noviembre 21, 2015

Emilio Lledó: «Hay una gota de infelicidad en tener más de lo que se necesita»


A la izquierda, Emilio Lledó se abraza a un árbol en el parque del Retiro. Junto a estas líneas, meditando una respuesta, en un momento de la entrevista.

22/10/2015 Mateo Santamarta "Soy nacionalista de un país ideal, que brotó con la República, que iba muy en serio y que por eso hubo que dar un golpe de Estado para hundirlo. Yo nací en el barrio de Triana, en Sevilla, tengo ascendencia catalana y vasca y mi mujer era de origen catalán. Tengo en mi biblioteca no menos de 500 libros sobre Historia de España. Sé muy bien el país al que desearía pertenecer." http://www.diariosur.es/sociedad/201510/05/emilio-lledo-gota-infelicidad-20151005132722.html
-¿Usted ha odiado alguna vez a alguien? Emilio Lledó (Sevilla, 1927), uno de los mayores humanistas españoles en el último siglo, que recogerá el premio Princesa de Asturias en unas semanas, fija su mirada serena y azul en un punto de la biblioteca de su salón –una de ellas, porque las hay en cada habitación y casi en cada pared de su casa– y repite la pregunta como si hablara para sí mismo.
– ¿Odio?No, odio no. Sería más exacto hablar de desprecio. Un sentimiento de rechazo cuando veo una injusticia, pero siempre se refiere a algo que sucede con otros, porque personalmente nunca me he sentido agredido.
Lo dice después de haber reiterado a lo largo de una conversación de varias horas que ha sido feliz. Feliz, a pesar de que durante la guerra presenció tanta violencia que cubrió el cupo de toda una vida;feliz, aunque confiesa que pasó hambre de la de verdad, no una metáfora para enriquecer el relato de sus recuerdos, durante los años cuarenta;feliz, incluso frente al dolor de haber visto morir a su mujer muy joven, un recuerdo –no hace falta que lo diga, se nota en la conversación– que es aún una herida sin cerrar 46 años después;feliz, en definitiva, viviendo en un país tan alejado de aquel en el que le gustaría vivir. Porque la de Emilio Lledó es una voz que clama en el desierto. La de una persona sabia e indignada que rechaza de plano ese dicho conformista de que «cada país tiene los gobernantes que se merece». «Eso es una falsedad, una frase propia de señoritos satisfechos», asegura, tajante. «Lo dicen quienes están en el poder. Este país se merece otros gobernantes. Vivimos con siete u ocho frases hechas que pervierten la vida intelectual».
– Soy nacionalista de un país ideal, que brotó con la República, que iba muy en serio y que por eso hubo que dar un golpe de Estado para hundirlo. Yo nací en el barrio de Triana, en Sevilla, tengo ascendencia catalana y vasca y mi mujer era de origen catalán. Tengo en mi biblioteca no menos de 500 libros sobre Historia de España. Sé muy bien el país al que desearía pertenecer.


– Empecemos por sus años jóvenes. ¿Qué recuerdos tiene de su infancia sevillana?
– Apenas nada, porque nos marchamos de allí cuando tenía cinco años. Mi padre era militar republicano y lo destinaron primero a La Coruña y luego a Vicálvaro (Madrid). Él tenía una gran afición cultural y cuando estábamos en La Coruña me regaló un caballete para que pudiera pintar junto a la ventana de la casita donde vivíamos, que daba al puerto. Recuerdo de entonces los primeros baños en el mar.
– Pasó la guerra en Madrid, que sufrió un asedio interminable.
– Tengo recuerdos feroces de aquellos años, pero en cambio creo que fui feliz. Tuve maestros excelentes, que me inculcaron la pasión por la lectura y el conocimiento. Pero vi muchísima violencia y por eso la odio. No me gustan las películas que se recrean en ella porque ya he olido la pólvora y la sangre, y he presenciado mucha crueldad. Lo de Madrid fue una lucha continua contra el fascismo. Por eso, cuando algunos hablan de Madrid en tono despectivo, como el punto donde se concentran todos los males, me molesta.
– ¿Y la postguerra? Para muchos fue peor incluso que la guerra.
– Yo también pienso que lo fue. De 1940 a 1949, en Madrid se pasó mucha hambre. En mi casa fue así. Fueron años de miseria. No sé si lo creerá, pero cuando hice la mili yo pesaba poco más de 50 kilos. Era un estudiante de Filosofía muy flaco, pero manejaba muy bien el ‘mauser’ porque era hijo de un militar, aunque me cuidé mucho de contarlo.
– ¿Cómo fue su paso por la Universidad?
– Tengo recuerdos muy buenos de mis compañeros, aunque la tristeza de la ciudad era terrible. En cuanto a los profesores, hubo alguno maravilloso, pero en general no lo eran. Luego llegó un estupendo grupo de profesores de Filología Clásica, una cosa que no se podía esperar siquiera, pero como le digo fueron la excepción. Eso sí, teníamos la esperanza, incluso el entusiasmo, de pensar que aquello acabaría, que no podía durar una situación así.
– Al acabar la carrera, con un dinero que había ganado dando clases, se fue a Heidelberg sin apenas hablar el alemán. También aquel país acababa de salir de una guerra y el silencio cubría las responsabilidades colectivas por lo sucedido. ¿Qué impresión le causó?
– Había grandes diferencias. Allí se notaba una tristeza, un reconocimiento de que algo habían hecho mal. Nunca vi esa altivez de la que tanto se acusa a los alemanes. Y en las clases nos encontrábamos con alumnos mayores que iban retrasados porque también a ellos les habían robado años de su vida, al enviarlos a la cárcel o a campos de concentración.



A la izquierda, Emilio Lledó se abraza a un árbol en el parque del Retiro. Junto a estas líneas, meditando una respuesta, en un momento de la entrevista. / José Luis Nocito

– Eso era lo malo. ¿Y lo bueno?
– Lo más admirable era la Universidad, que mantenía el espíritu de lo mejor de Alemania. Cada profesor abordaba durante el semestre un tema distinto, sin caer en el ‘asignaturismo’ que ha secado a la Universidad española. Allí descubrí el cine francés, la música... Yaños después, estando en Berlín, presencié la caída del Muro y la obsesión del país por unirse pese al precio que la parte occidental debería pagar. Fíjese qué diferencia con lo que aquí sucede.



– ¿Vivió esa caída del Muro con la conciencia de que estaba asistiendo a uno de esos momentos destinados a entrar en los libros de Historia?
– Estaba claro que era uno de esos momentos fundamentales en la Historia de Europa. La unión de las dos Alemanias era útil y hermosa y ya vemos qué fecunda ha sido. Antes de la reunificación llamaba la atención la pobreza y el ascetismo del Berlín oriental frente al lujo aparente del occidental. Vi algo parecido en Leipzig:una ciudad limpia del caos que dejan siempre las peores manifestaciones del capitalismo.




De Alemania a España
Vivió en Alemania en tres épocas distintas:primero en Heidelberg, adonde fue a doctorarse para regresar una breve temporada a España, casarse y volver a aquella ciudad. Luego, ejerció la cátedra de instituto en Valladolid y después estuvo en la Universidad de La Laguna, Barcelona y en la UNED, para iniciar una tercera etapa en Berlín a finales de los ochenta. De esa última estancia recuerda su amistad con Luigi Nono, con quien coincidió en el Instituto de Estudios Avanzados. Fue el compositor italiano quien le introdujo en la ópera, un ámbito de la música que no había frecuentado. «Lo del Liceo –dice con ironía– era cosa de los Pujoles de turno. Mi mujer y yo ni nos planteábamos ir en aquellos años de nuestra estancia en Barcelona». Y eso que a ambos, como luego a sus hijos, les gustaba mucho la música. Dan fe de ello los dos pianos que tiene en su casa de Madrid –uno de ellos, un Steinway de pared– y una importante colección de discos que pugna por hacerse un espacio entre los 10.000 libros de su biblioteca.




– Estaban en Heidelberg, viviendo felices casi como si fueran estudiantes, participando de una intensa actividad cultural, y deciden regresar a aquella España gris de comienzos de los sesenta. ¿Por qué?
– Cambiar Heildelberg por Valladolid fue muy duro, y espero que mis amigos de esa ciudad lo entiendan. Pero queríamos trabajar en nuestro país y se dio la circunstancia de que mi mujer sacó una plaza allí y también hubo una vacante en un instituto y yo pude solicitarla porque antes había renunciado a una plaza en Calatayud. Así que era una tentación, y nunca me he arrepentido de volver. Allí nos hicimos amigos de Delibes, Valdeón y otros.
– Tuvo que despedirse de aquellos obreros andaluces a los que daba clase de alemán en Heidelberg...
– Sí. Me reunía con ellos en un café y explicaba gramática del alemán a quienes nadie había enseñado la del castellano. Fue mi mejor experiencia docente. Por eso no acepto el tópico de la pereza andaluza que alguna vez he escuchado de boca de algún político catalán. Eso es odioso. Este país tiene que liberarse de tópicos de una vez por todas.
– También se despidió de Valladolid y luego de La Laguna y Barcelona. Hubo alumnos que firmaron una carta pidiendo que no se fuera. ¿Cómo se sintió?
– Imagínese, me emocionó. Salió la noticia de que iba a marcharme y algunos estudiantes escribieron una carta diciendo que no podía dejarlos de esa manera, que querían seguir siendo mis alumnos. La firmaron varios cientos, y renuncié a la cátedra de Madrid, aunque luego en 1978 terminé por venir a otra plaza. Aún mantengo el contacto con algunos de esos alumnos.



– En sus libros habla muchas veces de la amistad. Pero la amistad está detrás de la tupida red de corrupción que se extiende por el país. Se han dado negocios a los amigos, lo son quienes financiaban a los partidos y quienes se enriquecían a cuenta del erario público. Una bella palabra, amistad, en la base de la corrupción.
– Eso no es amistad. Yo uso el término ‘amigante’, que tiene que ver con ‘mangante’. La corrupción es una de las cosas más vergonzosas que han pasado en este país. La corrupción de las mentes, del cerebro. Esto ha sido también puro ‘gentucismo’. Frente al concepto de ‘género humano’ habría que inventar el de ‘desgénero humano’ para calificar a algunos. La amistad nada tiene que ver con eso. Los ‘amigantes’ son una forma de degeneración.
– ¿La más grave?
– Lo grave es que haya ignorantes con poder que organicen nuestras vidas; que existan fanáticos con poder;los corruptos poderosos. Eso es grave. Eso solo se corrige con educación, porque, si no, a la larga los corruptos hunden el país.
La amistad y el futuro
Habla el profesor Lledó de la amistad y el amor mientras recorre su casa mostrando en cada rincón fotos de sus nietos, dibujos hechos por algunos de ellos, retratos de su esposa de niña y en los años felices de Heidelberg, entre discos de Gleen Gould y Maria Joao Pires, sus pianistas favoritos. Ylibros, muchos. Libros hasta en la cocina. «Son mi vida. Los veo y me descubro en ellos. Recuerdo dónde los compré. Me hablan. Kant anda enfadado estos días porque hace mucho que no releo la ‘Crítica de la razón pura’», explica con una sonrisa.
– ¿Nos hace más felices el amor o la amistad?
– Son la misma cosa. Es la evolución del mismo sentimiento. Somos comunicación y ambas cosas lo son.
– ¿Se puede ser feliz mientras el mundo se derrumba a nuestros pies o por el contrario estamos más obligados que nunca a intentar serlo?
– Por supuesto, cuando abro el periódico me llega un golpe de infelicidad. La idea de felicidad se basa en tener. Surge en un país pobre, como Grecia, donde tener agua o vestido hacía felices a sus poseedores. Pero hay un momento en esa misma cultura en el que se descubre que la felicidad ya no está en tener sino en ser. Hay límites en el tener. Hay una gota de infelicidad en tener más de lo que se necesita. En mi caso, si me quitan mis libros me quitan la vida. No aspiro a tener nada más.
– ¿Para qué sirve la filosofía en un contexto así?
– La filosofía no es un lujo, como no lo es el arte, pero ¿cómo vas a ponerte a enseñarla a gente que está pasando hambre?¿Cómo ser feliz en un mundo infeliz? Eso es algo que tiene que arreglar la política. Si hubiese políticos decentes, no sé si se podrían salvar todas las injusticias, pero creo que sí.
– ¿Y la educación? En este país los políticos parecen incapaces de ponerse de acuerdo sobre una reforma real y duradera.
– No les preocupa la educación. A un pueblo se le domina mejor llenándolo de ignorancia. La mayoría de los planes de estudio que se han aprobado en estos años iban contra la educación. Ese ha sido uno de los mayores problemas de este país desde el fin de la dictadura.
– Usted ha reflexionado y escrito mucho sobre educación. ¿Le han llamado alguna vez de algún gobierno para pedirle consejo?
– Nunca.
– ¿Cuál es su mayor temor a día de hoy?
– No sé qué país van a heredar mis hijos y mis nietos. Temo por ello.
– ¿Qué reforma fundamental de la vida española le gustaría alcanzar a ver?
– Una que terminara con la ignorancia y el desprecio a la enseñanza pública. El 99% de la enseñanza en Alemania sigue siendo pública. Me parece monstruoso que haya universidades privadas que se anuncien diciendo que como sus profesores trabajan todos en la empresa los alumnos encuentran trabajo con facilidad. ¡Estamos creando universitarios tarados! Es fundamental crear la pasión por el estudio, por el conocimiento. Eso se logra con una educación en libertad que desmantele tópicos y frases hechas conducidas por la ignorancia, que suelen desembocar en violencia.
– A estas alturas, ¿cómo se lleva con el mundo?
– Muy bien. Me gustaría ser maestro de escuela para enseñar a los niños a mirar los árboles, o una naranja. Ver la belleza que hay en la naturaleza. Me encanta pasear por las calles. Sé que me quedan pocos telediarios, y por eso desearía ser más joven, porque me sobrecogen los atardeceres y los amaneceres. La vida es tan hermosa...
– A un inventor de palabras como usted, ¿se le ha ocurrido algo para su epitafio?
– No. No es algo que me preocupe.
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