abril 26, 2026

Una sola guerra: Lo que estamos presenciando alrededor de Irán, Ucrania y Venezuela, es, en términos generales, una misma guerra . Por Rafael Poch

Rafael Poch 23/02/2026

 Lo que estamos presenciando alrededor de Irán, Ucrania y Venezuela, es, en términos generales, una misma guerra

Dos cazas se preparan para despegar desde un portaaviones estadounidense en el Mar Arábigo, el pasado 15 de febrero de 2026. / Daniel Kimmelman

 

 



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Lo que estamos presenciando alrededor de Irán, Ucrania y Venezuela es, en términos generales, una misma y sola guerra. Su objetivo es impedir militarmente el ocaso de la hegemonía americano-occidental en el mundo, amenazada principalmente por la pujanza china. En Ucrania se trata de debilitar a Rusia, socio fundamental de China. En Venezuela, de privar a China del acceso a importantes reservas energéticas y recursos latinoamericanos. Irán es el eslabón esencial de la integración euroasiática, con sus corredores energéticos y de transporte este-oeste y norte-sur. Se quiere hacer con Irán lo que se hizo con Siria: eliminar un Estado soberano e independiente y sustituirlo por la habitual mezcla de régimen sometido y agujero negro.

En el segundo ataque que se está preparando contra Irán, Trump ha desplegado un tercio de su capacidad aeronaval. Deshacer ese carísimo despliegue sin utilizarlo ni hacer nada no es imaginable. El vicepresidente, JD Vance, visitó no hace mucho Armenia y Azerbaiyán para buscar su apoyo al ataque. En Turquía, y sobre todo en Arabia Saudí, Qatar, Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos, hay preocupación y rechazo al riesgo de gran guerra regional planteado por Washington e Israel porque podría afectar a sus instalaciones energéticas. Mucho dependerá de la capacidad de respuesta militar iraní, del daño de respuesta que sean capaces de infligir al adversario. 

Los iraníes dicen que responderán al nivel de lo que reciban. Dicen tener mucha mayor capacidad misilística que la demostrada en la guerra de los doce días del pasado junio, cuando 45 de sus misiles traspasaron la red protectora israelí tras agotar y superar su capacidad de interceptación, en la que, además de Estados Unidos colaboraban los europeos. Se desconoce si los militares iraníes han restablecido y mejorado su defensa antiaérea desde entonces, así como el papel que en ello puedan haber jugado los rusos –demasiado ocupados en Ucrania– y, sobre todo, los chinos, siempre enemigos de desafíos demasiado explícitos. En el peor escenario, Irán puede cerrar el estrecho de Ormuz y generar una seria crisis petrolera y económica internacional. En la zona hay algunos barcos de las marinas rusa y china, lo que incrementa los riesgos.

Cuando entra en su quinto año, la guerra de Ucrania mantiene unas negociaciones más ambiguas que nunca. Que el principal factor de la guerra, Estados Unidos, se presente en ellas como “mediador” obedece únicamente al miedo de que una derrota militar de la OTAN socave el prestigio de Washington. Trump ha transferido a los europeos parte del marrón, la ayuda militar a Kiev, pero excepto en dinero, su implicación sigue siendo la misma. La CIA y el MI6 británico siguen muy activos señalando objetivos y posibilitando los ataques ucranianos. Aviones americanos y británicos continúan sobrevolando el Mar Negro y guiando artefactos ucranianos contra la retaguardia rusa cuyo conteo de víctimas civiles apenas se reporta. Los ojos y oídos militares de Kiev siguen siendo occidentales. Según un informe The New York Times, en enero, Washington continúa ayudando a Kiev a seleccionar objetivos en Rusia y ayuda en los ataques a petroleros rusos en los mares Báltico, Negro y Mediterráneo, acciones sobre las que Trump está al corriente. El presidente del Consejo de Seguridad ruso, Nikolai Pátrushev, ha amenazado con utilizar la débil marina de guerra rusa para proteger sus barcos comerciales. Rusia tiene muchos recursos nucleares pero, particularmente en el Báltico, muy poca capacidad naval.

Después del cordial encuentro Putin-Trump en Alaska del pasado agosto, Washington no ha concedido nada, ni ha lanzado la más mínima señal de distensión. Ni siquiera ha respondido a las propuestas rusas de prolongar la vigencia del acuerdo START sobre límites del armamento nuclear, y ha anunciado su demencial decisión de retomar las pruebas nucleares, lo que empujará a Rusia a medidas similares. Por todo ello, Moscú no confía en Trump ni en el éxito de las negociaciones. Sigue el juego porque no pierde nada con ello, pero es consciente de que el asunto se decide en el frente militar. Respecto a los europeos, hacen todo lo posible por torpedear la mascarada. 

“Las exigencias maximalistas de Rusia no pueden satisfacerse con una respuesta minimalista”, dice la siempre sorprendente responsable europea de exteriores, Kaja Kallas. Su catálogo de exigencias, contenido en un documento citado el 20 de febrero por Radio Free Europe defiende que Rusia retire sus tropas de Bielorrusia, Georgia, Armenia y Transnistria. Después de la guerra, Moscú deberá desarmarse al mismo nivel que Ucrania, pagar reparaciones, responder por crímenes de guerra, e incluso celebrar, en Rusia, elecciones bajo supervisión internacional. Es decir, la UE sigue soñando con la “derrota estratégica” de Rusia que barajaba al principio del conflicto, pese a que la realidad, militar y económica, no apunta en esa dirección.

La delegación rusa llegó la semana pasada a Ginebra tras un vuelo de más de seis horas a través de Turquía, el Mediterráneo e Italia, porque alemanes y polacos se negaron a conceder permiso de vuelo a su avión. El 7 de febrero, un importante asesor de la delegación negociadora rusa, el general Vladímir Alekseyev, subdirector de la inteligencia militar, fue tiroteado en su domicilio de Moscú en una acción atribuida a los servicios secretos ucranianos. Una escuadrilla de cazas F-16 pilotada por militares americanos y holandeses está ayudando a la maltrecha defensa antiaérea en Kiev, aunque fuentes estadounidenses alegan que no son militares regulares, sino gente contratada. En ese contexto, el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, apartado por el Kremlin de las actuales negociaciones, expresa diariamente su escepticismo respecto a ellas. Entre la general reprobación al cruel bombardeo ruso de infraestructuras energéticas que condena al frío a la población civil en muchas ciudades ucranianas, la justificación de esa misma práctica en la guerra de Kosovo de 1999 a cargo del infame portavoz de la OTAN Jamie Shea, el 29 de mayo de aquel año en una conferencia de prensa en Bruselas, ha sido oportunamente eliminada de la web de la Alianza. 

Todo forma parte de lo mismo, ha explicado el secretario de Estado, Marco Rubio, en la conferencia de Seguridad de Múnich: prolongar los quinientos años de dominio occidental del mundo, dijo ovacionado por los dirigentes europeos decididos a cumplir con entusiasmo su parte en esta, ya imposible, misión civilizadora. 

abril 25, 2026

Ilustración del día: Irán responde a Trump. Por J. R. Mora

 


Irán está ganando. Por Rafael Poch

 Rafael Poch 17/03/2026

Esta guerra es asimétrica porque la superioridad tecnológica y la capacidad militar de uno de los bandos es abrumadora, pero ni los israelíes, ni los estadounidenses aguantarían ese nivel de destrucción sin experimentar un seísmo político

Donald Trump en rueda de prensa en el Despacho Oval el lunes 16 de marzo de 2025. / Youtube

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No hay duda de que la población iraní está sufriendo la guerra mucho más que cualquiera de las otras implicadas, sea en Israel o en los países del Golfo, o Estados Unidos, donde no hay daño alguno. Pero a juzgar por lo visto, hay una diferencia en la capacidad de resistencia: ni los israelíes, ni los estadounidenses, ni los habitantes de los países del Golfo, aguantarían el nivel de destrucción de infraestructuras, hospitales, escuelas y centros administrativos, por no hablar de la eliminación de toda una línea de primeras figuras de la dirección política, militar y religiosa, sin experimentar un seísmo político y social. Irán asume todos esos daños que sus adversarios no pueden asumir.

Contemplado desde Israel, la diferencia de tamaño es importante. Irán es unas 75 veces mayor que Israel. Eso quiere decir que si se lanzan una cantidad semejante de misiles y bombas, Israel resulta más destruido por una cuestión de tamaño.

Otra diferencia de escala es que, aunque toda la marina de guerra de Irán haya sido destruida, excepto, al parecer, los submarinos y las temibles flotillas de lanchas rápidas lanzamisiles, todos esos barcos y recursos hundidos tendrían menos peso y consecuencias que el hundimiento de un solo barco de guerra de Estados Unidos.

El hundimiento de una sola nave americana o el derribo de los tres o cuatro aviones de Estados Unidos hasta ahora reportados representan una humillación para ese país. Lo mismo puede decirse de la destrucción de sus bases y radares en los países del Golfo. La abrumadora destrucción militar sufrida por Irán no es humillante. Todo eso sí lo es para Estados Unidos, y la experiencia histórica sugiere que la humillación militar de una superpotencia es letal para ésta.

Algo parecido puede decirse sobre los bombardeos y misiles lanzados que destruyen Irán o el Líbano y que matan a diario a centenares de civiles. Especialistas como el historiador Ervand Abrahamian estimaban en un 20% o 30% el nivel de apoyo de la sociedad iraní al gobierno de Teherán, pero la guerra suele inducir una unión de país más que un impulso de cambio de régimen. Parece que los adversarios del régimen en Irán no están entusiasmados ante la perspectiva de que su país se convierta en una nueva Libia, Irak o Siria. Por el contrario, cada misil iraní o de Hezbolá que alcanza territorio israelí plantea preguntas críticas sobre la eficacia de la defensa de un país acostumbrado a agredir sin consecuencias. En las bases del Golfo, las preguntas son sobre la conveniencia de una arquitectura de seguridad que no solo ya no les garantiza inmunidad sino que evidencia que las monarquías de la región van muy por detrás del régimen israelí en las prioridades de defensa de Washington.

Además de la reserva de misiles de la que disponga –y parece que son bastantes y que los más temibles apenas se están empezando a utilizar ahora– Irán dispone de un arma definitiva que es el cierre del estrecho de Ormuz. Hay consenso acerca de que la interrupción del suministro de gas y petróleo, si se prolonga, puede ocasionar importantes perjuicios a la economía occidental, incluida una recesión económica global. Aunque el manejo de este recurso no sea selectivo, y permita la circulación de buques con destino a países no hostiles a Irán, las consecuencias varían mucho de un país a otro. Rusia, por ejemplo, es inmune y podría beneficiarse por los aumentos de los precios del gas y el petróleo. China tiene reservas para suplir durante varios meses una interrupción del suministro del Golfo Pérsico, y además dispone del suministro ruso. Para India y los países europeos sería mucho más complicado, y para Japón y Taiwán sería dramático en un plazo muy breve.

Estados Unidos importa poco petróleo de la región afectada, pero la mera interrupción de esa pequeña cantidad está aumentando los precios de la gasolina y el diésel significativamente, con gran repercusión para el transporte y los precios en general. El consumidor americano puede convivir con la masacre de centenares de miles de seres humanos propiciada por su Gobierno en el otro extremo del mundo, pero no con el incremento de algunos dólares del precio de los combustibles.

Y, finalmente, todo el mundo percibe que esta guerra es un error de ese Nerón narcisista sospechoso de pedofilia. Cuando Trump solicita la ayuda militar de sus vasallos europeos para profundizar el desastre, todos se escaquean. Su propio aspecto, el lunes 16 de marzo, cuando se jactaba del martirio de Cuba, no era muy bueno. Tampoco lo es desde hace algunos días el de algunos propagandistas israelíes. Y es que Irán está ganando la guerra y todo el mundo se está dando cuenta de la magnitud del estropicio. Esta guerra es asimétrica porque la superioridad tecnológica y la capacidad militar de uno de los bandos es abrumadora, pero de momento Irán la está ganando.

abril 24, 2026

Peinado y asociados, de José Antonio Martín Pallín

 José Antonio Martín Pallín  Abogado. Ha sido fiscal y magistrado del Tribunal Supremo     27/12/2025 

El juez Juan Carlos Peinado, en una foto de archivo.