20/9/2025
Preciada gente:
Al contrario de tantas y tantas citas falsamente atribuidas a celebridades, la reacción del comandante supremo de los ejércitos aliados, Dwight D. Eisenhower, al ver uno de los primeros campos de concentración nazis liberados por las tropas norteamericanas está perfectamente documentada: “Graben todo esto, con películas, con testigos, porque en algún momento de la historia, algún bastardo se levantará y dirá que esto nunca pasó”. Lo dijo en Ohrdruf, un campo auxiliar del de Buchenwald el 12 de abril de 1945, y posteriormente, en cartas y en discursos, reiteró que las informaciones que tenían de los que pasaba en aquellos centros de exterminio eran un pálido reflejo de la realidad que vio con sus propios ojos.
Eisenhower no usó la palabra “genocidio”, ni falta que le hacía. Buena parte de la opinión pública mundial quizás ignorase lo que pasaba en los campos nazis, y tampoco había ninguna definición penal para etiquetar lo que pasaba (el concepto se acuñó tres años después). Sin embargo, como Eisenhower, el resto del mundo supo después lo que sucedió, se llamase como se llamase. “I know it when I see it”, como dictó el juez Potter Stewart al anular la prohibición de exhibir la película Les amants, de Louis Malle, tildada de obscena en 1964: “No podría definir qué es pornografía dura, pero sé lo que es cuando lo veo”. A Stewart lo había nombrado precisamente Eisenhower.
El exterminio de judíos, gitanos, homosexuales, eslavos, comunistas y disidentes políticos (los Untermensch, subhumanos, un término que usó por vez primera un ideólogo del Ku-Klux-Klan, Lothrop Stoddard) no fue una ocurrencia surgida de un aquelarre cervecero que se les fue de las manos. El nazismo fue desarrollando el sustrato teórico y la planificación práctica de ese exterminio a lo largo de años, se realizó siguiendo un plan orquestado por los ideólogos del nacionalsocialismo, fue puesto negro sobre blanco por quienes tenían la prerrogativa de hacerlo y desarrollado por aquellos que estaban a sus órdenes. Tampoco la destrucción de Gaza y de quienes la habitan fue un arrebato de Netanyahu. Es uno de los objetivos irredentos del sionismo extremo, y en el gobierno de Israel y entre sus aliados hay los suficientes bocazas que no se cortan en proclamar sus sueños húmedos. ¿Se imaginan a los firmantes del pacto germano-soviético, Ribbentrop y Mólotov, difundiendo ante los micrófonos las cláusulas del protocolo adicional secreto sobre el reparto de Europa y el inmenso potencial turístico e inmobiliario de la costa báltica?
Aquel pacto, con su protocolo secreto, se firmó nueve días antes del inicio de la II Guerra Mundial. La víspera (de la guerra, no del pacto), los nazis se fabricaron una excusa: la operación Grossmutter Gestorben (“La abuela murió”). Un grupo de la SS vestidos con uniformes polacos se apoderó de una estación de radio fronteriza en Silesia y emitieron un comunicado antialemán. En aras de la verosimilitud, llevaron allí unos presos del campo –obviamente, ya existente– de Dachau y los mataron a tiros. Netanyahu se limitó a subvencionar generosamente a Hamás y después, lo que surja.
Los documentos de aquel protocolo secreto fueron descubiertos por los británicos al final de la guerra y su autenticidad no fue admitida por la URSS hasta finales de 1989. Hoy, nadie que tenga ojos (propios) puede negar lo que está pasando en Gaza y el futuro que les han reservado al territorio y a la población. El debate sobre si es un genocidio o una matanza indiscriminada y alevosa o un crimen contra la Humanidad o una perturbación de la fuerza me parece tan estúpido como malvado. Se le llame como se le llame, reconocemos lo que es en cuanto vemos (y, por lo tanto, ¿por qué no llamarlo por su nombre?). No creo que haya que añadir nada más sobre lo que sucede allí, porque la gente de esta (nuestra y suya) casa tenemos tatuado “G-a-z-a” en los dedos de una mano, como Robert Mitchum en La noche del cazador.
(Por cierto, en los de la otra tenemos “b-u-l-o”. ABC no tituló entonces “Polonia ataca a Alemania”, como a veces circula por las redes. El titular que sí figura en la propia hemeroteca del diario (2/9/1939) es: “En la madrugada de ayer, Dantzig se ha incorporado al Reich y se han roto las hostilidades entre Alemania y Polonia”. No deja de ser una peculiar variante del “alguien ha matado a alguien” de Gila, o del argumento “yo no miento, soy económico con la verdad”, pero en comparación con lo que hoy se puede leer, ver y oír, es casi una hemorragia de ecuanimidad. Precisamente si nos creemos el bulo es porque los estándares de credibilidad han derivado en tragaderas abisales. Y porque, todo hay que decirlo, un bulo contra –y no desde– una publicación de derechas es un unicornio mediático).
No se equivocó Eisenhower (que llegó a la presidencia de los EUA en el seno del Partido Republicano, pero sus actuales integrantes se cambiarían de acera si se lo cruzasen en la calle) sobre los bastardos que negarían lo que había pasado. Lo que quizá le sorprendería es que en la actualidad los haya que nieguen lo que todos estamos viendo a diario.
Quizá le llamaría la atención ver que los representantes institucionales de una ciudad-región, Madrid, se escandalizan porque se produce una manifestación ciudadana de repulsa ante los representantes de unos genocidas (o lo que sean). Sobre todo porque la fiesta oficial del lugar –el Dos de Mayo– conmemora una algarada popular contra las autoridades entonces legales realmente existentes (y promotoras de medidas como la educación de las niñas), en la que hubo cerca de 400 muertos por parte de los insurrectos y 150 en el bando de los represores. Me imagino a esos representantes institucionales, vestidos de majos goyescos, indignándose ante las cifras de bajas de las fuerzas y cuerpos de seguridad franceses.
Parafraseando a un amigo que, en la época álgida del felipegonzalismo, decía: “Ya echo de menos a Adolfo Suárez, pero como esto siga así, voy a echar de menos a Leopoldo Calvo-Sotelo”, yo ya echo de menos a Eisenhower, pero como la cosa siga así vamos a echar de menos a Richard Nixon (o a Bismark). Afortunadamente, les tenemos a ustedes para recordarnos que tenemos que cuidarnos de la tristeza, porque como decía Flaubert, es un vicio.
Xosé Manuel Pereiro
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