noviembre 06, 2014

En ocasiones veo muertos. Una historia de economía y cuentos infantiles

Qué rocambolesco resulta ver a corruptos, canallas y sinvergüenzas, siempre aferrados a la bandera de la legalidad; a una impostura ridícula de solemnidad –y viceversa– que, por autocompasión, incita a hundir la cabeza bajo tierra para evitar que se nos descomponga el estómago. Qué lamentable, qué triste, qué indignante. Y qué preocupante resulta también constatar que el credo biempensante se hace carne incluso en personas con conciencia social.
No es algo nuevo, ni una condición que pueda resultar desconocida, pero siempre hay algo que dispara las ganas de expresarse. En este caso lo que ha hecho que prenda mi mecha ha sido leer un artículo más, uno más, sobre economía y las propuestas de Podemos.
Insisto en que no puede sorprender el enfoque de ningún economista, tampoco el de los más progresistas. Hasta los más atrevidos y positivos, y no era el caso, imaginan las posibilidades sin vulnerar el límite de su jaula; esa que siempre les acompañará. Porque ese es el ‘regalo’ que entrega la Facultad junto al título y la orla: el límite.
Y es que a la economía académica se la ha intentado ungir con un aura científica que no pasa de cientificismo, pero que no permite ser trascendida. Si a esto le sumamos que en el lote educativo viene incluido el indiscutido y trabajado crédito del propio sistema, poco más hay que añadir. Si acaso, un desiderátum: que en el futuro la mitad de las asignaturas de esa licenciatura sean de filosofía.
Al margen de estas consideraciones, resulta hasta enternecedor buscar alternativas sin salirse de ese guión impuesto. Es como pretender ganar a un tahúr permitiéndole dictar las reglas del juego. Algo tan noble como inocente.
Si pretendemos cambiar el sistema bajo sus normas, pronto nos daremos cuenta de que el modelo está blindado: de que llevan todo un siglo afianzando ese blindaje.
Desde luego tampoco se trata de romper con todo. Personalmente hace ya tiempo que me bajé del carro de las revoluciones, y no por falta de espíritu ‘aventurero’, sino porque la realidad es muy tozuda, y acaba por imponerse. Pero una cosa es renunciar a cambiar el mundo, y otra resignarse a aceptar lo dado.
Si aceptamos las reglas de este juego, y jugamos sin moneda propia y atados a una quimera de 28 cuerpos, 17 brazos, y una sola cabeza, cuando queramos establecer una banca pública, nos enteraremos de que el país tiene firmados acuerdos internacionales que afectan a la competencia y que, por tanto, esa banca pública va contra la ley. Si queremos recuperar los sectores estratégicos, se apelará al mismo acuerdo. Si intentamos revertir la reforma laboral nos recordarán que eso ya se firmó como condición en algún que otro memorándum, igual que sucedería con los salarios públicos y las pensiones. Si intentamos incrementar el gasto social, nos amenazarán con el techo de déficit y con el artículo 135 de nuestra propia Constitución. Si intentamos reindustrializar el país, desde Bruselas nos recordarán que para aceptar nuestra incorporación a la CEE tuvimos que renunciar a ser un país industrial. Y si intentamos potenciar la agricultura, nos dirán que en el pasado ya recibimos jugosas subvenciones para hacer todo lo contrario. Y así, como con estos ejemplos, sucederá con todo, porque los sucesivos gobiernos han ido entregando nuestra soberanía a plazos, y ya hace años que se completó la transferencia.
Seguro que hay quien puede decir que todo esto lo suscribieron los gobiernos que eligieron los españoles, y que ahora hay que cumplir con lo acordado. Que la ley es la ley, y que no importa si nos engañaron, porque estar bien informados es también nuestra obligación. Y en parte, si no rascamos mínimamente la superficie de esta sentencia, puede ser cierta, y puede servir como uno de los motivos por los que no hay que romper con nada directamente. Pero sí hay que intentar ser audaces, y no dar por sentado que el mundo es lo que parece ser. Porque este mundo no solo funciona como algunos creen.
Así, desde la ortodoxia contemporánea, en el plano nacional sí cabe la posibilidad de establecer nuevas intenciones, pero en esta Europa económica –estructurada como un club de intereses por divisiones, y no como una nación–, si viajas en un vagón de segunda, tus posibilidades legislativas no existen. E incluso tampoco a contracorriente entre los de primera clase. Y es que la capacidad negociadora concluye una vez firmada la incorporación. Pero eso es solo sobre el papel. Y de hecho no es más que un escaparate repleto de cajas vacías, vistoso pero sin valor.
Se puede trabajar bastante más allá del marco normativo. Los últimos interesados en que un país plantee abandonar esa absurda –y funesta– prisión de alta seguridad que es el Euro (que no la UE, porque hay que recordar que de los 28 actuales son 17 los países que lo adoptaron como moneda), son los que hacen su agosto con ella –sus diseñadores–. Por tanto la presión es, circunstancialmente y por obligación, un elemento clave en los hipotéticos acontecimientos venideros. La ilusión de poder de la unión monetaria sobre sus estados miembros solo funciona cuando esos estados miembros están gobernados por títeres del poder económico (como ocurrió en Grecia, Portugal y Chipre, y en otra medida, porque era un premio gordo aun sin rescate, en España), pero nunca puede funcionar sobre un gobierno independiente. Sin actores no hay comedia.
Ver imposibilidades formales donde solo hay oportunidad no es propio de una supuesta cultura de ‘emprendedores’. La política no es –y la de verdad nunca lo ha sido– aquello que está pensado para cumplir leyes, sino lo que debe motivarlas, adaptarlas, transformarlas, y establecerlas pensando en el bienestar del conjunto de la sociedad. Todo lo demás es miedo, aceptación, confusión, y un sometimiento que retrata mejor que ninguna explicación por qué no hay que rendirse prematuramente.
Desde ya, antes de que tengamos alguna posibilidad, nos dicen, incluso desde ángulos insospechados, qué se puede y qué no se puede hacer. Y si les creyéramos lo mejor sería dejarse llevar, dejarse caer. Pero nos lo dicen porque el decorado está carcomido y el miedo ha cambiado de bando. Y en base a esa revelación de roles, porque cada día somos más las personas que sabemos que la historia se escribe en el presente, y que solo es posible saber de lo que somos capaces si lo intentamos.
Lo que no tendría sentido es seguir como hasta ahora. Y hoy, sinceramente, y después de muchos años de escepticismo, ya no dudo sobre si estamos en disposición de intentarlo: estoy convencido de que sí se puede. Todo lo demás no me interesa. Los cuentos ya me los contaron cuando era un niño y, por cierto, eran mucho mejores que estos (seguro que hasta el del Coco lo hacía más interesante cualquier madre o padre).
Cuatro décadas con una obra en cartel dan para mucho. También para que los actores no sean creíbles, e incluso para que los directores de escena se hagan viejos. Será por eso que como ya he dicho, en ocasiones veo muertos: pero muertos que se creen muy ‘vivos’. Tan vivos que aspiran a que cuele que el que nos meta miedo con el Coco sea el hombre del saco. Y es que al final esto es surrealista pero, especialmente, tragicómico. Aunque la función toca a su fin, o, al menos, por el bien general, debiera hacerlo.