octubre 30, 2014

Ser buenos, ¿para qué?, de El viajero de Orión

Bertolt Brecht poseía la agudeza intelectual suficiente para provocar reacciones, tanto en el lector como en el espectador. Conocía el interior del ser humano y la contradicción permanente en la que vive o, mejor dicho, vivimos. Con su poesía, con sus canciones y con su teatro, quiso enseñarnos los procesos dialécticos en los que se desenvuelve la existencia humana; y sobre todo, pretendió hacernos reaccionar ante la inmovilidad y la injusticia, no solo para salvarnos de nosotros mismos sino para salvar al mundo.

Nació en 1898 en Alemania. Sus orígenes fueron burgueses; su padre dirigía y poseía una empresa papelera. El amor por la escritura le surgió de manera temprana, en 1914 ya se habían publicado poemas suyos. Tras unos estudios primarios en los que destacó, en 1917, entró en la Universidad de Munich, dispuesto a estudiar medicina. La Primera Guerra Mundial truncó su proyecto académico y le llevó al frente bélico como enfermero, experiencia que le puso en contacto con el espanto en todas sus manifestaciones. Con la guerra terminada retomó sus estudios pero los abandonó en 1921, imbuido por un impulso revolucionario que le acompañaría hasta el fin de sus días. Su primera obra teatral, Baal, profundizaba en los «abismos de la existencia» a través de la «perversión y el libertinaje». En ese tiempo, Brecht estudiaba el marxismo; de ese estudio nació su filiación al Partido Comunista de Alemania.

Bertolt Brecht es quizá el dramaturgo más importante de los años 20. Su influencia no solo se dejó ver en su época sino que también ha trascendido hasta nuestros días. Su teatro trataba de implicar al espectador en la obra de tal modo que provocará la reflexión en él. Aunque en un primer momento estuvo influido por el expresionismo y, por tanto, su inmersión en el drama lo realizaba de una manera nihilista —en el sentido de negación de la sociedad burguesa—, una vez determinado hacia el análisis marxista de la historia, su enfoque dramático sufrió un cambio radical, con una clara visión pedagógica. En los escenarios que desarrollaba, en los que los actores se desenvolvían, se representaban aspectos relacionados con los grandes conflictos del ser humano, tanto a nivel moral como social. Brecht quería decirnos: ¡Ven, mira y saca tus propias conclusiones, la responsabilidad a partir de ahora es tuya! Mostraba lo que la lucha de clases provocaba cotidianamente; exponía un problema que consideraba trascendental para que el espectador fuera consciente de la permanente contradicción en la vivía, pero no le indicaba cómo tenía que actuar. Es el materialismo dialéctico su guía, el que conduce sus obras dramáticas. Brecht siente la angustia de la vida humana, la que ha sido, la que es y la que será, y se planta ante ella porque quiere obligarnos a dar respuestas.

Brecht no quiere que el espectador se identifique con los personajes sino que piense en profundidad sobre el mensaje que los actores le están transmitiendo. A eso él lo llamaba «distanciamiento». Consideraba que el teatro era para pensar. Creía firmemente que cuando el espectador se identifica con la obra esta pierde su función pedagógica.

La obra teatral El alma buena de Se-Chuan, también traducida como «La buena persona de Se-Chuan», la empezó a escribir en 1938 y la terminó en 1940.

El tema que la define es muy básico y a la vez apabullante. Nos presenta el proceso dialéctico continuo que vive una persona, Se-Chuan, enfrentada a un mundo reprobable y cruel; desenvolviéndose constantemente entre la idea de hacer el bien, como principio de conducta fundamental en su vida, y hacer el mal, como herramienta de supervivencia que casi todos sus congéneres parecen ejercer con una solvencia inaudita. Después de ver la obra se llega a la conclusión de que lo normal en el mundo capitalista es un universo injusto, es el mal, y el bien algo que no va más allá de un dogma propio de cualquier religión o de los supuestos filosóficos de ideas liberadoras.

Brecht utiliza la presencia de los dioses como un símbolo perenne, como un ojo que todo lo ve, que intenta imponer sus mandamientos, sus leyes morales, altos valores basados en la dignidad y en la solidaridad. Pero no deja de ser más que una idea exótica en un mundo despiadado. Los dioses no existen pero sí existe la «moral» o la ética revolucionaria de turno que nos exige unas conductas en pro de una sociedad mejor. Pero, ¿es posible aplicar esos mandamientos? ¿Es realista pedirle a alguien que se comporte de una manera digna y ética cuando no posee nada? He ahí la cuestión.

Esta obra tiene su paralelismo en textos bíblicos que plantean situaciones semejantes. Me refiero en concreto el relato de Sodoma y Gomorra, en el Antiguos Testamento. Si hubiera existido un solo hombre bueno en estas ciudades no habrían sido destruidas por el terrible Dios de los judío-cristianos. 

¿Qué pretende Brecht contarnos a través de Shen-te? Hay opiniones para todos los gustos. Yo pienso que simplemente nos expresa la idea de que vivir en un contexto de permanente injusticia es muy difícil; y, también, que a pesar de la moral revolucionaria que podamos portar en nuestro interior —incluso aplicándola— quizá no consigamos demasiado a nuestro alrededor, colectivamente hablando, hasta que las estructuras que facilitan la injusticia desaparezcan, y de sus cenizas surja un ser humano nuevo. Brecht no ofrece ninguna solución. Al revés, pide ayuda al espectador:
«[…]¿Hacen falta otros dioses? ¿O acaso ninguno? ¡Henos aquí, angustiados hasta el fondo del alma! A fin de poner término a estas dudas. Buscad vosotros mismos algún medio para que un alma buena pueda hallar la solución feliz que exige su bondad. Amado público, busca tú un buen final. Tiene que existir alguno, tiene existir, ¡tiene que existir!
La dialéctica entre el bien y el mal dirige la escena, expresada de una manera sencilla, infantil, ingenua, sin pretensiones. Los personajes son personas elementales, del pueblo llano, cada uno con su papel, mejor o peor, a fin de cuentas, seres humanos comunes, que quieren vivir como sea. Shen-te es especial, ella desea, como principio categórico personal, hacer el bien en su mezquino universo. Y ello dentro de un mundo miserable sin esperanza:
WANG (el aguador): […] la miseria es cosa de todos los días. […] Todo Se-Chuan no es más que un estercolero.
Brecht representa el bien y al mal en un mismo personaje; utiliza máscaras, al estilo teatral griego primitivo: Shen-te y Shui-ta, dos formas de intervenir en la realidad desde la misma persona. 

No sé si Brecht creía en que al final del proceso dialéctico, la síntesis entre el bien y el mal iba a ser un mundo justo y renovado. Los hechos históricos nos indican lo contrario. Casi se podría decir que mediante la simple y mecánica resolución de tensiones puede pasar cualquier cosa destructiva, relacionada con la expresión última del poder y del misticismo, sea este el que sea. Shen-te personifica la solidaridad, el apoyo mutuo, la bondad porque sí, floreciendo desde lo más bajo, desde una prostituta que comercia con su cuerpo para sobrevivir. El mensaje implícito en sus acciones no solo no es comprendido sin que es interpretado como debilidad; además, su bondad provoca desorden, desequilibrio en la comunidad; lo que hace no se entiende, aunque beneficie a algunos; y como su conducta no forma parte de la lógica de la injusticia, para que se restablezca el equilibrio tiene que hacer acto de aparición Shui-ta, la autoridad, la explotación, el trabajo sumiso, la corrupción; así vuelve el orden y las cosas regresan a su sitio, si bien con ello la mierda les ahoga a casi todos. Pero están preparados para entender el mal y no su contrario.

¿Qué queda de la moral, de los preceptos, de los mandamientos? A nadie le importan porque están demasiado ocupados en sobrevivir. Quizá sea demasiado tarde para el mundo y solo nos quede gritar, «¡Socorro!», el problema es que no hay nadie que nos oiga, estamos solos, irremediablemente solos ante nuestro destino. O construimos desde nuestra inteligencia o nos consumimos en la mugre de la miseria.

¡Pobre Shen-te!, piensa el espectador, aunque adivine el drama en el que está envuelta. Es una ingenua, una pobre idiota incapaz de comprender que no hay esperanza. Brecht sí quiere que la haya, la desea, pero no la impone con su discurso, nos da la oportunidad de ocupar nuestro lugar en la obra universal que es la lucha de clases y en la injusticia derivada de ella, para que asumamos nuestra responsabilidad individual y colectiva. : «Hay hombres que luchan un día y son buenos. / Hay otros que luchan un año y son mejores. / Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. / Pero hay los que luchan toda la vida, /
y esos son imprescindibles».

Así, tenemos a Shen-te, perdiendo su casa para favorecer a los dioses, para acoger sus mandamientos y estos la gratifican con un dinero que ella va a emplear en mejorar su vida y la de los que le pidan ayuda.
SHEN-TE: […] Quisiera ser buena pero entonces, ¿cómo arreglármelas para pagar el alquiler […] Estoy llena de buenas intenciones. […] quisiera no tener que envidiar la casa ajena ni explotar al prójimo […] Pero ¿qué puedo hacer?
Ella lo intenta, lucha por construir un mundo mejor en su entorno pero los golpes le vienen uno detrás de otro, y no solo de los que más tienen sino, en la mayoría de las ocasiones, de sus iguales.
SHEN-TE: ¡Oh, desdichados! / Torturan a unos de vuestros hermanos y cerráis los ojos. / El herido ruge de dolor y guardáis silencio. / El torturador pasea su mirada y elige su presa. / Y decís: No nos harán nada porque estamos quietos. / ¿Y esta es una ciudad? ¿Y estos son hombres? / ¡Si la injusticia germina en la ciudad, que la revuelta estalle! / Y si no estalla, que la ciudad entera se consuma en el fuego antes de que llegue la noche […]
Shen-te se siente perdida y recurre a Shui-ta.
SHEN-TE: Para poder comer todos los días / hay que ser feroz como los fundadores de imperios. / No es posible socorrer a un desdichado / sin aplastar a otros doce. […]
Incluso en el amor es derrotada:
«Las caricias terminan en abrazo mortal. El suspiro amoroso se hace grito angustiado. ¿Por qué vuelan los buitres en derredor? Una muchacha acude a una cita de amor».
SHEN-TE: […] Quiero partir con el hombre que amo. No quiero calcular lo que me costará. No quiero preguntarme si obro con cordura. No quiero averiguar tampoco si me ama. Quiero partir con el hombre que amo.
SHUI-TA: Las buenas acciones significan la ruina.
WANG: En cambio las malas acciones significan la buena vida, ¿no? […]
SHEN-TE: ¡Socorro!