octubre 22, 2009

Fosas bajo los Mallos de Agüero... V (+ Daalla)

(Publicado por Daalla/Daniel el 20 de sep./2009 en el blog fusiladosdetorrellas.blogspot.com/ Como vengo diciendo... mejor... en su página. PAQUITA)

Represión fascista en Aragón (y V).

Finales de agosto de 2006. Las hermanas Pilar y Berta Cucalón Moncayola están en Murillo de Gállego, pequeña población de la comarca de la Hoya de Huesca, donde han ido a pasar el fin de semana. Acaban de ver un cortometraje titulado “Los que callaron, los que quedaron”, cuyo autor, al igual que ellas mismas, es nieto de una de las 12 personas del pueblo fusiladas por los fascistas en la cercana población de Agüero (Huesca) el 18 de octubre de 1936.

El documental las ha conmocionado. El proceso de recuperación de la Memoria Histórica está en auge y continuamente salen a la luz noticias sobre el hallazgo de muchas fosas comunes de la Guerra Civil en España. Volviendo a casa toman la decisión de buscar los doce cuerpos sepultados bajo el trigo del campo de Espadero en Agüero.

Las familias saben dónde están sepultados. Siempre lo han sabido, pues hubo testigos del fusilamiento. Las autoridades fascistas nunca quisieron aclararles oficialmente el lugar del enterramiento, pues para ellos eran “desaparecidos” un eufemismo para no tener que reconocer que los habían asesinado. Desde el principio las mujeres y los hijos, después los nietos y los bisnietos de las víctimas han ido a rezar a ese campo.

Berta contacta con las familias de todos, dispersas por Huesca, Barcelona o Zaragoza. Enseguida se ponen de acuerdo, pues todos quieren exhumar a los suyos. Y así se ponen en contacto con Ernesto Palacios, el actual propietario de la finca.

Muchos de los propietarios de fincas en las que se ubican fosas comunes se niegan a conceder permiso para que se ejecuten las tareas de exhumación, o ponen grandes dificultades que las retrasan. Pero Ernesto se pone desde el primer momento a su disposición. Su padre, durante ocho años, se negó a cultivar la finca por respeto pero finalmente fue obligado a poner la finca en cultivo. Poco antes de morir le hizo prometer a su hijo que, si un día los familiares reclamaran los cuerpos, éste les dijera el lugar exacto donde se encontraban y les diese todas las facilidades. Ernesto, fiel a la palabra dada a su padre, no va a poder cosechar su campo durante un año. Pero no le importa, incluso va a colaborar en la exhumación.

Berta se dirige a la Fundación Bernardo Aladrén de U.G.T. Aragón la cual, aunque es una fundación cultural que no se había propuesto este tipo de actuaciones, decide ayudarles.

En diciembre de 2006 se realizan las primeras catas sobre el terreno y se solicitan los permisos correspondientes. Las catas no obtienen resultados y se decide esperar al verano para volver a intentarlo con el buen tiempo.

Mientras tanto las hermanas Cucalón van acumulando documentos, fotografías y, sobre todo, testimonios orales de varias personas mayores de 80 años, en especial del único testigo directo sobreviviente que reside en Francia.

Madrugada del 18 de septiembre de 1936. El ruido de un camión que entra en Murillo de Gállego despierta a algunos vecinos, como José Gracia que contaba entonces 5 años de edad. Poco después dos culatazos en su puerta anuncian a “unos falangistas de la zona de Ejea de los Caballeros” que obligan a su padre, agricultor, a ir a “declarar” a Zuera.

Otros 11 hombres son “sacados” de sus hogares en la oscuridad de la noche. Entre ellos se encuentra el alcalde de Murillo por el Frente Popular, José Moncayola, quien, antes de salir de casa, se pone su mejor camisa, la de los domingos, y su traje de pana porque cree que solamente le van a interrogar. Un concejal del ayuntamiento, dos funcionarios municipales y varios campesinos completan el grupo.

Tras un duro y largo interrogatorio de doce horas, los hombres son subidos a un camión que les lleva a las afueras de Agüero (Huesca), a la finca del “Espadero” donde les hacen cavar sus propias tumbas. Allí los matan a tiros a todos.

7 de julio de 2007. Siete meses después de iniciar los trabajos aparecen los primeros restos. La primera fosa mide 4 metros por 90 centímetros por lo que los cuatro hombres enterrados en ella aparecen uno encima de otro, ocultándose los unos a los otros.

Botones de camisa, hebillas, tacones de zapatos… Incluso un cartucho que permite identificar una de las armas asesinas. Se trata de una bala de 1920, que procede de un Mauser de fabricación española. El dato es importante, ya que durante la Guerra Civil los cartuchos se fabrican sin ningún tipo de grabación para evitar represalias. Pero esta bala es de antes de la guerra.

La segunda fosa es hallada varios días después del primer hallazgo. La última, aparece el 21 de agosto. A medida que van apareciendo, los restos son enviados para su estudio antropológico. Los familiares de los fusilados no desean que se realice una identificación individual, por lo que no será necesario practicar la prueba del ADN.

Al estallar la Guerra Civil gran parte de Huesca cayó en manos del bando nacional, que inició de inmediato una sistemática represión. Militar en la U.G.T. como el alcalde de Murillo, José Moncayola, era suficiente para merecer la máxima pena. No en vano más de 3.500 miembros de este sindicato socialista fueron exterminados en Aragón. Aunque muchos asesinados lo fueron sencillamente a causa de viejas rencillas personales o para quedarse con sus campos o sus bienes.

La masacre de los 12 vecinos de Murillo fue una de las muchas “sacas” realizadas en tierras oscenses. El mismo día 18 de septiembre de 1936 otras 6 personas de la localidad fueron fusiladas cerca de Ayerbe.

En los pueblos del entorno de los Mallos de Riglos (*) existen varias fosas comunes. Algunas son conocidas pero se ignora el lugar exacto de muchas. Unas cuantas hace años que fueron ya excavadas pero seguramente hay muchas más de las que se cree. El mapa de fosas que salpican las tierras aragonesas no hace más que crecer.

Noviembre de 2007. Los familiares de los 12 republicanos de Murillo de Gállego asesinados en Agüero se reúnen en el ayuntamiento de Murillo para recibir las doce urnas que contienen sus restos. De común acuerdo, han decidido depositarlos a todos en una fosa común del cementerio de la localidad.

Tras un largo proceso, no exento de dificultades y de problemas, han logrado enterrarlos donde siempre debieron estar, en el cementerio de su pueblo natal.

Pilar y Berta Cucalón, nietas de José Moncayola, se sienten agradecidas a muchísimas personas, incluso a gente que, sin conocerlas de nada, brindaron su colaboración desinteresada. Por eso animan a quienes tengan casos similares para que exhumen y dignifiquen a los suyos.

“No fueron asesinados en vano. Sus familias hemos heredado sus valores de tolerancia, respeto, justicia, libertad. Las injusticias no deben olvidarse nunca, para que nunca vuelvan a repetirse".

"Sabed que nos sentimos profundamente orgullosos de llevar sus apellidos”. Berta Cucalón
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La zona, esta zona es la mencionada en mi última excursión, narrada y con fotos publicada el sábado, 17, pasado. PAQUITA


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