marzo 26, 2026

Grupos xenófobos alientan la teoría del "reemplazo" étnico y coordinan acciones contra la regularización de migrantes, de Danilo Albin

 Danilo Albin   28/01/2026 

  • Este fin de semana un grupo ultra presenta en Santander las actividades de la plataforma Remigración y Reconquista, que replica un proyecto nacido en Italia y vinculado a colectivos neofascistas y neonazis.

  • Vox también insiste en esta tesis xenófoba. Abascal habla de "invasión" para criticar la regularización de migrantes: "El tirano Sánchez odia al pueblo español. Quiere sustituirlo".

  • Una de las portavoces del grupo neonazi Núcleo Nacional, Isabel Peralta, pidió a través de un vídeo a sus seguidores "salir a la calle, manifestarse y hacer que prenda si es necesario".

  • Ultraderechistas en un acto de Falange en noviembre pasado en Madrid.Carlos Luján / Europa Press


  • Vínculos con neonazis españoles

    "Acabar con los europeos"

    "Suplantación identitaria"

    Cumbre ultra en Roma

marzo 25, 2026

Ilustración del día: Bombardear lo bombardeado. Por Malagón

 


Gaza: imágenes del genocidio e inscripción en la historia, de Aurora Fernández Polanco

Aurora Fernández Polanco 30/10/2025

 La imagen-testimonio sigue siendo trascendental: cada vídeo grabado por una víctima es un riesgo, cada imagen-prueba provista por los cascos azules de PRENSA es un peligro para los perpetradores

Playa de la Franja de Gaza en 2007. / Marcin Monko (CC BY 2.0)


“It's a hell of a pinpoint operation”, parece ser que dijo en julio de 2014 a micrófono cerrado el por entonces secretario de Estado de EEUU, John Kerry. Con estas palabras, “infierno de operación milimétrica”, se refería a lo que podemos considerar otra de las fases del genocidio de Gaza. La frase citada cerraba un artículo que escribí el 27 de julio del mismo año para Salon Kritik y que se ha volatilizado en la web. Trataba sobre la imprescindible película del cineasta alemán Harun Farocki, Bilder der Welt und Inschrift des Krieges (“Imágenes del mundo e inscripción de la guerra”, de 1989). Desde la Dialéctica de la Ilustración, de T. Adorno y M. Horkheimer (1944), nadie había conseguido una crítica tan radical a la racionalidad moderna como la que se mostraba entre las capas de imágenes montadas por Farocki. La gran palabra de la historia de las ideas, Aufklärung, como bien se encarga de recalcar de forma recurrente la voz en off (“Ilustración”“Iluminismo”), se combina a lo largo de la película con sus otras acepciones en alemán: “reconocimiento”, “esclarecimiento”, “descubrimiento”. Hasta llegar a un momento crucial: ¡Aufklärung como reconocimiento aéreo! El montaje combina una cámara atada a una paloma, una misión de bombardeo y una fotografía aérea de Auschwitz tomada en abril de 1944 a 7.000 metros de altura que no fue percibida por unos analistas a los que nadie les había ordenado “reconocer” el campo y que, ¡precisamente por ello!, nunca consiguieron detectarlo (es decir, denunciarlo) hasta que la CIA vuelve sobre el material filmado y lo “descifra” en 1977. ¿Cómo no montar ahora estas imágenes con aquellas que se desprenden de la tesis del libro de Franco Berardi (Bifo), Pensar después de Gaza (Tinta Limón, 2025), donde se refiere al genocidio palestino como “Auschwitz con cámaras”? Allí, en el campo de exterminio alemán, la sombra siniestra, hasta el punto de desaparecer en el mapa. En Gaza, el exterminio a plena luz del día. En los dos, el desarrollo más sofisticado de dispositivos al servicio de tecnologías genocidas. 

¿Qué imágenes inscribirían hoy a Gaza en la historia de un genocidio que comenzó en el siglo XIX? ¿Cómo ponerlas a trabajar al servicio de la verdad que necesitamos en tiempos de unas fuerzas irracionales que mienten, distorsionan, manipulan, censuran y sitúan el bulo en el centro de los sistemas de información? ¿Cómo no relacionar el colonialismo, el capitalismo fósil y el genocidio con esa desinformación algoritmizada por la IA? A quienes nos dedicamos a pensar con/desde las imágenes (en la academia, pero también cineastas, artistas) nos acompaña, qué duda cabe, ese “no saber” paralizante, característico de nuestra condición vergonzante en tanto espectadores de los grandes medios de comunicación occidentales –o generadores de contenido en las redes sociales–. Siempre culpabilizados, en cualquier caso, y espantados al formar parte de una humanidad que ha perdido las ideas de justicia y democracia. Pero tenemos en este momento la obligación de poner a trabajar las imágenes para saber, para conocer la verdad de lo que está ocurriendo e inscribir a Gaza en la historia. Me gustaría por ello compartirles una breve constelación compuesta por algunas ideas extraídas de lecturas y materiales que considero fundamentales y les dejo referidos. En primer lugar, la sensación de que, pese a la insistencia en el carácter performativo de las imágenes y su potencia de “actuar”, pese a la distorsión de la realidad que le debemos a la IA generativa, pervive el reconocimiento atávico de la imagen como huella, indicio de lo sucedido, a pesar de no existir “contacto” en el tratamiento digital. La imagen-testimonio sigue siendo transcendental: cada vídeo grabado por una víctima es un riesgo, cada imagen-prueba provista por los cascos azules de PRENSA es un peligro para los perpetradores. Como muestra, el número de periodistas asesinados por Israel (¡esperando ver el emocionante documental de Sepideh Farsi, Put Your Soul on Your Hand and Walk!). Sudáfrica se sirvió de imágenes ante la CIJ en La Haya para “demostrar” el genocidio, pero renunció a mostrarlas públicamente. Israel sin embargo ha utilizado las imágenes de las víctimas del 7 de octubre y ha empleado el dolor como arma. De manera que según ha expuesto la imprescindible teórica de la imagen Ariella Aisha Azoulay en su artículo Seen Genocide: “Las imágenes no tienen una verdad innata; viven en comunidad con o contra aquellos que están involucrados en ellas”. Es por esto por lo que, en segundo lugar, situaremos la necesidad de poner a trabajar esas “huellas” en un dispositivo de lectura crítica. Por ejemplo, Eyal Weizman, fundador de Forensic Architecture, reconoce que su equipo ha mirado (ha recibido) y geolocalizado muchas imágenes, vídeos, testimonios, lo que les ha permitido generar una cartografía del genocidio El año pasado, Weizman nos aconsejaba acudir a su plataforma y comprobar allí “el daño acumulativo combinado”. Considera que un buen software que analice los datos demuestra que no se puede ver lo ocurrido por separado. Lo importante es darse cuenta de la relación que hay entre los ataques a las escuelas, a los hospitales, a la ayuda humanitaria, a las infraestructuras para buscar patrones de violencia: el DISEÑO genocida que hay detrás de ese “infierno de operación milimétrica”.  

En tercer lugar, por seguir con Ariella Aisha Azoulay, es absolutamente fundamental trabajar en la imagen la contextualización histórica para evitar el peligro de la ontologización de la violencia, el ejercicio moral del humanismo abstracto. No solo centrarse en la perspectiva de la solidaridad o los derechos humanos de las víctimas que muestran las imágenes, también denunciar con ellas los dispositivos tecnológicos genocidas que Israel ha venido organizando desde hace setenta y cinco años. El genocidio ha de verse en un desarrollo temporal. Como la pasta de hojaldre, hay que meter cada imagen de la masacre en el horno de nuestros ojos, de nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad para que sea la imaginación la que consiga convertirla en “milhojas”. Entre ellas, es decir entre un millar de imágenes virtuales, aparecería la posibilidad de un relato desplegado en un tiempo histórico capaz de demostrar que el genocidio ha empezado hace muchas décadas y que el horror actual concierne al mismo tiempo al pasado y al futuro. 

También el libro de Andreas Malm La destrucción de Palestina es la destrucción de la tierra (Verso, 2025) insiste en la necesidad de contextualizar e historiar el genocidio. Realizar una genealogía de lo que ha dado en llamar “Imperio fósil”. Su trabajo está salpicado de grabados históricos que dan cuenta de los ataques del Imperio británico en el siglo XIX. Si el que fuera su principal arquitecto, lord Palmerston, advertía al cónsul general de Alejandría, el pachá Mehemet Alí, sus amenazas (“sepa que Inglaterra está en condiciones de pulverizarle”) fue debido a que en 1840 Inglaterra había utilizado por vez primera barcos a vapor en una guerra a gran escala. Maquinaria alimentada con combustibles fósiles. Un año crucial en la historia, tanto para Oriente Próximo como para el sistema climático. “Pulverizar” es palabra atinada para nuestra experiencia ante las imágenes del “después” del alto al fuego. Los edificios pulverizados, por seguir con Eyal Weizman, dejan residuos tóxicos. Hablamos –y esta sería la cuarta de las ideas a destacar– de ecocidio como mecanismo (prediseñado) de destrucción. He vuelto sobre exposiciones de principios de nuestro siglo referentes a investigaciones en el entorno de la reconstrucción de Beirut después de la guerra del Líbano (1975-1990), porque fue muy llamativa la idea que entonces me quedó de algunos artistas de esa generación que se preguntaban muy atinadamente “si la guerra había sido una causa para la reconstrucción o fue esta la que precipitó la guerra”. Un galimatías que solo se comprende si media la consciencia lúcida de la interseccionalidad entre poder, capital e imperialismo fósil. Pero ellos hablaban siempre de ruinas, no de un territorio pulverizado. Eyal Weizman de nuevo: “Los líquidos que se solidifican en una forma construida, en el momento en que los pulverizas con una bomba o una excavadora, se desintegran de nuevo en sus toxinas”. Les animo encarecidamente a que vuelvan sobre la entrevista que le hizo Adrià Rodríguez a Jason W. Moore a principios de verano. El titular era demoledor: “La historia del capitalismo es una historia de genocidios recurrentes”. El texto ha sido recuperado por Kinda Youssef, editora de un número monográfico en la revista académica a la que pertenezco, y cuyo call for papers se acaba de publicar (Ver con tacto: Pensar las imágenes a partir de Gaza). Esa “naturaleza barata” propia del capitalismo que ha definido Jason W. Moore, aparece, en palabras de Youssef, como “un sistema que hace del agotamiento de la vida, de la materia y de la memoria la condición de su propia expansión”. Así, la editora ha acuñado el término capitalismo de los escombros, “un régimen que convierte la devastación en posibilidad y el sufrimiento en proyecto rentable”. El impacto señalado por Shourideh C. Molavi, investigadora Palestina dentro de Forensic architecture, en Guerra medioambiental en Gaza. Violencia colonial y nuevos paisajes de resistencia (Levanta Fuego, 2025), se ha convertido ahora en devastación inimaginable.  

Me gustaría, para finalizar, volver de nuevo a las palabras de Azoulay cuando se refiere a la necesidad de “la recuperación de todas las formas de vida anteriores al Estado que el proyecto colonial eurosionista enterró pero que no han desaparecido. Los derechos de los palestinos están latentes en los árboles, valles, platos, campos, semillas, objetos, estructuras, ruinas, normas y tradiciones que aún subsisten”. El problema radica, y esto es un dato crucial a la hora de denunciar el daño ante los organismos competentes, si será ya posible esa recuperación pues, volviendo a Eyal Weizman, más allá del genocidio, estaríamos hablando de un proceso de ungrounding (“arrancar de raíz”), una combinación de ecocidio y genocidio.