Marcos Pereda 13/11/2025
Su ascensión pionera –o quizá no tanto– al Vignemale, cénit del Pirineo francés, cuenta un relato de clasismo e invisibilización de las mujeres
A veces las historias juguetean al capricho, y encuentras pícaros embaucadores, mujeres inspiradoras, condes de mucha ambición y giros finales que te dejan así, pensando en la infinitud de cada paisaje. Como el que se ve desde el Vignemale.
Pero hablemos, primero, de ella. Ella responde por Anne Lister. Lady Anne Lister, porque vivió a caballo entre el siglo XVIII y el XIX y tenía fortuna considerable, así que llevaba respeto en el nombre. Rica heredera de Yorkshire, Lister renegó de aquella vida acomodada de cuchicheos, holgazanería y fiestorros para tomar su propio camino. Ese que la convirtió en pionera de muchas cosas. De vivir su sexualidad libremente, por ejemplo. Lister no solo era lesbiana y mantenía relaciones con otras mujeres de su época, sino que se llegó a emparejar con Ann Walker, a quien trataba, también en público, como su esposa. De hecho, en 1834 celebraron una ceremonia de unión donde intercambiaron alianzas y todo. Dos muchachas exhibiendo públicamente su condición en un tiempo en que la homosexualidad era algo que solo se podía disfrutar en secreto. Pues ella no. Alta sociedad inglesa, influencia y fama, época de la Restauración, para entendernos. Ya solo por eso sería recordable Lister.
(Adelantamos el final: Lister lega toda su herencia a Ann Walker, pero aquello del matrimonio entre mujeres provoca risas en los juzgados, y la familia Lister le arrebata a Walker hasta la última libra. Walker muere arruinada y con problemas mentales en un asilo).
Pero es que hay más. Con una formación amplia, heterogénea, que incluye filosofía, música e historia, Anne Lister se lanza a hacer el Grand Tour europeo. Como ya hiciera Byron. Como ya hicieran todos los pijillos de las clases altas de Inglaterra. Recorrer el Viejo Continente buscando éxtasis artístico, conocimiento y experiencias más o menos exóticas. Solo que ella fue con su mujer, con Ann Walker. Así que paseó escándalo por Italia, por Francia y por el antiguo Flandes.
También, claro, por España.
Entre España y Francia, en los Pirineos, encontramos una Lister diferente. También pionera, pero ahora del alpinismo. Lo cuenta magníficamente Pablo Batalla en su (interesantísimo, esencial a ratos) La bandera en la cumbre. Una historia política del montañismo (Capitán Swing, 2025), recopilación de historias e Historia que mezclan ideología, creencias y montaña. No se lo pierdan, en serio.
Dice Batalla, allí, que si Anne bajó hasta los Pirineos fue acompañando a Walker, su esposa, que estaba pachucha de salud y quería tomar unos baños termales. Pasa que tan cerquita de los picachos a Lister se le revuelven los instintos, y algo tira de ella hacia el monte. Alpinista experimentada, primera ascensión femenina al Monte Perdido, intento en el Mont Blanc, fue también una adelantada a su tiempo en ese campo. Y competitiva, muy competitiva. Tanto como para proponerse un reto. Ser la primera persona en hollar la cima del Vignemale, cénit de los Pirineos franceses (o no la primera, veremos).
Así que contrata a Henri Cazaux, vecino de Gedre y guía por aquellas montañas, y se lanza a la conquista de lo inédito. Hacen varios intentos de cumbre, pero se está metiendo la niebla en ese verano de 1838 y deben volver sobre sus pasos. No importa, prudencia y paciencia. Solo que no. Lister recibe la noticia de que el príncipe de la Moskowa, Napoléon Joseph Ney (sí, el hijo de ese Ney en el que ustedes piensan... y sí, el nombre de Napoléon es por ese Napoléon en el que ustedes piensan, que fue padrino del muchacho... vamos, tenía pedigrí, el mozo), también está con la idea de coronar el Vignemale. Y también ha contratado a Cazaux, a quien le rentó mucho aquel agosto. Así que Anne Lister se apresura, tira con todo hasta arriba y, junto a tres paisanos de la zona (el citado Cazaux, Jean-Pierre Sanjou y Jean-Pierre Charles) alcanzan la cumbre del Vignemale. Nunca nadie antes había estado en ese sitio, y dejan sus nombres dentro de una botella de cristal para atestiguar la hazaña.
Apunte uno: no eran los primeros, claro. El propio Cazaux había subido antes, y algún otro pastor de la zona, según dicen. Solo que ellos eran... eso, pueblerinos, y sus ascensos no pueden contar. Lister, aunque mujer, fue una ricachona de Inglaterra. Siempre hay grados, también en los olvidos.
Sucede que es adinerada, pero hembra. Lister continúa su viaje con Ann Walker, pasan al sur, conocen Jaca y el norte de Aragón. Y cuando retorna a las Galias… ¿pues no anda el Moskowa diciendo que él había llegado antes que ningún otro al Vignemale? Vamos, que hasta niega la ascensión de Lister. Y tiene testigos, ¿eh? El tal Cazaux, que dice que no, que no hizo cumbre la inglesa, que subió con las faldas amarradas por encima de las rodillas, y subía bien, pero no hizo cumbre. Lo de Cazaux fue todo por dinero, pues guió a Ney días después hasta la cima del Vignemale y cobraba más francos si aquella era la primera ascensión. O, si lo prefieren, que se embolsó dos primeras ascensiones. Buena estrategia empresarial, aunque algo ruin.
Y por ahí le cazan, a Cazaux. Porque dice Lister que no le va a dar ni una moneda hasta que no diga todas las verdades. Y nuestro avaricioso guía, asustado, confiesa. Firma una declaración en la posada de Gedre. Subimos antes con la mademoiselle. Perfecto, todo aclarado. El de la Moskowa dice que bien, que reconoce ser segundo, pero después sigue jactándose de su pionerismo. Ella reclamará, mandará cartas a periódicos, exhibirá eso que firmaron en Gedre. No importa. Una mujer rica vale más que el pastor pueblerino, pero menos que un aristócrata francés. Así que quedó ese Napoléon Joseph Ney como primero en hollar el Vignemale.
No se supo la verdadera historia hasta los años sesenta del siglo XX, cuando Luc Maury descubrió los diarios de Lister y vio en ellos el relato de aquella primera ascensión. Con sus fechas, sus detalles, sus comentarios de guías y nativos. Incontrovertible. Demostrado. ¿Quieren una última ironía de injusticia? El corredor por donde llegó Anne a la cumbre del Vignemale se llama hoy Corredor de la Moskowa. Ni Corredor Lister ni Corredor Cazaux, ni Corredor “Pastores que subieron allí pero no tenían el ego de poner sus nombres”. No. Corredor de la Moskowa.
Se perdió, ahí, el recuerdo de Anne Lister.
El de una mujer libre.
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