mayo 08, 2018

Sí, voy al psicólogo, y qué


JAVIER CID  8 feb. 2018 http://www.elmundo.es/papel/firmas/2018/02/08/5a7b210ce5fdea64368b45e8.html

ULISES CULEBRO
De pronto, como una ráfaga negra de metralla, sucede que un buen día todo estalla. A mí, que soy más de sábados que de miércoles, me estalló un fin de semana de muchas tempestades. A saber: desamor, soledades, histerias, cosas varias. Por resumir los síntomas que me apechugaban durante aquellos días feroces, diré que pasaba del llanto estremecedor a los cantos regionales en décimas de segundo. Lo que viene llamándose, en este castellano nuestro de geniales metáforas, estar como una puta cabra.
Para no estirar la agonía, pues con las cosas de la cabeza nunca se sabe, ese mismo lunes pedí cita en la consulta de una psicóloga. Yo aún no era consciente pero, cuando llamé al timbre con la voz blandita y los ojos desorbitados, como de loco, hice mucho más que apretar un botón; estaba a punto de adentrarme en una de las aventuras más alucinantes de mi turbio existir.
Mi terapeuta, llamémosla señora X de aquí en adelante, me recibió en sus dominios con un apretón de manos frugal y distante, sin algarabías. Me sorprendió su rictus de hielo, a mí que soy de natural fogoso y besucón. Y no es que yo esperase una bacanal sobre el diván, Dios me libre; pero cuando uno le confiesa las intimidades más sórdidas a un extraño, lo mínimo es un abracito de cuando en cuando, un soplo de cariño, un amago de abrazo, un algo. Pero no. Por más que yo esparza mis vísceras por su consulta, la señora X es una mujer de ciencia, pura matemática, y como tal es austera en las formas, fría en las palabras, una valquiria que no se deja impresionar por mis secretos esquizofrénicos. Es la Angela Merkel de la psicología. Y funciona. Vaya si funciona.
La cronología de mi terapia, que es la que me pilla más a mano (ya si eso, que otro día Woody Allen hable de la suya), es más o menos así. Las primeras sesiones fueron una aproximación a las dos o tres miserias que me rondaban entonces, cuando era virgen en los misterios de la psique. Ignorante de mí, creía que apretando no más que un par de tornillos enderezaría mi cabeza y me volvería un hombre cabal, un espíritu zen, un junco con el alma serena de un monje tibetano. Tremendo error; una terapia es una montaña rusa de idas y venidas, una hostia tras otra, un caerse y levantarse y volverse a caer. Como una temporada de Juego de Tronos, pero a lo bestia.
Así, lo que iba a ser una puesta a punto se convirtió en un viaje al lado oscuro. De mi cerebro, sí, pero lado oscuro al fin y al cabo. Y qué tinieblas, rediós. Poco a poco, en lo que la señora X y yo escarbábamos en esto y en aquello y en lo de más allá, comenzó a salir mierda. Un derroche de mierda sin precedentes. Paladas de mierda, toneladas de mierda, recuerdos de mierda, mierda a espuertas, pero mierda que duele, que pica, que mancha, una auténtica fosa séptica rebosante de mierda, con sus filias de mierda y sus fobias de mierda. Mierda, mierda y mierda. A tope de mierda.
Algunos días, no sé si por sugestión o por el descalabro de mi serotonina, que es la hormona esa de los tontos felices, vomitaba al salir de la consulta. O tenía mareos de folclórica. O me azotaba un nosequé en el pecho que a ratos confundí con un infarto. De miocardio y tal. "Es la catarsis", me decía a mí mismo para no tirarme escaleras abajo. "Esto te pasa porque te estás curando. No sé exactamente de qué, pero estás sanándote".
Las sienes me centrifugaban como el programa corto de la lavadora, y hubo momentos en que creí que era un perturbado mental. Por buscar un símil facilón, diré que me sentía como si me hubieran arrancado la piel y anduviese por el mundo en carne viva. Aveces pensé en la farmacología, que es como tener a la virgen de Lourdes en un blíster. Pero por más que supliqué a la señora X por pastillas mágicas que me pusieran en órbita, como aquel éxtasis sideral de los años 80, ella se limitó a escucharme y pedirme paciencia.
Yo siempre me creí un tipo duro. Un bravucón como los de antes, de los de garrota y chapela, a los que les estaba prohibido sufrir. Error. No me conocía. La terapia me puso delante del espejo, a pelo y sin anestesia, y mirarme a los adentros es una de las experiencias más tremendas que hice nunca. Pero obedecí a la señora X. Apreté los dientes. Tuve paciencia. Y hoy, alabado sea mi cerebelo, empiezo a encontrarme bien. A ratos muy bien. Hasta siento en la séptima costilla -que es donde noto yo las premoniciones- que estoy en el buen camino. Sé que aún me queda mucho desescombro, puede que años, pero ahora que he abierto la veda no tengo más cojones que ir a por todas.
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OTRO ASUNTO en Perroflautas del Mundo: La (decepcionante) reacción de la democracia española a la crisis catalana, 10/5 19h. Albacete. 

 

 

El Gobierno recortará el peso de la educación y la sanidad al nivel más bajo desde 2003.

 

 

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