Javier F. Ferrero, 21 septiembre 2026
Die Linke ha pasado de alrededor del 12% en 2023 a superar el 25% y convertirse en primera fuerza de Berlín. Lo ha hecho en una campaña dominada por vivienda, alquileres y coste de vida, mientras se desploma la coalición gobernante de CDU SPD..
Eso permite interpretar su resultado desde una perspectiva distinta a la explicación recurrente sobre el auge de los extremos. Una parte del voto de protesta berlinés ha encontrado una propuesta ligada directamente a las condiciones materiales de vida: cuánto cuesta una casa, cuánto queda del salario después de pagarla y quién controla el suelo y los edificios de la ciudad.
No demuestra que esa fórmula vaya a funcionar igual en toda Alemania ni mucho menos en toda Europa.
Berlín tiene características particulares: una larga tradición política de izquierdas, un mercado inmobiliario especialmente tensionado, una elevada proporción de población inquilina y una estructura social diferente de regiones donde AfD está consiguiendo resultados mucho mayores.
El mismo 20 de septiembre, de hecho, ocurrió algo muy distinto en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Allí AfD consiguió alrededor del 38% y se convirtió en primera fuerza, mientras la CDU cayó por debajo del 5%.
Durante años se ha repetido una explicación casi automática para describir el malestar político europeo: cuando crecen los alquileres, empeoran las expectativas y aumenta la sensación de abandono, la extrema derecha recoge el cabreo
Berlín acaba de recordar que esa relación no tiene nada de inevitable.
En las elecciones del 20 de septiembre de 2026, Die Linke ha pasado de obtener el 12,2% en 2023 a superar el 25% de los votos y convertirse por primera vez en la fuerza más votada en unas elecciones regionales de la capital alemana. El resultado provisional difundido durante la madrugada sitúa al partido de Elif Eralp alrededor del 25,5%, por delante de la CDU, que cae desde el 28,2% de 2023 hasta aproximadamente el 19%.
También se hunde el otro socio del Gobierno.
El SPD había obtenido el 18,4% en 2023. Ahora se queda en torno al 12%, el peor resultado de su historia en Berlín. La ultraderecha de AfD, por su parte, crece desde el 9,1% hasta alrededor del 16,3%. Los Verdes retroceden del 18,4% a aproximadamente el 14,4%.
Es decir, el descontento ha viajado en varias direcciones al mismo tiempo.
AfD crece con fuerza. Negarlo sería absurdo. Pero Die Linke crece todavía más y termina ganando las elecciones.
El Gobierno castigado en las urnas estaba formado precisamente por CDU y SPD, conservadores y socialdemócratas, la fórmula de gran entendimiento entre los dos grandes partidos tradicionales que durante años ha aparecido también en debates políticos españoles. Berlín llevaba gobernada por esta coalición desde 2023, con el democristiano Kai Wegner como alcalde y dirigentes socialdemócratas ocupando áreas centrales del Ejecutivo.
Felipe González ha defendido en distintas ocasiones acuerdos entre PP y PSOE ante determinadas circunstancias. En 2014 llegó a mencionar expresamente el modelo alemán de gran coalición y en 2025 volvió a plantear entendimientos entre ambas fuerzas para asuntos como vivienda, seguridad o política exterior.
Berlín ofrece ahora un caso concreto sobre uno de los riesgos de estas fórmulas: cuando las grandes fuerzas tradicionales gobiernan juntas, la oposición al sistema político existente queda disponible para partidos situados a ambos lados del arco parlamentario.
Durante los meses anteriores a las elecciones, la satisfacción con el Gobierno berlinés estaba por los suelos. En junio, solo el 16% de las personas encuestadas por Infratest dimap decía estar satisfecha con el trabajo del Ejecutivo CDU-SPD. La misma encuesta señalaba la vivienda como el principal problema político de la ciudad.
Y ahí Die Linke encontró su terreno.
CUANDO EL MALESTAR TIENE UNA DIRECCIÓN: ALQUILERES, CASAS Y SALARIOS
Berlín tiene una crisis de vivienda difícil de esconder detrás de discursos culturales.
Los alquileres prácticamente se han duplicado desde 2014, según datos recogidos por Reuters antes de las elecciones. Las autoridades calculan que la ciudad necesitará unas 211.000 viviendas adicionales antes de 2040. El acceso a la vivienda se convirtió así en el asunto central de la campaña, por delante incluso de la inmigración, que domina buena parte del debate político alemán a escala federal.
Die Linke decidió concentrar ahí buena parte de su mensaje.
Su candidata, Elif Eralp, defendió controles más duros sobre los alquileres, ampliación de la vivienda pública y la socialización de grandes carteras inmobiliarias privadas. Reuters calcula que el programa podría afectar actualmente a unas 220.000 viviendas en manos de grandes propietarios.
La propuesta tampoco apareció durante la campaña de 2026.
El 26 de septiembre de 2021, Berlín ya había votado sobre esta cuestión. En aquel referéndum, el 57,6% de las personas participantes respaldó iniciar el proceso para socializar las viviendas de grandes empresas inmobiliarias. La propuesta original afectaba potencialmente a alrededor de 240.000 pisos, aunque las estimaciones actuales son menores.
Más de cinco años después, aquella decisión continúa sin haberse ejecutado en los términos reclamados por sus promotores.
El anterior Gobierno dirigido por la socialdemócrata Franziska Giffey optó por crear una comisión de expertos antes de impulsar cualquier legislación. Después llegó el Ejecutivo CDU-SPD y la cuestión siguió encallada.
Los dos resultados ocurrieron el mismo día y en el mismo país.
Por eso Berlín no desmiente el crecimiento de la extrema derecha. Desmiente algo más sencillo: que el enfado social tenga obligatoriamente que terminar en ella.
En la capital alemana, una fuerza situada a la izquierda del SPD duplicó su apoyo mientras hablaba obsesivamente de alquileres, especulación y desigualdad.
La vivienda tampoco es un asunto menor dentro del reparto de la riqueza. Cuando una familia destina cada vez más porcentaje de sus ingresos al alquiler, ese dinero termina en manos de quien posee el inmueble. Cuando los fondos acumulan miles de viviendas, el aumento de precios funciona también como una enorme transferencia de rentas desde quienes trabajan hacia quienes poseen activos.
Ese conflicto estaba delante de todo el mundo en Berlín.
AfD intentó explicar la crisis de vivienda señalando a la inmigración. Die Linke la explicó señalando el mercado inmobiliario y los grandes propietarios. El 20 de septiembre, ambas crecieron. Pero en Berlín ganó la segunda explicación.