Antonio Verdasca Cardoso, Marta Figueras Costa, Pau Martínez Farrero y Montserrat Rodríguez Garzo
Miembros de la Comisión de Psicoanálisis del Colegio Oficial de Psicología de Catalunya
18/12/2025
Edificios destruidos en Gaza.
Vivimos en una paradoja: mientras la ciencia y la tecnología avanzan, el mundo se hunde en una espiral de violencia que parece no tener fin. Nuevas guerras surgen a diario y las antiguas se reavivan, como si la humanidad no aprendiera de sus tragedias pasadas; dos mil años y nada. ¿Qué impulsa al ser humano a matar con tanta facilidad? ¿Por qué tanta agresividad desbocada?
A diferencia de los animales, que matan por necesidad de alimentarse, defenderse o proteger a su grupo, el ser humano es capaz de matar por sentimientos: odio, venganza, rencor, incluso por placer. No necesita que el otro represente una amenaza directa; a veces basta con que su existencia resulte intolerable. En ese sentido, la violencia humana no es solo instintiva, sino también una expresión simbólica, es decir, una expresión cargada de significado, ya sea ritual, político, íntimo o colectivo.
Lo más inquietante es que este impulso destructivo no siempre proviene de personas con un marcado perfil psicopático. A menudo se ejerce desde la aparente normalidad, en contextos sociales organizados, burocratizados y moralmente indiferentes. Hannah Arendt lo formuló con claridad en su libro Eichmann en Jerusalén: el mal puede ser banal, ejecutado por individuos corrientes, eficaces y obedientes, sin pasión ni remordimiento. Esta idea se vuelve aún más escalofriante si la traemos a la actualidad: recientemente, la Fiscalía de Milán ha abierto una investigación sobre supuestos “safaris humanos” en la guerra de Bosnia, donde personas acomodadas pagaban decenas de miles de euros para disparar a civiles en Sarajevo.
Como plantea Georges Didi-Huberman, detrás de las grandes catástrofes humanas —guerras, genocidios, torturas y violencias sistemáticas, etc.— se puede observar una constante: la escisión del sentir. Para provocar el sufrimiento y la muerte, el otro debe dejar de ser considerado un ser humano y convertirse en un objeto que pueda ser fagocitado y transformado en enemigo, amenaza, número o simple ente odiable. Solo así se puede maltratar a otro sin piedad, coserlo a balazos, pero sin conmoción, matarlo con inquina pero sin culpa.
Los animales no matan por odio, goce o desprecio. Una serpiente no muerde por diversión. Solo el ser humano ha construido una narrativa para justificar el exterminio, revestida de ideología, religión, patria, justicia, etc. Ha convertido el asesinato en espectáculo, en un arcoíris propagandístico, en estrategia económica o política, pero siempre, en un reguero de sufrimiento.
Quizá la pregunta urgente no sea cómo frenar las guerras, sino por qué se continúan fabricando y alentando. Schopenhauer propuso el término “voluntad” para hacer referencia a la existencia, en el ser humano, de un impulso superior e irracional que tiende a perpetuarse. Nietzsche planteó la idea del “eterno retorno”, principio cosmológico por el cual todo se repite de forma indefinida. Freud consideró que en todo ser humano existe un impulso a repetir, de manera inconsciente, los mismos actos y comportamientos, que denominó “compulsión a la repetición”. Esta tendencia a la repetición puede dar lugar a conductas destructivas y autodestructivas, como es el caso de muchas adicciones (“sé que el tabaco mata y el juego arruina, pero no puedo dejar de fumar ni de derrochar mi dinero en los salones”), o a la cronificación aparentemente incomprensible de determinados síntomas psíquicos, como Sylvie Le Poulichet, Hugo Freda y otros psicoanalistas contemporáneos sostienen. Es decir, en el ser humano no solo existe una tendencia innata a preservar la vida sino también a destruirla, ya sea la propia o la ajena.
Entender el núcleo de esta tendencia aniquiladora puede ser fundamental para adquirir un dominio sobre ella. Como afirmaba Emmanuel Lévinas, cuando el placer no se encuentra en el exterminio del otro, puede empezar a reconocerse su valor como ser humano y persona.
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