marzo 02, 2015

Ergo sum, de Lansky


Soy una piedra plana en el fondo de aguas profundas. Un gneis formado a partir de una pizarra. Mi historia es larga, de millones y millones de años. Finalmente, con la forma que ahora tengo me quedé sumergida bastante menos tiempo. Pero una noche de tormenta, supongo, el agua se movió a mi alrededor turbulenta, y me arrastró violenta y me abandonó tumbada sobre lo que era antes mi espalda, el verde de las algas ahora oculto (verde talo o verde Hooker, mezclando azul de Prusia y Gambogia). Y más tarde, muy poco más tarde, hace un instante, doscientos años, me lanzó por un canal tras otro, y me dejó taponando la salida de una especie de balsa, al borde de una cascada, más precaria. Sin saber cuál será mi siguiente destino, siempre adelante. Era una piedra nacida para estar quieta y no hacen más que joderme.

Era un dibujo negro de tinta china y blanco gris, un ratón patifino y orejudo, pintado a mano sobre viejo pergamino traslucido. Formaba parte del adorno de una pantalla enrollada, bien apretadito con mis compañeros junto a la luz. Un día mi vecino de al lado, el caballo Hobbie empieza arder, y ardemos con él todos.

Soy la punta del pincel. De un pincel de cerda chunking para óleo. Cuando la mano me lleva al tarro de pintura o al pegote de la paleta manchada y moja mis pelos, los apelmaza, los contornea, me siento expectante. Luego, cuando la mano me lleva sobre el lienzo, no me deposita allí, me hace viajar por la tela de lino basto, y me convierte en un trazo junto a mis hermanos. Mi rastro a veces parece que desaparece debajo de los que llegan detrás, pero no, estoy simplemente más abajo. Se llama palimpsesto.

Vivía en la vieja madera de roble, una viga de Quercus robur. Soy la larva de un escarabajoanobido. Simplemente porque soy, estaba feliz y calentita hasta el maldito día que alguien dio la vuelta a mi palacio y un fétido y mortífero olor venenoso empezó a llegar a mí por las antaño acogedoras galerías, entre los cadáveres de mis hermanas. Ah, se me olvidaba: soy una carcoma, moribunda.

Soy un gato. Un mackerel atigrado con mis rayas perpendiculares al eje de mi elástico cuerpo. Domino el difícil arte de no pensar en nada. Dejo que mis músculos y mi cuerpo piensen por mí. Ahora me relajo. Ahora me estiro. Ahora me tenso, y después salto. Si pensara, diría que vivo la verdadera vida y no la de las criaturas que necesitan pensar lo que tienen qué hacer en lugar de hacerlo.

Soy un hombre, ya maduro, casi viejo, más perecedero que la piedra, tanto como el dibujo de la pantalla del cuarto de mis hijos, más desde luego que la madera. Soy irremplazable, pero igual de consumible. Tengo en común con la carcoma mi gusto por los sitios a resguardo y confortables, con el gato mi afición a hacer las cosas que sé hacer sin meditarlas, con la piedra, mi renuncia a que cambie lo que está bien, con el pincel mi afecto a los que saben usarme, con el dibujo, mi convicción de que no soy nada sin los demás. Sin embargo, no siempre sé quedarme quieto, como la piedra, no sé aguardar mi destino, como el dibujo. No sé dejar que me usen aunque sea por mi bien. No sé vivir al día como el gato. Pienso, reflexiono, pero sigo sin comprender lo esencial, como la carcoma, como el gato, como la piedra y el pincel, pero me importa, no como el gato.

No. No es así. Podría decir que soy esa mancha luminosa, apenas un toque de blanco de titanio y de zinc, que riela en el agua sobre la piedra en equilibrio precario al borde del azud del viejo molino, con las vigas carcomidas, con el gato que mira perezoso el agua. Tampoco soy el pincel. Ni siquiera la mano que lo mueve. Aunque a veces soy el gato que deja que mi mano mueva el pincel sin que yo haga aparentemente nada para decidirlo, salvo pensar que soy gato, mano, pincel, carcoma. Soy ese hombre que pinta, que para hacer prodigios se convierte en piedra, en gato, en pincel, en madera y en la carcoma de la madera. No vivo sólo de mis recuerdos, pero me alimento de ellos, sobre todo de lo que he visto y de lo que percibo. Y cuando pinto, ni eso, soy el gato que salta automáticamente ante el pájaro a punto de volar, mi mano ya sabe qué hacer, aunque luego yo decida. El instante en que estoy pintando no lo vivo, me vive. Pero lo absurdo es no ser como el gato y no pensar en tiempos que ya no viviré. Soy creador de mundos, pero pienso demasiado en los que detrás de mi vengan y vean mi obra y no sepan todo eso. Porque lo que más temo es que muerto hace tiempo, de mi lo único que diga la posteridad que tanto me preocupa es “pintor anónimo”, un rótulo al lado de mi obra prodigiosa, y no que yo fui la piedra, yo fui el gato, el pincel, el dibujo que ya no pueden ver ni yo ni mis hijos, y hasta la carcoma que nadie ve, pero que siente la madera y también la percibe el ojo entrenado a mirarla. ¿Por qué me importa tanto que digan de mí que fui, otros que a su debido tiempo serán, pero también, a su debido tiempo, solo fueron? Quizás por eso nunca pinto en mis cuadros un reloj muerto, un calendario olvidado. Objetos tan banales como terribles. La vida es breve, pero los minutos largos, y a veces, ni eso.

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¿Moraleja? No la hay, insisto: no la hay. Esto  es una descripción, no un cuento budista que recomendase hacer como la piedra o al menos como el gato, para no sufrir, pero eso indudablemente, para bien y para mal, eso también nos haría menos humanos. Tampoco para encomendarse al carpe diem, a vivir intensamente el instante. No. El tiempo no presta atención a nada ni a nadie, ni a cosa ni a ser alguno, piedra o gato. No nos arrastra como dicen algunos, no modela nada, no es ese gran escultor que otros afirman. Simplemente pasa junto a  nosotros y nos deja atrás, seamos piedra o gato, indiferente. Por eso es el ente más abstracto y más terrible que existe en el Universo.
Hay dos referencias bastante obvias, que no plagios, a Jorge Luis Borges y Marguerite Yourcenar. De esta última, tan sólo para contradecir el título y sólo el título de una de sus obras: “El tiempo, gran escultor”. Es un libro de ensayos, y el paso del tiempo es el tema principal. Tendría que releerlo porque apenas me acuerdo de él. Solo he tomado el título. La frase de “la vida es corta, pero los minutos largos”, la he mencionado en otras ocasiones y se la atribuyo a Borges, pero no consigo encontrarla.
Pero la verdadera influencia son los numerosos cuadros de John Constable, en que todo es fugitivo, pero especialmente los cielos nubosos y la luz, y los escasos de un pintor que fue el puente entre Rembrandt y Vermeer, discípulo del uno, quizás maestro del otro, y cuya obra casi íntegra —y él mismo— desapareció en la pavorosa explosión e incendio de su taller y de paso, del barrio donde estaba ese taller.

Encantador tu texto, tus semejanzas, tus diferencias...

Me quedo con la respuesta de "SBPdiciembre 03, 2014 9:04 p. m.
Creo que sólo a través del amor, somos. Y al amar, estamos. Es como el eslogan de Médicos sin fronteras "Lo único capaz de salvar a un ser humano es otro ser humano".
Involucrarse en la salvación. Y por supuesto no me refiero a las sectas"

En alguna manera, siento que formamos parte de un Todo y sólo realizándonos en ese todo encontramos nuestro bien estar, bien vivir. Desempeñemos nuestro papel y seamos aquello que creemos ser. Démonos.

Un abrazo: PAQUITA