nos explica Pappé, determinando su fin. Un epílogo que, según el historiador, abrirá nuevas oportunidades para la paz.

Profesor Pappé, ¿ha llegado por fin el fatídico “día después” en Palestina?

En este momento estamos asistiendo al “día después de Trump” o al “día después de Qatar”, cuando lo que necesitábamos era un “día después palestino”. Sólo si realmente se basara éste en la justicia, la igualdad y la democracia, podría haber contribuido a galvanizar el apoyo regional e internacional a la paz y funcionar de verdad.

Empecemos por Israel, el único Estado democrático de la región. ¿La democracia de quién?

Una de las mayores invenciones del sionismo es que Israel es una democracia. Es cierto que no hay democracias en Oriente Medio, pero Israel tampoco es una democracia.

¿Por qué?

Yo enseño ciencias políticas y si alguno de mis alumnos me presentara un ensayo en el que llegara a la conclusión de que Israel es una democracia, lo suspendería. No desde un punto de vista ideológico o por puro espíritu polémico, sino porque nada demuestra esa tesis.

Los árabes israelíes, por ejemplo, pueden votar y ser elegidos para el Parlamento.

El hecho de que en Israel algunos ciudadanos palestinos puedan votar o ser elegidos no es en sí mismo una prueba de que se trate de una democracia. En su día, en Rumanía se podía votar en las elecciones y, por eso, Ceaușescu la definía como una república democrática. Pero hay que examinar detenidamente la situación y reconocer que Israel es un régimen de apartheid que no garantiza la igualdad de derechos a las personas no judías. No hay un solo habitante palestino, ya sea de la Cisjordania ocupada o de la Franja de Gaza sitiada, que pueda decir que ha vivido desde 1948 en una democracia. Un Estado que ocupa el territorio en el que viven millones de personas desde hace más de 58 años [desde 1967 (nota del editor)] no es una democracia. Un Estado que, por ley, considera a los no judíos como ciudadanos de segunda clase no puede ser una democracia. Antes lo era para los ciudadanos judíos, pero ahora tenemos que esperar y ver cómo evoluciona la lucha entre lo que yo llamo el “Estado de Judea” y el “Estado de Israel”.

Gil Troy, historiador sionista de derechas, nos los describió como “dos “tribus” que se enfrentaron por la reforma judicial”, pero que luego “dejaron de lado sus diferencias para salvar a Israel después del 7 de octubre”. Dos años después, ¿quién ha ganado de las dos?

No estoy de acuerdo con Troy en que los contendientes hayan dejado de lado sus diferencias, sino todo lo contrario. Y tampoco creo que la lucha haya terminado debido a la guerra. La gran sorpresa es precisamente que, a pesar del trauma del 7 de octubre y del conflicto, la contienda haya continuado, a veces incluso de forma muy violenta. Tomemos el caso de los rehenes: el “Estado de Judea” [la extrema derecha religiosa, nde] pensaba que la mayoría de ellos pertenecía al “Estado de Israel” [el segmento liberal y laico de la sociedad israelí, nde] y no mostraba gran interés por su suerte, oponiéndose hasta el final a cualquier plan de intercambio con los presos políticos [palestinos, nde]. No sé si en Italia se entendió, porque el debate se desarrolló principalmente en hebreo, pero en estos dos años se han dicho cosas terribles sobre las familias de los rehenes. Por lo tanto, la fractura sigue siendo muy profunda.

¿Prevé una reconciliación?

No, al contrario. Esta división seguirá profundizándose y empeorará aún más. De hecho, con el alivio de la tensión bélica, se hará aún más evidente. El enfrentamiento seguirá en el ámbito del sistema judicial porque el “Estado de Judea” ya domina la política, los aparatos de seguridad y el ejército.

¿Cómo terminará todo esto?

No creo que el “Estado de Israel” tenga ninguna posibilidad. Creo que el “Estado de Judea” podría acabar engulléndolo, y que entonces el mundo tendrá que aceptar esta realidad, olvidando lo que sabía del antiguo Israel, con el que era más fácil tratar porque, al menos en su momento, respetaba ciertos valores de liberalismo, universalismo y, sobre todo, socialismo. Pero todo esto acabará desapareciendo.

¿Con qué resultado?

Israel se está convirtiendo en un régimen cada vez más teocrático, racista y religioso. Muchas personas que se consideran laicas y progresistas se marcharán en el futuro y muchas ya se han marchado. Ya está ocurriendo.

¿A qué conducirá esta especie de “revolución” demográfica?

Creará las condiciones para el auge de lo que yo llamo el “Estado de Judea”, el cual, me temo, se mostrará especialmente feroz y brutal con los palestinos y aún más agresivo con los Estados árabes vecinos. Pero es solo una primera fase: las consecuencias de todo esto darán lugar a otra.

¿Cuál?

Esta situación no podrá durar mucho tiempo y entonces surgirán nuevas y diferentes oportunidades. Pero no mientras el “Estado de Judea”, como yo lo llamo, se mantenga en el poder, sino solamente cuando éste se derrumbe, y no creo que sea capaz de mantenerse durante mucho tiempo.

¿Por qué?

El hecho es que la élite cultural y económica ya está abandonando el país. Sin estas personas, será muy difícil que el Estado, tal y como lo conocemos, siga funcionando. En segundo lugar, este Estado acabará aislado. Ahora está aislado de la sociedad civil, pero creo que, hasta por razones cínicas, los gobiernos y los políticos acabarán siguiendo a sus respectivas sociedades, tanto en el mundo árabe como en el resto de la comunidad internacional. Un Estado así no tiene ninguna posibilidad ni opción de seguir funcionando. Proseguirá, sin duda, fabricando armas y resulta extremadamente cínico por parte de las industrias militares seguir comerciando con una entidad así. Pero si miramos la historia, esto no es, desde luego, suficiente para sostener un Estado.

Israel ha ganado todas las guerras, pero nunca ha alcanzado la paz

Benjamin Netanyahu ha anunciado, como si fuera una noticia positiva, que Israel será una nueva Esparta, pero debería aprender historia. Sin embargo, estoy de acuerdo en que, como una especie de Prusia, está tratando de convertirse en ello. En lugar de un Estado, está tratando de ser un ejército con un Estado. Y esto puede continuar, pero solo por algún tiempo.

¿Cuándo y cómo debería producirse este derrumbe?

No sé exactamente cómo sucederá, pero imagino que ocurrirá en el momento en que los gobiernos del mundo digan que ya han tenido suficiente, como ocurrió con el apartheid en Sudáfrica, o cuando los Estados árabes vecinos se sientan obligados a escuchar a sus pueblos. No estoy diciendo que deban ir a la guerra: bastará con que planteen la hipótesis de recurrir a la fuerza si Israel continúa así. Todo esto puede provocar un derrumbe desde dentro”.

¿Cómo se lo imagina?

No pienso en la típica caída de un régimen colonial, con un ejército de liberación que entra en la capital y expulsa a los antiguos amos franceses o ingleses. Creo que asistiremos a un proceso muy diferente y, por desgracia, mucho más largo y doloroso. En lugar de una ocupación palestina de Israel, se producirá un derrumbe interno. Pero creo que esto creará una nueva oportunidad.

¿Qué pasará entonces?

Sólo estoy seguro, tal como escribo en mi libro, de que llegará ese momento, pero no estoy nada seguro de que los palestinos sean capaces de llenar el vacío con un plan claro, no sólo de descolonización, sino también de postcolonialismo. Por ahora no lo tienen, pero espero que lo tengan algún día. Soy bastante optimista, pero necesitan un proyecto claro para lo que el mundo llama hoy en día cínicamente “el día después”.

La diáspora judía, tal como destaca en su libro, también podría desempeñar un papel en este proceso, especialmente en Estados Unidos. Pero, ¿cuál?

Me ha inspirado y animado mucho la joven generación de judíos de Norteamérica. Es evidente que, a diferencia de sus padres, no creen que para identificarse como judíos norteamericanos haya que mostrar lealtad a Israel. Se puede identificar uno con su judaísmo sin ser practicante, sin profesar el sionismo. Además, para algunos, la salida del sionismo pasa también por el compromiso con el movimiento de solidaridad con los palestinos. Por lo tanto, espero que desempeñen un papel importante a la hora de enviar un mensaje a Israel: “No habléis en nombre del pueblo judío”. Imaginemos lo que pasaría si muchos judíos del mundo afirmaran que Israel no es un Estado judío.

¿Qué pasaría?

Tomemos, por ejemplo, un país como Alemania, que basa toda su política proisraelí en el hecho de haberse comprometido con el pueblo judío. Una postura comprensible, teniendo en cuenta lo que hicieron [en la Segunda Guerra Mundial]. Pero, ¿qué pasaría si los judíos –en gran número y no solo a través de algunas voces marginales, sino respaldados por figuras destacadas– le dijeran a Alemania: “Esto no es un Estado judío. Si se sienten responsables de los judíos del mundo, ayúdennos mejor en los Estados Unidos o aquí en Alemania”. Imaginen lo que pasaría si los judíos del mundo empezasen a decir: “Lo que vemos no es un Estado judío, sino algo que, a nuestros ojos, es contrario a los valores del judaísmo”.

¿Qué debería hacer el resto del mundo?

En primer lugar, creo que es necesario reconocer que Palestina forma parte del mundo árabe. El sionismo ha logrado convencer a todo el mundo de que Palestina no existe en el mundo árabe, sino sólo [en las protestas, nde] en Europa. Sin embargo, cuando se comprende que se trata de una realidad geográfica y no ideológica, Palestina pasa a formar parte de los problemas del mundo árabe y también de sus soluciones. Además, se descubre, como he escrito también en el libro, que el Líbano, Siria y Jordania tienen problemas similares a los de Palestina.

Usted habla de un futuro “postsionista”. ¿Nos lo puede describir?

Después de la Primera Guerra Mundial, las potencias coloniales obligaron, en cierto modo, a un mosaico de diferentes grupos a construir Estados-nación siguiendo el modelo europeo. Un sistema que, como resulta evidente, no funciona del todo en esta región. Yo imagino más bien un retorno al mosaico anterior, obviamente sin una resurrección irrealista del Imperio Otomano, sino dentro de una estructura política muy flexible. No sé si se tratará de construir algo similar a la Unión Europea o una especie de Unión Árabe del Mediterráneo Oriental. Dejaría que fueran los propios pueblos los que decidieran. Sin embargo, tendrá que ser algo que permita a los distintos grupos, si así lo desean, mantener su identidad étnica y cultural, pero no a expensas de otros. Y, desde luego, sin el control de otro Estado. Este es el tipo de ideas que escucho de muchos jóvenes en Irak, Líbano, Siria y Jordania.

¿Qué pasaría entonces con Israel y sus casi diez millones de habitantes?

Los judíos de lo que hoy es Israel también podrían formar uno de estos grupos, pero no un pueblo separado que goce de privilegios excepcionales. Sin un desarrollo de este tipo, corremos el riesgo de que en el Líbano u otros países vecinos se repita lo que ha ocurrido en Siria en los últimos doce años. Creo que es la única manera de encontrar una salida a los graves problemas que asolan esta parte del mundo.

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Esta entrevista se publicó originalmente en SinPermiso. 



junio 02, 2026

Cárcel y exclusión social, el alto precio que pagan los 'refusenik' por negarse a servir en el Ejército israelí, de María Inmaculada Balbás Pérez

 María Inmaculada Balbás Pérez   Jerusalén-

Los jóvenes israelíes tienen que presentarse a filas del Ejército de forma obligatoria a los 18 años y formar parte de la reserva hasta los 40. Los que se niegan a alistarse o a permanecer en la reserva por motivos éticos son llamados 'refusenik'. Hemos hablado con algunos de ellos.

Foto de archivo de soldados israelíes en la ciudad de Hebrón (Cisjordania).Europa Press / Mamoun Wazwaz

La historia de Daniel Yahalom es distinta a la de los refusenik anteriores. Yahalom, profesor de Economía de 32 años residente en Haifa, sirvió en el Ejército varias veces. Tenía 19 años cuando fue enviado a la frontera norte con Líbano. Sobre aquel momento, comenta que sentía que era su deber contribuir a la defensa de su patria. Tras el inicio de la guerra en 2023, fue llamado a filas desde la reserva en tres ocasiones: en 2023, 2024 y 2025, cuando le llamaron para participar en la toma de la ciudad de Gaza en mayo, momento en que decidió negarse. Fue puesto en confinamiento solitario durante cinco días, tras una semana de procedimientos judiciales. Todavía no ha recibido la exención de forma oficial, pero no le han vuelto a llamar a filas. 
Por su parte, el Ejército israelí no explica muy bien la duración de las condenas ni por qué unas duran más que otras, como recoge un informe de Amnistía Internacional. Según reza el informe, "todas estas personas están expuestas a ser encarceladas a pesar de que no se les ha dado la oportunidad de realizar un servicio civil alternativo (...). Pueden ser encarceladas durante semanas y en ocasiones meses, tras ser juzgadas por oficiales", tras negarse a presentarse a filas. No obstante, y según recoge el organismo, el derecho a objetar el servicio militar por motivos de conciencia está protegido por el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, del que Israel es parte. 

El 7 de octubre, un antes y un después