febrero 26, 2016

El arte en su forma plástica, literaria o musical es lo único capaz de salvarnos del ritmo infernal de la vida en la gran ciudad.

COPIADO de la pág de fb de Javier Nix Calderón el 28/1/2016
Sé que ya casi nunca escribo nada. Ni aquí ni en ninguna parte. No lo hago porque estoy vacío. Mejor dicho: no lo hago porque me vacio a diario. Cada vez que me pongo frente a una clase me desollo, me desprendo de una fibra del conocimiento que he acumulado tras más de doce años de lecturas ininterrumpidas. Hablo a mis alumnos de las raíces históricas del conflicto entre Cataluña y el resto de España, o de la relación entre las vidrieras góticas y los mandalas, representaciones ambas de la Esencia Divina, y como la contemplación de ambos trae paz al espíritu. Lo hago y acabo exhausto cada día. La poca energía que me queda la empleo en aprender inglés. Sacrifico mi tiempo en el altar de los "phrasal verbs", los "idioms" y el "Unreal past". Un sacrificio cada día para los dioses sajones. Y cuando me siento aquí, cuando miro esta pantalla, estoy vacío. Lo que tenía dentro se lo he dado a otros.
Pero hoy, hoy he sentido como se llenaban mis niveles internos hasta rebosar. Iba en el metro, leyendo un libro sobre la invasión estadounidense de Irak, cuando ha entrado un hombre con un pequeño amplificador y una flauta travesera en el vagón. Al comenzar a tocar, he sentido como un escalofrío nos atravesaba a todos. La gente levantó la mirada de sus libros y de sus móviles. El músico tocaba una pieza de música clásica de una belleza infinita mientras se movía hacia los lados, siguiendo los vaivenes del tren. Sus pies ejecutaban una danza precaria, la danza del músico callejero, que sortea la pobreza, la incomprensión, el anonimato, con su flauta como único punto de apoyo en el universo. Yo rezaba para que mi estación no llegara nunca. La música ocupaba todo el espacio del vagón, convirtiendo el aire viciado en una partitura sin límite. Pero nada dorado puede permanecer mucho tiempo sin perder su brillo, y al llegar a la siguiente parada, el músico apagó su amplificador y salió del vagón. Fui tras él y le puse en las manos las monedas que llevaba encima, agradeciéndole que compartiera su talento con nosotros.Me ha sonreído con timidez y esbozando un tenue "gracias" ha seguido su camino. A veces el metro, como si fuera una ostra que solo se abre durante unos segundos, nos muestra las perlas que habitan en su interior.
La belleza puede encontrarse en cualquier lugar. El arte en su forma plástica, literaria o musical es lo único capaz de salvarnos del ritmo infernal de la vida en la gran ciudad. Tratemos de no olvidarlo cuando el barro de la realidad amenace con llenarnos de fango los ojos del alma.