Javier Nix Calderón 20/1/2026
¿QUEDA ESPACIO PARA LA ESPERANZA?
El mundo se prepara para la enésima concentración de poder imperial mientras suenan tambores de guerra en el horizonte. Esta historia no es nueva, ha pasado antes, está pasando ahora y volverá a pasar en el futuro. El guion lleva siglos establecido. Los actores conocen a la perfección sus frases, las han ensayado mil veces. Ha habido diversos escenarios, miedos distintos, odios que rimaban en otras sílabas. El argumento de la obra tiene, sin embargo, elementos comunes: nacionalismo exacerbado, extremismo religioso, desigualdad galopante, élites avariciosas y asustadas que se congregan alrededor de gobernantes psicópatas, conjurándose para no perder sus privilegios. Las masas, idiotizadas y alienadas, convenientemente aleccionadas y divididas, ponen la carne que servirá de ariete para la defensa de los intereses de unos cuantos. La historia es vieja, todos la conocemos. Si no se repite, está claro que al menos rima.
Puede que esta vez sea distinto. Si no es distinto, al menos es más rápido. La olla del presente está en plena ebullición bajo el fuego de una historia acelerada. Los acontecimientos se suceden a una velocidad vertiginosa, dejándonos sumidos en un estado de shock del que es difícil salir. Por debajo, se escucha un ruido de fondo que ya conocemos: es el fascismo, esa pulsión de muerte, alzándose de nuevo y señalando los enemigos a los que odiar con un dedo de su mano, mientras los otros cuatro se señalan a sí mismo. Las ultraderechas de todo el mundo, organizadas, tocan al unísono esa melodía que suena a muerte. Los discursos del odio se alzan por todas partes. Nuevas Gestapos cazan a plena luz del día a personas cuyo único delito ha sido escapar de la pobreza, hablar con acento extranjero o tener un color de piel más oscuro de lo debido para los estándares raciales del neofascismo que nos rodea. Las redes sociales se han convertido en el altavoz propagandístico para fidelizar a legiones de personas asustadas ante el desmoronamiento del mundo que conocíamos. Nuestros jóvenes, con la capacidad de atención mermada, son presa fácil para el eslogan simple y para el miedo. El algoritmo es el nuevo Goebbels. Las pantallas a través de las que vivimos nuestra realidad, cárceles mentales modernas.
Pero no me resigno a creer que la esperanza esté muerta. Pienso en la capacidad humana para sobreponerse a las pruebas terribles a las que nos ha sometido el tiempo. Pienso en que Hitler acabó pegándose un tiro en la sien en Berlín. Mussolini, colgado de los pies en la plaza Loreto de Milán. Que el muro de Berlín cayó bajo las mazas de los alemanes, que triunfó la Revolución de Terciopelo en Praga, la de los Claveles en Portugal, que el pueblo español trajo la democracia a este país tras años de presión popular, huelgas y manifestaciones. Los tiranos no pueden triunfar, ni podemos dejar que nos arrebaten la esperanza.
Quiero rescatar la historia que explica la foto que acompaña este texto. Son Stefan Zweig, el famoso escritor austrohúngaro y judío, y su mujer, que se suicidaron en Brasil un 22 de febrero de 1942. Zweig, asfixiado por la presión a la que el nazismo sometía a los judíos europeos, se exilió cuando el nazismo comenzó a imponer su dictado genocida a las naciones europeas. En 1934, se marchó a Inglaterra, para dirigirse en 1940 a Brasil, donde viviría hasta 1942. Desde su exilio, asistió al triunfo arrollador del nazismo en toda Europa: la bota nazi había aplastado el continente entero, llegando a las puertas de Moscú. Muerta su esperanza, convencido de que el nazismo se extendería por el mundo como una mancha de aceite, decidió suicidarse junto a su mujer ingiriendo una dosis letal de veronal.
Dejó una nota de despedida. Son las palabras de un hombre con la esperanza muerta, sin fuerzas para resistir la descomposición de su mundo. La última frase decía así: “𝐩𝐫𝐞𝐟𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐭𝐞𝐫𝐦𝐢𝐧𝐚𝐫 𝐦𝐢 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐦𝐨𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐚𝐝𝐞𝐜𝐮𝐚𝐝𝐨, 𝐣𝐮𝐬𝐭𝐨, 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐮𝐧 𝐡𝐨𝐦𝐛𝐫𝐞 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐬𝐮 𝐭𝐫𝐚𝐛𝐚𝐣𝐨 𝐜𝐮𝐥𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥 𝐟𝐮𝐞 𝐬𝐢𝐞𝐦𝐩𝐫𝐞 𝐥𝐚 𝐦𝐚́𝐬 𝐩𝐮𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐬𝐮𝐬 𝐚𝐥𝐞𝐠𝐫𝐢́𝐚𝐬 𝐲 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐬𝐮 𝐥𝐢𝐛𝐞𝐫𝐭𝐚𝐝 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐥 —𝐥𝐚 𝐦𝐚́𝐬 𝐩𝐫𝐞𝐜𝐢𝐨𝐬𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐩𝐨𝐬𝐞𝐬𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐞𝐧 𝐞𝐬𝐭𝐞 𝐦𝐮𝐧𝐝𝐨.
𝐃𝐞𝐣𝐨 𝐬𝐚𝐥𝐮𝐝𝐨𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐭𝐨𝐝𝐨𝐬 𝐦𝐢𝐬 𝐚𝐦𝐢𝐠𝐨𝐬: 𝐪𝐮𝐢𝐳𝐚́ 𝐞𝐥𝐥𝐨𝐬 𝐯𝐢𝐯𝐚𝐧 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐯𝐞𝐫 𝐞𝐥 𝐚𝐦𝐚𝐧𝐞𝐜𝐞𝐫 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐮𝐞́𝐬 𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐚 𝐥𝐚𝐫𝐠𝐚 𝐧𝐨𝐜𝐡𝐞. 𝐘𝐨, 𝐦𝐚́𝐬 𝐢𝐦𝐩𝐚𝐜𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞, 𝐦𝐞 𝐯𝐨𝐲 𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥𝐥𝐨𝐬.”
Meses después de su suicidio, los nazis corrían como ratas hacia las fronteras de Alemania. Zweig no tuvo fuerzas para ver el nuevo amanecer tras aquella larga noche. Nosotros tenemos la obligación de resistir para, una vez más, hacer caer la tiranía, esta y las que estén por venir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario