Víctor Alonso Rocafort 4/12/2025
El autor, profesor en la Complutense de Madrid, defiende la libertad de expresión en toda institución universitaria que se quiera democrática y llama a frenar los ataques ultras en los campus
Estudiantes manifestándose en la UCM contra la presencia de Vito Quiles. En la pancarta se lee “Fuera fascistas de la universidad”
Durante el verano de 1964, estudiantes universitarios de California estuvieron en el sur de Estados Unidos participando en las protestas contra la segregación racial de su país, llevando a cabo lo que fue un curso acelerado en participación política y activismo en defensa de los derechos humanos. Cuando aquel otoño regresaron a la Universidad de California en Berkeley, prosiguieron con sus actividades de difusión y acciones no violentas frente al racismo, pero las autoridades académicas rápidamente se las prohibieron. La universidad no era un recinto donde se pudiera hacer política, debía mantenerse neutral, argumentaban. El rechazo del estudiantado a este razonamiento supuso el nacimiento del Free Speech Movement, el movimiento que inició las amplias protestas universitarias de aquella década en los Estados Unidos y que iría mucho más allá. Impulsaría, ya en 1965, las protestas contra la guerra del Vietnam en los campus norteamericanos, y trataría de ofrecer un nuevo sentido a las instituciones universitarias. Los célebres departamentos de estudios afroamericanos o de género de estas no cayeron del cielo, sino que fueron fruto de estas luchas.
Sheldon S. Wolin, entonces joven profesor de teoría política en Berkeley, siguió de cerca el proceso aquellos años, escribiendo artículos y libros que hoy son de obligada lectura al respecto. Su concepto de “democracia fugitiva” surge precisamente también de aquella experiencia, pues a finales de aquella década el entonces gobernador de California, un tal Ronald Reagan, decidió lanzar a la Guardia Nacional a una represión feroz contra la comunidad universitaria, lo que acabó disolviendo el movimiento.
En 1929, el partido nacionalsocialista ponía en marcha su estrategia para hacerse con las asociaciones estudiantiles de las universidades alemanas
En una experiencia diametralmente opuesta, durante el año de 1929 el partido nacionalsocialista ponía en marcha su estrategia para hacerse con las asociaciones estudiantiles de las universidades alemanas. Para ello fueron arrebatando el discurso y el poder a los sectores tradicionales de la derecha nacionalista, así como estableciéndose en la universidad a base de actos de contenido claramente antisemita y racista. Hostigaban asimismo a la comunidad universitaria pacifista o de origen judío, mientras las autoridades académicas y políticas se veían desbordadas. En su estudio sobre la cuestión, Geoffrey J. Giles considera por ejemplo cómo el rector de la Universidad de Hamburgo durante aquellos años, Ludolf Bauer, con su benevolencia ante esta ofensiva, estaba pavimentando el advenimiento de los nazis. En 1931 las juventudes universitarias del partido nacionalsocialista (NSDtB) obtuvieron, merced a esta estrategia, el dominio de las asociaciones de estudiantes en las universidades alemanas, tan solo dos años antes de obtener el poder político del Estado.
El que fuera líder desde 1928 del NSDtB, Baldur von Schirach, cercano a Joseph Goebbels, sería promocionado tras este éxito a líder de las juventudes hitlerianas en 1932. La estrategia relámpago para el asalto a las universidades, espoleando lo peor de las pasiones y razones de su estudiantado a base de discursos de odio, se revelaba una pieza clave y a replicar para el advenimiento del III Reich. En 1940 von Schirach llegaría a ser nombrado jefe del partido Nazi y gobernador del Reich para Viena por Adolf Hitler, resultando directamente implicado en la deportación de 185.000 judíos. Tras su público arrepentimiento, sería condenado en Nuremberg a 20 años de prisión por crímenes contra la humanidad.
Es destacable el papel que tuvo en Ruanda la Radio-Télévision Libre des Miles Collines (RTLM) en la preparación del genocidio de 800.000 tutsis
Otro lugar habitual desde el que estudiar las terribles consecuencias de los discursos de odio es el papel que tuvo en Ruanda la Radio-Télévision Libre des Miles Collines (RTLM) en la preparación de lo que sería el genocidio sobre unos 800.000 tutsis y hutus moderados en 1994. En sus programas se hacía uso de un lenguaje desenfadado, dirigido a los más jóvenes, que mezclaba la música con arengas contra unos tutsis que eran calificados como “cucarachas”. La deshumanización acompañaba a una construcción del enemigo al que se dibujaba como presto a dar el primer golpe. El inminente ataque de los hutus extremistas, por tanto, comenzó a construirse como una defensa necesaria desde las ondas.
Hace unos días acudía a la Universidad Complutense de Madrid (UCM) el profesor norteamericano Mark Bray, autor del libro Antifa. El manual antifascista, quien nos traía una experiencia más cercana en el tiempo tras haberse tenido prácticamente que exiliar en nuestro país a raíz de las amenazas de muerte recibidas por parte de la extrema derecha trumpista.
En 2017, la entonces alt-right norteamericana llevó a cabo con éxito su particular estrategia relámpago de entrada en las universidades
Nuestra situación en España le recordaba al 2017 de Estados Unidos, nos dijo Bray. Aquel año, como relata en su obra, la entonces alt-right norteamericana llevó a cabo con éxito su particular estrategia relámpago de entrada en las universidades. Enarbolando cínicamente el discurso de la libertad de expresión, y obteniendo con ello diversos apoyos liberales como los del célebre presentador Bill Maher, aprovecharon para verter impunemente en los centros universitarios sus discursos de hostigamiento, acoso y persecución, especialmente contra la comunidad migrante, musulmana o LGTBIQ. Las posiciones en pro de una libertad de opinión absoluta, también para aquellas opiniones que pudieran suponer acoso o violencia contra colectivos enteros, estaban abriendo de par en par al trumpismo y al supremacismo blanco espacios culturales y mediáticos antes impensables. Actores fundamentales de esta nueva derecha, como Ben Shapiro o Jordan Peterson, junto a la propia Administración Trump, no dudaban en criticar lo que denominaban autoritarismo y censura progresista en las universidades. Mientras, estas tenían que establecer nuevos protocolos para sus actos, gastando sumas enormes de dinero en seguridad ante las constantes provocaciones que recibían. Se multiplicaron así las giras de habilidosos oradores que eran regadas por millones de dólares de anónimos oligarcas o fundaciones como la hoy ya mundialmente conocida Turning Point USA. Fundada por Charlie Kirk, fue la que puso en el disparadero a Bray tras el asesinato de aquel.
La mirada histórica y otros contextos parecidos del presente nos dejan así preguntas interesantes desde analogías más o menos cercanas. Con ello en cuenta, hemos de saber también que transitaremos momentos plenamente originales para los que seguramente no tengamos una plantilla previa que nos ayude a tomar las mejores decisiones.
Con todo, una distinción conceptual parece clara como guía básica: la libertad de expresión y la política constituyen una parte esencial de toda institución universitaria que se quiera democrática. A la vez, la protección de los derechos humanos de los colectivos que entre nuestro estudiantado, profesorado y resto de personal de nuestras universidades hoy están en la diana del fascismo ha de ser algo innegociable. Nadie puede acudir con miedo a nuestros centros ni bajo el riesgo de ser discriminado u hostigado. Lo que la Ley de Convivencia Universitaria recoge directamente del célebre artículo 510 del Código Penal sobre los discursos de odio supone un elemento normativo al que recurrir para tratar de que esto se respete. Y como recuerda Bray, la lucha histórica antifascista concreta, protagonizada por colectivos perseguidos que buscaban negar tribunas a aquellos fascistas que promovían su persecución, cuando no su eliminación directa, también han de suponer un referente.
En los últimos tiempos, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense hemos tenido distintos incidentes con líderes de la extrema derecha que querían venir a protagonizar actos académicos sin que estos hubieran sido autorizados. En marzo de 2022 Ortega Smith inauguraba esta estrategia, acompañado entonces del pseudoperiodista ultraderechista Vito Quiles y de una asociación externa a la UCM denominada significativamente Plataforma 711. Fue una iniciativa que pronto trataría de emular Espinosa de los Monteros, al que le acompañaría un equipo de seguridad con declarados neonazis cuyo nombre, también significativo, era Triple A. Pronto lo intentaría también la portavoz de Vox en Madrid, Isabel Pérez Moñino, ante quien la comunidad universitaria decidió en su momento idear lo que se denominó un baile contra el odio. Salvo en el caso de Espinosa, que ha provocado el proceso a los 7 de Somosaguas, el resto de denuncias que vienen interponiendo ha quedado de momento en nada.
Isabel Díaz Ayuso salía a comienzos de noviembre en defensa de Quiles y llegaba a decir en sede parlamentaria que este era “perseguido por los campus”
Como no podía ser menos, Vito Quiles nos incluyó en su reciente gira por diversas universidades del Estado. Quien fuera candidato y jefe de prensa de la formación neofascista Se Acabó la Fiesta (SALF) trabaja como periodista de un medio digital, Eda TV, que ha recibido en los últimos años hasta 172 contratos a dedo por valor de 680.000 euros desde los gobiernos del Partido Popular. La propia Isabel Díaz Ayuso salía a comienzos de noviembre en defensa de Quiles y llegaba a decir en sede parlamentaria que este era “perseguido por los campus”. El pasado fin de semana, conocíamos también que Quiles participaba en un acto de Nuevas Generaciones en una discoteca de la región. El líder de esta formación juvenil del PP de Madrid había anunciado hace unos meses un acuerdo con varios establecimientos para obtener chupitos, copas y listas VIP gratis para su militancia.
En algunos actos previos de su gira, como el celebrado frente a la Universidad de Valencia, la limitada oratoria de Quiles se había centrado en soltar exabruptos como “ratas marxistas”, “cucarachas”, “vagos y maleantes” o “gentuza de extrema izquierda” contra quienes se le oponían. Todo ello lo expresaba jaleado por el “¡a por ellos!” o el “España cristiana, y no musulmana” de sus seguidores. En la Universidad de Granada él mismo llegó a gritar directamente con su altavoz el “¡a por ellos!”.
El miércoles 12 de noviembre tocaba así la Complutense. Quiles reunió aquella tarde apenas a un puñado de fieles frente a Somosaguas. Dentro del recinto académico la protesta de la comunidad universitaria les triplicaba en número. Entre medias se dispuso un amplio despliegue policial. Aquella tarde el agitador ultra llamó a quienes estaban en Somosaguas “terroristas callejeros”, calificando al campus de “foco de infecciones comunistas” o “estercolero marxista cultural”. Sus fieles cantaban el cara al Sol o consignas racistas mientras en un instante se escucha una voz de fondo que pregunta: “Vito, ¿qué hacemos?”. En otro de los vídeos sobre su discurso de aquella jornada, se escucha a Quiles argumentar que, frente a “la violencia y el totalitarismo” de la izquierda, “nosotros no nos vamos a quedar de brazos cruzados”.
Poco después de acabar el acto, ya caída la noche, al menos dos grupos de jóvenes, algunos de ellos de estética neonazi, entraron en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología amedrentando a su comunidad universitaria con acciones de diversa gravedad. Vertieron así insultos como “rojo de mierda” a un docente, intentaron abrir la puerta del despacho a otra profesora que se dio la vuelta para encerrarse rápidamente en su despacho al encontrárselos de frente en un pasillo, rayaron esvásticas en los espejos de diversos baños, junto a mensajes de “viva Franco” y de “muerte a los rojos”, mientras realizaban saludos fascistas con una bandera franquista al estudiantado que salió de clase ante el ruido que hacían en su batida.
Acción contra el odio ha interpuesto una denuncia a Quiles ante la Fiscalía por delito de odio ideológico y provocación de desórdenes públicos
Se logró identificar a algunos de estos intrusos y se ha interpuesto la correspondiente denuncia por parte de la Facultad. Ahora también, desde la sociedad civil, Acción contra el odio (ACO) ha decidido interponer una denuncia a Quiles ante la Fiscalía por delito de odio ideológico y provocación de desórdenes públicos. Esta iniciativa legal cuenta ya también con la pública adhesión formal del sindicato CGT de la UCM. Junto con otras 18 personas de Vox, Desokupa, SALF y demás grupos de extrema derecha, Quiles figura además en otra denuncia sobre la que la Fiscalía abrió diligencias a raíz del pogromo de Torre Pacheco el pasado verano.
Es preciso detener esta deriva. Y esto no pasa por menos política en las Facultades, al contrario. Hay que organizarse y asociarse, estudiar y debatir ideas, organizar actos donde lo más valioso de la sociedad civil nos ayude a orientarnos. Es preciso, en definitiva, construir una mejor democracia en tiempos de asedio a las universidades públicas. En este sentido, no es casualidad que, junto a la motosierra financiera, el Gobierno de la Comunidad de Madrid proyecte en su próxima Ley de Universidades una alfombra roja a los discursos de odio con sanciones para quienes traten de impedirlos. El proyecto de clase y oligárquico de Díaz Ayuso, por tanto, ha de saber leerse también como iliberal. Lo que explica que se encuentre cada vez más cómodo en las calles en esa borrosa linde entre los denominados jóvenes patriotas y los neonazis.
A modo de mostrar el compromiso democrático que nos corresponde como institución pública, al menos mientras se pueda mantener, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM pronto lucirá un logo que nos señalará como un “espacio público seguro”. Con el subtexto de “Aquí nos cuidamos” se pretende también mostrar que este es un lugar “libre de miedo y odio”. Esperamos que sea una iniciativa que pronto pueda ser replicada en otras universidades públicas comprometidas en proteger la política y la libertad de expresión en sus campus, desde el respeto a los derechos humanos y la protección de sus comunidades de los discursos de odio. Y mientras, como cada día, trataremos de seguir cultivando en nuestros campus aquellos valores de respeto, sentido de la justicia y amplia amistad política entre distintos que conforma la base del proyecto democrático.
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