marzo 20, 2026

El agujero negro de la minería. Por Gorka Castillo

Gorka Castillo 30/12/2025

 La investigación por la muerte de cinco mineros en Asturias destapa una trama de extracción ilegal en pozos que ya se habían cerrado a cambio de subvenciones millonarias

La ‘marcha negra’ llegando a Madrid el 29 de octubre de 2024. / Wikimedia


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“El minero asturiano es un obrero que, reuniendo las características del trabajador industrial, posee también el empuje primitivo del montañés. Ignora lo que es el peligro, porque vive en el fondo de la tierra, expuesto al grisú y manejando a diario la fuerza devastadora de la dinamita. Muchos de estos revolucionarios no combatieron con fusiles ni pistolas, armas para ellos demasiado livianas. Combatieron con cartuchos de dinamita”

–José Díaz Fernández (Octubre Rojo en Asturias)

Termina un año lleno de malas noticias para la minería asturiana. Siete trabajadores han muerto mientras realizaban actividades que no terminan de esclarecerse. Es el peor registro desde la tragedia de 14 operarios que fallecieron por una explosión de grisú en el pozo Nicolasa de Mieres en 1995. En la mina de Vega de Rengos, en el concejo de Cangas de Narcea, dos mineros fallecieron el pasado 21 de noviembre aplastados por un costeru, el temido fragmento de roca que se desprende en las galerías subterráneas, cuando extraían carbón para uso siderúrgico con los permisos en regla. Pero la investigación del accidente del pozo Zarréu, en el concejo de Degaña, ha levantado mucha más polémica. Sucedió el 31 de marzo después de que una explosión de grisú, el gas letal que libera las vetas carboníferas del fondo de la tierra, segara la vida de cinco operarios e hiriera a otros cuatro en el nivel tres de un yacimiento privado clausurado en 2018 tras acogerse al Plan de Cierre de la Minería española, el millonario programa del Estado para subvencionar el fin de las explotaciones de carbón en todo el país.

El pozo, comprado en 2021 por la compañía Combustibles Asturiana y Leonesa, fue revendido en 2024 a la empresa Blue Solving, propiedad de un conocido empresario asturiano llamado Adrián Rodríguez, como un negocio de retirada de la chatarra que quedaba en el interior y para su venta y reciclaje. Ahora empieza a conocerse que la verdadera finalidad pudo ser otra muy diferente. Blue Solving operaba en Zarréu con un permiso de “investigación complementaria” que aprovechó para extraer 60.000 toneladas de grafito, una cantidad sospechosamente desproporcionada para el estudio en un laboratorio, pero muy rentable en un mercado negro donde el precio de estos materiales fósiles está al alza. Un detalle importante para entender la intrincada madeja en la que se mueve la minería asturiana es que mientras los pozos de las cuencas centrales –los de Mieres, Laviana, San Martín del Rey Aurelio y Langreo– pertenecían a la empresa pública Hunosa hasta su cierre en 2018, los de la zona suroccidental, donde se ubica Zarréu, extendieron su vida como explotaciones privadas, algunas con permisos tramitados sin los controles debidos y salpicadas por irregularidades.

Hoy quedan activas la mina Miura, en Ibias, cerca del límite con Galicia y León, donde la compañía Carbones de la Vega sigue sacando antracita enredada en problemas laborales con sus trabajadores; y los pozos de Pilotuerto, en Tineo, y Carbachu, en Cangas de Narcea, propiedad de la sociedad Natural Mining Resources (NMR) implicada en la turbia desaparición de 120.000 toneladas de carbón del puerto gijonés de El Musel en 2020 y que dejó un reguero de deudas en el Principado. Su dueño era Antonio José Boluda Sánchez, un inversionista murciano a quien el minero jubilado Antón Saavedra, uno de los más prolíficos investigadores de la corrupción en el carbón asturiano, define en su libro Asturias saqueada como “un empresario clandestino que mueve, desde la sombra, los hilos de su entramado de sociedades”. Pero si hubiera que destacar un personaje polémico por encima de todos en la historia de la minería asturiano-leonesa, ese es Victorino Alonso, un tiburón de los negocios que llegó a construir un imperio carbonero antes de caer en desgracia por varios casos fraudulentos que le llevaron a la cárcel. Pero quizá por viejas cuentas que ajustar al destino fue precisamente Alonso quien, 15 días antes de producirse el accidente mortal de Zarréu, denunció el supuesto “proyecto de innovación” de Blue Solving como un “burdo engaño tendente a justificar la reapertura de la mina”. 

Todos conocían que en ese pozo se extraía carbón. Era un secreto a voces en la comarca. Coleccionaba denuncias de vecinos y hasta un informe elaborado en 2022 por la Dirección General de Energía y Minería del Principado donde se advertía de “indicios racionales de una actividad extractiva no autorizada”, tal como ha revelado el diario asturiano Nortes en los numerosos trabajos de investigación que ha publicado desde el día del accidente. El documento al que tuvo acceso Nortes señala que el carbón extraído procedía de una zona para la que “no existía autorización de explotación” y recomendaba abrir expediente a la empresa. 

Paco Ramos, miembro destacado de Ecoloxistes n’Aición d’Asturies, recuerda que Zarréu funcionó como una mina a cielo abierto aunque gran parte de su actividad se encontraba bajo sus verdes montañas. “Cerraron la bocamina principal por inundación, tal y como se hace en las minas verticales antes de iniciar los trabajos para restaurar el entorno”, explica. El único acceso que quedó es a través del túnel de ventilación, la puerta de atrás de la mina, lejos del posible escrutinio de inspectores. “Hay que tener presente que el plan de cierre de 2018 fue voluntario. El Estado aportó grandes subvenciones a quien se acogió a él para compensar las pérdidas que acumulaban debido a que el carbón destinado a las térmicas, su gran cliente, ya era mayoritariamente importado. Sin embargo, nada impide hoy en día a un propietario reabrir una mina si previamente reintegra las ayudas que recibió. Sin embargo, algunos han empleado muchas argucias para seguir funcionando y obtener beneficios sin necesidad de devolver los recursos públicos que percibieron”, denuncia. 

El asunto tiene su dimensión política. En 2018, la directora general de Minería y Energía del Principado era Belarmina Díaz, pero el pasado mes de marzo, cuando se produjo la mortal explosión en Zarréu, Díaz ya ocupaba el cargo de consejera de Transición Ecológica e Industria. Dimitió 15 días después del accidente, según dijo, para no entorpecer la investigación y que se hiciera “justicia”. Pero el desarrollo de la investigación ha permitido que afloren los estrechos vínculos que ha mantenido con empresarios del sector minero. Como ingeniera de minas y responsable de la transición ecológica e industria asturiana, Belarmina Díaz siempre ha mostrado una decidida predisposición a alargar la vida de la minería de carbón por cualquier medio. En un artículo publicado en enero de 2018 por el diario El Comercio de Gijón, Díaz desligó la devolución de las subvenciones contempladas en el plan de cierre de la reapertura de yacimientos si la propiedad cambiaba de manos: “Es una empresa la que percibe las ayudas y es ella la que las tiene que devolver. Cuando ya no está esa empresa, el escenario es distinto”, declaró. Es lo que sucedió con el pozo de Zarréu. Su marido, Rafael Murillo Quirós, formó parte de la dirección de una conocida consultora que hizo múltiples trabajos para Hunosa cuando Díaz ya trazaba las directrices de la política minera asturiana. Ahora ha trascendido que Murillo Quirós también está citado para testificar en la Audiencia Nacional por un oscuro caso de sobornos a ministros venezolanos ocurridos durante su etapa como ejecutivo de la compañía Duro Felguera, dedicada a proyectos energéticos.

Muchas minas han funcionado al filo de una cuestionable legalidad. Así ha sido históricamente. De hecho, la creación de Hunosa durante el franquismo no fue más que una operación para nacionalizar las pérdidas privadas y los engaños empresariales. Siempre necesitaron de grandes sumas de dinero para funcionar. Y de miles de manos. Y cuando ambas eran insuficientes, las buscaban y encontraban aunque fuera en condiciones tremendas, en Castilla, Galicia, León. Muchas manos, grandes sumas de dinero. Se fundaron nuevos pueblos. Otros crecieron desmesuradamente. Aldeas que habían permanecido casi aisladas entre montañas con apenas un centenar de vecinos se transformaron en núcleos urbanos donde hervía la vida proletaria, ennegrecida y húmeda. Como en los cuentos de Dickens. Las empresas construyeron cientos de barriadas a escasos metros de los pozos para que el minero no perdiera tiempo en el transporte, pero quien era despedido o renunciaba al trabajo, perdía la vivienda. El futuro no reservó para estas cuencas ninguna grandeza. Al menos no para quienes soñaron con un mundo mejor. Hubo chantajes y trampas. El Marco de Actuación para la Minería española 2013-2018 establecía que el carbón nacional debía suponer un 7,5 % en la generación de electricidad de las centrales térmicas. Eso significaba una producción de 6,3 millones de toneladas anuales. Nada de esto se cumplió. Carbunión, la federación de empresarios de minas, publicó el último año de su actividad que en 2018 se importaron 15,7 millones de toneladas pero sólo se consumieron 2,5 millones del carbón nacional.

Inevitablemente, tanta improductividad no sólo trajo cierres masivos, sino la extinción de clase, de las luchas obreras épicas como ‘La huelgona’ en 1906 y la Revolución de 1934, las antifranquistas de 1962 y las sindicales. “Y con ella toda una concepción multicultural del ser que no tenía en cuenta el origen del obrero porque allí había asturianos, extremeños, portugueses”, recuerda Paco Ramos, de Ecoloxistes. Se organizaron fortísimas protestas que cubrieron la geografía española de marchas negras para salvar sus puestos de trabajo. La primera en 1992, desfilando desde Oviedo hasta Madrid con los frontales encendidos como luciérnagas, los picos en alto y cantando “Santa Bárbara bendita” no se sabe si de júbilo o de melancolía. La última en 2018, que agrupó a trabajadores de las empresas auxiliares que quedaron excluidos en los planes mineros, con un lema esclarecedor: “Transición justa para todos”. El éxito de aquella protesta fue relativo. 

Si el cierre de la minería causó estragos y estimuló el instinto codicioso de algunos empresarios, el de las térmicas ha sido devastador. También aquí ha fallado, de momento, la ingeniería fina de la reconversión. Quedaron un millar de trabajadores en el pozo Nicolasa, la última explotación que Hunosa dejó abierta hasta que en 2024 inició su transformación definitiva para convertirse en una planta de biomasa. Hoy están operativas las centrales privadas de Aboño, de EDP, también sometida a una transición productiva a gas natural e hidrógeno verde; y la de Soto de Ribera III, de Naturgy, a la que acaban de extender la vida como instalación de respaldo al sistema eléctrico español para evitar apagones como el de abril. En total, no ocupan a más de 650 trabajadores. 

El Fondo de Transición Justa (FTJ) de la UE que pretende acelerar la descarbonización energética del continente, diversificar su economía, invertir en fuentes renovables y crear nuevos empleos sólo reservó a España 869 millones de euros. La mayoría se queja de que es una minucia. “El mito de que el cierre de las térmicas nos hizo dependientes de la energía de otros países es falso. El viento y el sol nos liberaron del carbón, específicamente del extranjero, pero no se convirtieron en el motor de las comarcas mineras”, apunta el representante de Ecoloxistes Asturies, Paco Ramos. El motivo es sencillo: las plantas eólicas no se construyen en los profundos valles donde abunda el carbón sino donde está el viento. En las montañas. Frente al mar. “Sin embargo, las renovables han creado más empleo en Asturias que los que se perdieron con el cierre de las térmicas”, apostilla Ramos. Los datos oficiales avalan su explicación. La mayor parte de la producción naval, eólica marina y de infraestructuras de acero y aluminio para la industria fotovoltaica asturiana ha florecido en la margen derecha de la Ría de Avilés, desde Arcelor Mittal a Windar y el Grupo Daniel Alonso. Ahí hay cientos de personas trabajando pero están a varias decenas de kilómetros de las cuencas del Nalón o Narcea donde los padrones municipales no dejan de menguar año tras año. Mieres llegó a tener 70.000 habitantes en los años 60, hoy no supera los 40.000.

“Yo soy biznieto de minero, nieto de minero e hijo de minero. Y estoy orgulloso de no haber sido minero gracias a que mi madre se opuso de manera radical. Al margen de las consideraciones puramente ecológicas y económicas de este momento, entiendo perfectamente que nadie quisiera tener un hijo minero”, concluye Paco Ramos. Miles de vidas enterradas en la noche eterna de las galerías, respirando escorias, pendientes de los desprendimientos, del costeru y del grisú. Del sonido de una sirena a destiempo, la señal de la desgracia. Eso han escuchado este 2025 los vecinos de Vega de Rengos y Zarréu. Luego, compañeros y familiares agrupados junto a la bocamina a la espera de noticias de los equipos de rescate. Llenos de angustia. Más tarde, el silencio. La casa enlutada. El pozo cerrado. Las placas en los monumentos en memoria de los mineros muertos. Las comitivas del adiós. Todo congregado en una pequeña comarca que nació extrayendo carbón y ha estado demasiado expuesta a la explotación, a las promesas incumplidas y al abandono. El carbón fue su fuente de riqueza pero también una especie de maldición. Tipos duros y resistentes estos mineros “con arrestos para enfrentarse con la muerte y ofrendar sus vidas a la revolución”, dijo sobre ellos José Díaz Fernández en uno de los extraordinarios reportajes que escribió sobre las cuencas asturianas en octubre de 1934.


marzo 19, 2026

Sorpasso: del barco que se hunde al barco que lo hunde, de Lucio Martinez Pereda

 Lucio Martinez Pereda   9/3/2026

Sorpasso: del barco que se hunde al barco que lo hunde
Hay dimisiones que funcionan como documento de un cambio político. La renuncia del secretario general de Nuevas Generaciones del PP, Carlo Giacomo Angrisano Girauta, y su llamamiento explícito a votar a Vox pertenece a esta categoría. No es casual que el protagonista sea un dirigente joven, sobrino de un eurodiputado de Vox. Tampoco es casual que su perfil en redes se haya llenado estos meses de contenidos proTrump y proisraelíes

La escena está preparada y concertada: vídeo en redes, tono grave, apelación a los principios, denuncia del supuesto extravío moral del partido que se abandona y, como colofón, la revelación de un destino político más “coherente”. Angrisano lo resume en una frase que aspira a sentencia apodíctica : “Los partidos no empiezan a perder cuando dejan de ganar elecciones, sino cuando dejan de saber qué están defendiendo”. Es la acusación clásica de toda escisión reaccionaria: nosotros mantenemos la pureza doctrinal, ellos se han contaminado de moderación y cálculo.
Esta frase abovedada y muy pensada quiere conseguir que el sorpasso ya no sea únicamente un fenómeno electoral, busca también convertirlo en un proceso organizativo que afecte al PP desde dentro: el objetivo ultraderechists ya no es únicamente quedarse con los votos de ese partido sino también robarle la militancia. Vox no sólo quiere sustituir al PP: quiere absorberlo desde dentro.

marzo 18, 2026

Larga vida a la RTVE de 2025, de Juan Tortosa

 Juan Tortosa   Periodista   28/12/2025 

Logotipo de RTVE en la sede de Prado del Rey, Madrid.Ricardo Rubio / EUROPA PRESS

marzo 17, 2026

CTXT. Carta a la comunidad 429 | Vanesa Jiménez

  La libertad  del libertario, de VANESA JIMÉNEZ  6/12/2025


Volví a Mendoza muchos años después, en un viaje largo que empezó un día antes de cumplir los 50. Llegaba del sur de Argentina, de Tierra del Fuego y del Parque Nacional de los Glaciares, de sentirme libre como pocas veces antes, de vivir en un trozo del mundo que todavía está poco gastado, de pasar el tiempo mirando una belleza extraordinaria; de no ver edificios, ni corbatas, ni grandes tiendas, más allá de La Anónima, un ¿hiper?mercado de Ushuaia donde la ropa barata se vendía por cuotas de seis meses y el pasillo de la pasta y la salsa de tomate duplicaba al resto.

       Volví de nuevo a Mendoza un cuarto de siglo después de la primera vez, a una ciudad rodeada de desierto, levantada a los pies de los Andes, con cinco grandes plazas que se diseñaron como refugios sísmicos, a seis horas en coche de Santiago de Chile, a doce de Buenos Aires; una ciudad que debe parte de su idiosincrasia a las acequias que construyeron los Huarpes y que hoy siguen alimentando a los extraordinarios árboles que abovedan las calles. Un espectáculo.

 

      Volví –para quedarme casi dos semanas– a un pequeño complejo turístico de un distrito residencial del sur, cercano a los muchos kilómetros de vides que custodian las bodegas; al lugar más bonito de Mendoza, me aseguraron mientras decidía destino, al escondite más codiciado de la clase adinerada, supe después. Pero mientras recorría las calles aún desconocidas, con el prejuicio de la belleza, sentí que aquel era un lugar extraño, porque el dinero apenas se veía y lo que se veía era descuido, y las gentes, pocas, que participaban en la vida no aparentaban abundancia. Tras un par de paseos en coche por ese lugar sin aceras descubrí que más allá de la plaza solo había silencio, el de las calles que ocultaban barrios privados, todos con guardia de seguridad en la garita, valla de acceso y alambre electrificado, que a su vez ocultaban casas, familias, personas que allí habían encontrado su paraíso.

 

      Aquellos días tuve que atravesar muchas vallas, las de los barrios privados de las gentes que amablemente me invitaron a un asado en sus casas, no sin antes dejar mi pasaporte y la matrícula del coche. En cualquier lugar fuera del centro. Yo misma tenía que pasar por una garita para acceder al sitio en el que dormía, que tenía una jardincito donde las luciérnagas celebraban la noche y los pájaros el día, pero que solo disfrutaba a medias, porque cuando levantaba la vista me topaba con una alambrada y con sus pequeñas luces azules, señal de peligro.

 

      Por las tardes, mientras sorteaba la claustrofobia de mi encierro seguro, pensaba en por qué se elige vivir tras una cerca. En cómo una sociedad decide que la buena vida está detrás de unas espirales de alambre. Y en que ese modelo de segregación social y miedo al otro busca producir individuos, no sociedad. Lo fui viendo poco a poco, cuando el vino y la carne en el fuego recortaban las distancias y la defensa de Milei y sus postulados ultras se hacía sin complejos, entre personas trabajadoras que en cada momento tenían que decidir de qué modo pagaban las compras para evitar comisiones, que buscaban en los supermercados los descuentos del día, que cruzaban a Chile a comprar ropa… pero que habían conseguido tener una casa con seguridad 24 horas. Milei como mesías económico y Pedro Sánchez como diablo socialista, porque no hubo ni una conversación sin ataques al presidente del Gobierno español, ni tampoco sin que yo rompiera todo con un “soy zurda”.

 

      Me dediqué a escuchar para entender. Pero fue el último día, horas antes de subirme al avión que me llevaba a Buenos Aires, cuando lo vi claro. Yo misma, que jamás he tenido miedo de día, me protegí entre los cajeros automáticos de un banco, siempre custodiados por guardias de seguridad, de un hombre que se dirigía hacía mí entre gritos y aspavientos. En poco tiempo me había contagiado, el desconocido empezaba a darme miedo, a serme ajeno. Y los agentes de policía, mujeres y hombres, algunos casi niños, que recorrían casi cada calle del centro ya formaban parte de un decorado amable.

 

      Los barrios privados no son algo nuevo en Mendoza, pero sí lo es su extraordinario desarrollo. Sobre uno de los más antiguos y exclusivos, me contaron que multaban a los perros y a los niños si hacían cosas propias de perros o niños. Y que un hombre no pudo visitar a su hermano porque su hija de 5 años no tenía DNI. Basta con una búsqueda rápida en internet para ver las relaciones entre el origen del negocio de la seguridad en Argentina y muchos de los genocidas y sus secuaces de la dictadura militar que arrasó al país. Supongo que, como en España, la pulsión fascista ha convivido con la democracia y que el control de las empresas de seguridad ha servido como sucedáneo.

 

      Hoy Mendoza es una ciudad con el centro vaciado y multitud de distritos con barrios privados vendidos por lotes, que hasta hace poco eran campos de cultivo de duraznos, ciruelas o papas, y es también una sociedad que vota –el voto es obligatorio en Argentina para los ciudadanos de entre 18 y 70 años– mayoritariamente a Milei, un 71,15 % del censo en las elecciones en las que el ultraderechista consiguió la presidencia y más del 50 %, uno de los porcentajes más altos del país, en las últimas legislativas de octubre. Pero lo malo no es que respalden a un necio racista, lo peor es que, tras inculcarles la semilla del miedo al otro, se hayan convertido en no-ciudadanos, en individuos que viven de espaldas a cualquier justicia social. Y no sé si eso es reversible. Si consigues encerrar a un pueblo en su particular show de Truman, las mentes también quedan aprisionadas por alambres y los efectos son trágicos: no hay causa común posible, no hay comunidad.

 

      En junio de 2022 escribí una columna, La gran dimisión de los lectores, en la que abordaba la caída de las audiencias de los medios de comunicación y me preguntaba si al cansancio postpandémico y al hartazgo político no había que sumar la ruptura del espacio de lo común. He pensando mucho sobre eso en los últimos años, mientras las ultraderechas crecían y los ultras más poderosos nos enfangaban la actualidad con sus bulos y mentiras y el periodismo quedaba relegado a un mero fact checking. Mis días en Mendoza me han servido para constatar que hay pueblos que están muy cerca de dejar de serlo, y entonces he empezado a sentir miedo verdadero.

 

      Si les he contado esta historia propia es porque, mientras todo eso pasaba, una parte de mi cabeza seguía en Madrid, y en la culminación del largo proceso por el que esta revista cambia su forma jurídica para ser editada por la Fundación Contexto y Acción. Más allá de conceptos legales, la nueva etapa responde a muchos meses de reflexión, con grandes dudas y vaivenes, pero con un primer objetivo fundamental: proteger la sostenibilidad económica de nuestro proyecto periodístico, que, si les cuento la realidad, está en cuestión. Pero más allá de esa condición necesaria, había otra que en nuestros debates internos era igual de importante, y que yo a 11.000 kilómetros de distancia pude ver más clara: sin defender/proteger/recuperar lo común, nada de lo que soñamos hace once años es posible. El mismo periodismo no lo es.

 

      La Fundación Contexto y Acción será, o esperamos que así sea, una tierra sin fronteras, fértil, donde quepamos todas, nos cuidemos y protejamos los valores democráticos. Un lugar donde trabajemos por recuperar lo común como premisa para hacer un periodismo bueno y necesario. Un sitio donde luchemos contra los instigadores del racismo y el odio, aunque a ratos tengamos que tirar de punitivismo para pelear contra el blanqueo y la impunidad de la extrema derecha. Un gran barrio de entrada libre en el que aprendamos, disfrutemos y nos hagamos mejores.

 

      Sé que uno de los argumentos con más peso para pedirles que nos ayuden en esta nueva gran aventura es que sus aportaciones a la Fundación Contexto y Acción desgravan a Hacienda, el 80% de los primeros 250 € donados, pero a mí me gustaría creer que hay otro motivo de fondo, el que realmente nos une: la esperanza compartida de que somos muchas las que queremos vivir mejor y que las otras también lo hagan, que somos muchas las que no vamos a quedarnos quietas, ni calladas.

 

      Como dijo el tercero de la Azores, “el que pueda hacer, que haga”. En eso estamos. Ojalá nos acompañéis. Aquí os dejo la alcancía. ¡Hay que llenarla!

 

      Gracias por leerme y un abrazo cómplice.

 

Vanesa