mayo 18, 2026

El plástico no nos invade solo, tiene marca registrada, de Spanish Revolution

 Spanish Revolution   16/1/2026

El plástico no nos invade solo, tiene marca registrada.
Un puñado de multinacionales lidera la contaminación global mientras señala a las personas consumidoras.
Durante años se ha insistido en que la crisis del plástico es una cuestión de hábitos individuales. Separar residuos. Elegir mejor. Consumir con conciencia. Ese relato es cómodo para quienes producen millones de toneladas de envases de un solo uso y no quieren asumir responsabilidades.
La realidad es más simple y más incómoda. Un grupo reducido de grandes corporaciones concentra buena parte de la contaminación plástica mundial, según las auditorías anuales del movimiento Break Free From Plastic entre 2018 y 2024. Sus productos aparecen de forma sistemática en playas, ríos y océanos de todo el planeta. No es un accidente. Es el resultado directo de su modelo de negocio.
Entre las principales responsables figuran Coca-Cola, PepsiCo, Nestlé y Mondelez, junto a gigantes de la moda rápida como Zara, H&M, Shein y plataformas de consumo masivo como Temu. Todas comparten la misma lógica: producir barato, vender rápido y desechar sin asumir costes ambientales.
En 2023, la producción mundial de plástico superó los 430 millones de toneladas, y más del 40 % se destinó a envases de un solo uso. Menos del 9 % se recicla de forma efectiva, según Naciones Unidas. El resto se quema, se entierra o acaba fragmentado en forma de microplásticos que ya están en el agua, en los alimentos y en los cuerpos humanos.
La industria conoce el problema desde hace décadas. Sabe que el reciclaje masivo es inviable, pero ha preferido invertir en marketing verde y trasladar la culpa a la ciudadanía antes que reducir producción o cambiar sistemas de envasado. Al mismo tiempo, estas empresas presionan para frenar regulaciones y debilitar el Tratado Global contra la Contaminación por Plásticos.
Reducir consumo, reutilizar y alargar la vida de los productos importa. Pero sin regulación y sin presión social organizada, las corporaciones no cambian. La experiencia lo demuestra: donde hay prohibiciones, sistemas de retorno y límites legales, la contaminación cae.
El problema del plástico no es cultural ni individual. Es político, corporativo y perfectamente identificable.
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