marzo 04, 2025

"La gente prefiere no saber qué contienen la lechuga, el tomate o la fresa, porque si supiera, ya no comería"


Almudena de Cabo  31 enero 2025



Un acto tan cotidiano como es comer una ensalada puede ser menos saludable de lo que pensamos. Tras décadas de agricultura industrial, todo el mundo es consciente de que la comida en mayor o menor medida puede estar contaminada por pesticidas.

Y también del impacto medioambiental que supone consumir alimentos que vienen del otro lado del mundo.

Rafael Navarro de Castro, sociólogo y diplomado en Extensión y Desarrollo Rural, sabe lo complicado que es luchar contra ello, pero reclama que se indique al menos con carteles grandes de dónde provienen los alimentos que compramos y cuántos pesticidas contienen para saber qué nos llevamos a la boca y luego que cada cual decida.

En su opinión, el cultivo bajo plástico de los invernaderos es la metáfora perfecta de este mundo moderno.

La Tierra no tiene un plástico que la recubra, pero sí gases que hacen el mismo efecto: conservar el calor. De ahí el título de su segundo libro "Planeta invernadero", en el que el escritor introduce al lector en un viaje a lo largo de 2019 en el Poniente, una región costera española marcada por los invernaderos que configuran este peculiar mar de plásticos.

A través de su protagonista Sara, una ingeniera agrónoma madrileña, muestra el impacto de la industria agroquímica en el medio ambiente y en la salud humana, así como la migración y la explotación laboral en el sector agrícola.

Él, como su protagonista, decidió hacer un cambio de vida, en su caso hace 24 años.

Abandonó su pequeño apartamento en el centro de Madrid para irse a vivir a Monachil, un pueblo a los pies de Sierra Nevada, en el sur de España, donde sus vecinos pensaron que no duraría ni un año.

Pero se equivocaron. En esas más de dos décadas ha visto de primera mano el cambio climático: castaños milenarios que se mueren por falta de agua y una cuota de nieve que ha subido de los 2.000 a los 3.000 metros convirtiendo los ríos en verano en pequeños riachuelos.

BBC Mundo habló con él en el marco del Hay Festival de Cartagena 2025, el festival de literatura e ideas que cumple a fines de enero sus 20 años de celebración en esta ciudad del Caribe colombiano.

En tu novela "Planeta invernadero" haces un retrato de la sociedad en la que vivimos y de sus problemas, desde los medioambientales hasta los sociales. ¿Qué te impulsó a escribirla?

Tendríamos que remontarnos a la novela anterior. Mi primera novela se llamaba "La tierra desnuda" y cuenta la vida de los campesinos que yo conocí en la montaña en el año 2000, cuando llegué.

Cuenta más o menos la historia de mis vecinos. Es un elogio y un homenaje a esos hombres y mujeres y a esa forma de vida, que estaba desapareciendo delante de mis ojos. Era un elogio de la vida que han llevado estas familias, que eran autosuficientes y respetuosas con el medio ambiente.

Para el siguiente libro pensé en qué venía después de esa agricultura tradicional. Pues lo que vino es la agricultura intensiva industrial. Empecé a investigar y pensé en cuál es la expresión más extrema de la agricultura intensiva: el invernadero.

Hay varias regiones en Andalucía [sur de España] que están completamente cubiertas de plástico. Igual estamos hablando de 60.000 hectáreas cubiertas de plástico. Un mundo absolutamente impresionante.

Rafael Navarro dejó su vida en el centro de Madrid para irse a vivir a un pueblo en la falda de Sierra Nevada, en el sur de España.

Centras tu historia en un lugar en el que lo que no está cubierto de plástico está cubierto de hormigón y donde el color verde está desterrado a pesar de ser la huerta de Europa. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Por el capitalismo y el productivismo. En España y en Europa el proceso ha sido abandonar las zonas rurales, porque eran improductivas.

La gente tenía que irse a las ciudades a trabajar. Pero hubo regiones, como por ejemplo el Poniente Almeriense o la Corona Norte en Huelva, que se desarrollaron tecnológicamente porque tenían acuíferos subterráneos y buenas condiciones meteorológicas.

Esos territorios no se vaciaron porque encontraron una forma de rentabilizar sus cultivos. La forma era el invernadero.

Con los invernaderos consiguen producir durante todo el año. Multiplican las cosechas, multiplican la cantidad de producto. Pero todo esto tiene un coste medioambiental gigantesco, que fundamentalmente es la contaminación del suelo y del agua, la sobreexplotación de los acuíferos y una contribución al cambio climático impresionante porque todo esto se hace a base de energía y de química.

Estos lugares crecieron y siguen creciendo con el doble problema, primero de la explotación laboral y luego de la destrucción medioambiental.

Yo en el libro intento que se vea que esto no es un problema de la agricultura industrial. La industria textil se basa en los mismos principios.

A lo largo del libro llamas la atención sobre la carne medicada, los cereales transgénicos, el pescado repleto de microplásticos, pesticidas y alimentos insípidos como los tomates. ¿Cómo lograr que el consumidor gane conciencia de lo que come?

No es solo que los tomates no sepan nada, sino que encima están contaminados y contienen muchos productos químicos que nos hacen daño y esto más o menos lo sabe todo el mundo.

La pregunta es, si todos sabemos que están contaminados, ¿por qué seguimos comprándolos y por qué seguimos comiéndolos?

Desde el punto de vista colectivo se podrían hacer mil cosas sencillas como comer de temporada. Es decir, comer aguacates en la época en que son de España, no cuando vienen del Perú. Solo eso sería un avance para la civilización y no supone un esfuerzo económico grande.

¿Por qué la gente no cambia? Porque está metida en una inercia. No miras de dónde vienen las cosas. Yo no entiendo cómo no se exige.

Debería verse muy claro de dónde viene cada producto y qué productos químicos tiene una naranja, unas acelgas, una lechuga o un tomate y luego que cada cual decida si se lo come o no.

En opinión de Navarro de Castro, el cultivo bajo plástico es la métafora perfecta del mundo en que vivimos.

En ese contexto, la protagonista se formula preguntas como: ¿cuántos pesticidas contiene ese plato tan saludable como una ensalada?

Mi editorial y editora me dicen que no hable mucho de pesticidas, porque la gente prefiere no saber qué contiene la lechuga, el tomate o la fresa, porque si no, ya no comería.

Pero yo reivindico el derecho a saberlo y además la información está ahí y se sabe que los pesticidas son cancerígenos, que afectan al sistema hormonal, al sistema reproductivo, se sabe que hay muchos problemas como el hipotiroidismo, cánceres que están relacionados con la cantidad de pesticida.

Hasta el agua del grifo y la cerveza tienen pesticidas. Se sabe, pero el consumidor no reacciona y las instituciones menos.

En 2024 la Unión Europea aprobó una moratoria del glifosato de diez años más. Es el pesticida más vendido del mundo. Se sabe que es cancerígeno. En Estados Unidos ya hay sentencias que condenaron a Monsanto a pagar a agricultores que habían contraído cáncer después de utilizarlo.

Estoy seguro que antes o después se prohibirá. Pero entre tanto nos lo estamos comiendo. Está en prácticamente todos los alimentos.

¿Crees que veremos entonces, como escribes en tu libro, mensajes como los de las cajetillas de tabaco?

No lo sé. A mí me gustaría que por lo menos la gente lo supiese, pero la gente no lo quiere saber.

Deberían saber qué siete pesticidas tiene un kilo de fresas. Porque no tienen un pesticida ni dos ni tres, tienen siete diferentes. Esta es una problemática muy grave. Como hay límites a los pesticidas los agricultores diversifican la cantidad de pesticidas que usan.

Respecto al tabaco, Marie-Monique Robin, una francesa que ha escrito mucho sobre agricultura y pesticidas, dice que en un momento determinado, la industria agroquímica se puso de acuerdo para culpar al tabaco de todo y así no se va a hablar de la contaminación química de todos nuestros productos.

Yo no soy de los que dice: pesticidas cero. Creo que en determinadas circunstancias igual hay que usar pesticidas en una situación de plaga, pero es que ahora se fumigan las plantaciones de manera preventiva y la cantidad de pesticidas que nos comemos es horrible.

Pero no creo que lleguen a poner "estas lechuga pueden perjudicar seriamente su salud" (risas), pero por lo menos deberíamos exigir que ponga lo que tiene.

Hablas de fertilizantes, de pesticidas, del aumento del cáncer, de cómo los acuíferos españoles son esquilmados o contaminados. ¿Qué futuro nos espera?

Lo que yo propongo es hacer algo, tenemos que intentar algo, funcionará o no funcionará, pero si seguimos así vamos a tener serios problemas.

He estado en los invernaderos de Almería [sur de España] hablando con los agricultores, con los empresarios, inmigrantes y allí nadie se lleva a engaño. Ellos saben que esto es una cuestión de décadas, que en 10, 20, 30 o 40 años ahí ya no va a crecer nada.

El suelo está muerto a base de química, los acuíferos están sobreexplotados, contaminados y como baja el nivel del agua, se cuela el agua del mar, y también están salinizados.

Si seguimos por este camino, el desastre está garantizado. Tenemos que intentar algo. Como mínimo echar el freno. No seguir construyendo invernaderos. Pero cada vez que voy a Almería veo invernaderos nuevos por todos lados. Pero, ¡si no hay agua!

En tu libro hablas de Rachel Carson que publicó "Primavera Silenciosa" en 1962 y la activista alemana Petra Kelly, una de las fundadoras del partido de Los Verdes en 1980. Ambas fueron perseguidas por alertar de los peligros. ¿Cómo luchar contra un engranaje tan fuerte como el que mueve la industria alimentaria?

Cuando empecé a investigar sobre la agricultura industrial me acordé de Rachel Carson y de Petra Kelly, que las había leído hacía 30 años.

Después seguí investigando y vi que todas las voces que han hablado contra la agricultura industrial más en serio son mujeres. Y decidí que la protagonista fuera una ingeniera que trabaja en los invernaderos.

Después me fijé en que todas fueron insultadas, descalificadas, amenazadas, incluso agredidas y perseguidas. Entonces pensé que eso era lo que le iba a pasar a mi protagonista. Ella forma parte del sistema, pero lo va a criticar y como consecuencia la van a insultar y perseguir como hicieron con una mujer en Almería.

De hecho, yo también he recibido insultos y denuncias. La lucha de los activistas siempre va a estar en cuestión. Mira a Greta Thunberg si no ha recibido amenazas, yo creo que sigue viviendo medio escondida en algún lugar de Suecia.

A través de Sara conocemos todo lo que pasa debajo del mar de plástico de los invernaderos incluida la vida de los migrantes sin papeles que sufren una explotación laboral que roza la esclavitud.

Esta es la contradicción que gobierna el universo. Todos lo sabemos, pero no es solo el kilo de tomate, es el teléfono que tengo yo aquí en la mano y que tendrás tú por ahí también.

Estos productos están hechos a base de explotación, de explotación de niños en minas africanas, en unas condiciones de vida inimaginables y que todos sabemos. Ya nadie puede decir que no lo sabía.

Lo que intento es ponerle rostro a esa gente. Sin el abuso y la explotación de todos estos inmigrantes, estas industrias no seguirían ni una semana más. Tú quitas mañana a los inmigrantes y tienen que cerrar, literalmente.

Puse rostro a las cosas con la pequeña esperanza de que quizás alguien diga que esto no se puede consentir.

Dices que vivimos en un mundo de contradicciones donde, por ejemplo, llevamos bolsas de tela al supermercado pero luego volamos miles de kilómetros para tumbarnos al sol. ¿Qué problemas conlleva vivir en una contradicción constante?

Creo que esta contradicción es una fuente de frustraciones, de insatisfacciones, de ansiedad probablemente. Creo que la gente vive muy ansiosa y sobre todo la gente que hace cosas que sabe que están mal.

Pero es una contradicción que todo el mundo lleva dentro. Por eso quizás la gente prefiere no saber los detalles. No quieren saber mucho para no sentirse fatal. Vivimos con eso.

Hay gente que lo resuelve con pequeños lavados de conciencia, como por ejemplo la bolsa reutilizable en el supermercado. Hay gente que piensa que como recicla ya puede subirse a un avión para pasar el fin de semana en París o escaparse a las Maldivas.

En mayor o menor grado todos tenemos que convivir con la contradicción, porque hacerlo todo bien es casi imposible.

Tú, al igual que tu protagonista, decidiste abandonar en Madrid para irte a vivir a un pueblo a los pies de Sierra Nevada. ¿No corremos el riesgo de romantizar esa huida a la naturaleza?

A mí siempre me acusan de eso, de idealizar el campo y la vida en el pueblo. Sí es verdad que mi propuesta no es colectiva, yo no creo que todo el mundo se pueda ir a vivir a la naturaleza ni al campo.

La vida en la montaña es muy dura y tienes que renunciar a muchísimas cosas. Ha sido la opción que yo he tomado en mi vida y ha sido la opción que le he dado a mi personaje, pero no es una propuesta colectiva, ni viable, porque no habría campo suficiente.

Para mí la vida en la naturaleza es más sana y más sostenible y menos contaminante que la vida en la ciudad. Estoy muy cansado también de esta visión contraria, que condena el pueblo.

Irte al pueblo puede ser horrible o puede ser maravilloso. Igual que irte a una ciudad puede ser horrible o puede ser maravilloso.

Leer el libro unos meses después de la DANA de Valencia hace que afirmaciones como que el cambio climático ha dejado de ser una amenaza para ser una emergencia estén más de actualidad que nunca. ¿Crees que este tipo de tragedias sirven para lograr una mayor concienciación sobre el clima?

Está visto que tenemos una memoria de pez, porque esto pasa todos los años. La DANA que yo cuento en la novela en 2019 no es inventada, sucedió realmente. Y los datos que yo doy son también reales.

No fue tan terrible como la del año pasado (en Valencia), pero es un fenómeno que se repite. Si ya lo sabemos, ¿por qué no tomamos medidas? Medidas, sobre todo, preventivas.

Yo creo que uno de los problemas del siglo XXI es la falta de memoria. Sigue habiendo políticos que siguen negando el cambio climático. Se sigue construyendo en zonas inundables.

Volvemos un poco a lo de antes también: no queremos saberlo o nos cuesta mucho o no queremos renunciar a nada o queremos seguir teniendo y disfrutando.

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marzo 03, 2025

Paseo semanal por CTXT, por Adriana M. Andrade: Marañas venenosas

 31/1/2025

Querida comunidad contextataria:

 

Esta última semana de enero hemos diversificado nuestras fuerzas y hemos tratado una gran variedad de temas. Se los contamos a continuación. 

 

Jesús López-Medel, abogado del Estado y colaborador habitual, escribe sobre la maraña venenosa en torno al fisco general y el empeño de derribar al presidente del Gobierno. “Los actuantes carecen de límites éticos y jurídicos y cuentan para su máxima efectividad tanto con organizaciones sin escrúpulos, […], como con jueces muy concretos que impulsan ellos mismos vulneraciones gravísimas a las leyes y al sentido común”. 

 

En un estupendo reportaje, Sebastiaan Faber nos habla de cómo Países Bajos quiere hacer frente a su pasado colaboracionista y cómo la ley está frenando el intento. En diciembre, la agencia estatal que vigila el derecho a la intimidad impidió la apertura del archivo de 30 millones de páginas.

 

Sobre memoria también escribe Marc Casals, en este caso del horror en los Balcanes. “A la hora de tratar el mal, parecemos condenados a chocar contra un núcleo que se nos resiste”. 

 

José Antonio Martín Pallín se centra en la “solución final” de Israel. Y sentencia: “Estamos viviendo una tregua, no un alto el fuego y el desenlace se aproxima”. 

 

David Roca Basadre nos cuenta la situación de Perú: “Tras dos años de una dictadura de extrema derecha […], sin que nadie votara por opción semejante, el panorama no puede ser más sombrío”. 

 

Guillem Martínez resume, como solo él sabe hacerlo, las últimas novedades en la política española. ¡Ojo!, “Junts puede mandar al gobierno al garete. Su público lo vería como una manifestación de poder, a falta de otra. Pero no puede rebajar pensiones, subir transportes o facilitar un gobierno PP-Vox sin extinguirse”. 



Nuria Alabao desentraña algunas de las primeras medidas de Donald Trump y cómo “los ataques del presidente al paradigma antidiscriminatorio estadounidense y el apoyo de muchas empresas al giro conservador generan interrogantes sobre el futuro de esta lógica política, mayoritaria en el Partido Demócrata”. No se lo pierdan. 

 

“El derecho a una información libre e independiente, fuente del criterio ciudadano, es básico. Es imperativo actuar y legislar contra su asumida y general corrupción”. Rafael Poch está convencido de que crear y potenciar medios y redes sociales públicos es fundamental en este momento. 


Por si el fin de semana pasado no tuvieron tiempo, les recomendamos que lean este fantástico análisis de Diego Delgado y Julián Macías sobre la industria de la desinformación. En esta primera entrega se centran en la Púnica e Isabel Díaz Ayuso. 

 

Nos acercamos al final. Tenemos nuevo episodio de ¡OH! ¡AY! ¡ARGG! de Cucaracha y Joya. Esta vez sobre los que “dan la batalla”. Albert Gómez invita a los “trolls” a que aprendan algo de Lovecraft y Vicente Monroy recuerda que con la muerte de David Lynch se cierran “las últimas vías verdaderamente radicales que se abrieron en Hollywood en las últimas décadas”. 

 

Para este fin de semana les adelantamos que publicaremos una entrevista de Gorka Castillo a la presa política en Irán y Premio Nobel de la Paz, Narges Mohammadi, un análisis interesantísimo de Emmanuel Rodríguez y alguna sorpresa más. 

 

Si quieren más CTXT pueden encontrar todo aquí. Y si les surgen dudas, comentarios o sugerencias estamos siempre disponibles en info@ctxt.es 

 

Que tengan un buen fin de este eterno enero y un mejor fin de semana, 

 

Adriana M. Andrade

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Ayuso se enfrenta a una indemnización histórica por la falta de un plan de riesgos laborales en Atención Primaria 



marzo 02, 2025

Santiago Pérez, una vida en la agricultura ecológica: "La alimentación natural es la clave de todo"

 

Luján Palacios      Pruvia (Llanera) 01 FEB 2025

Vecino de Pruvia, pionero en este tipo de cultivos, anima a formar a los jóvenes desde los colegios, porque "tenemos tierra y clientes, solo falta quien trabaje"
Santiago Pérez, con una caja de hortalizas, en su casa de Pruvia. | L. P.

La huerta es su vida, y la tierra su elemento natural. Santiago Pérez sigue al pie del cañón a sus casi 92 años, enredado entre plantaciones e invernaderos, pedidos y cuidados a sus hortalizas en sus fincas de Pruvia (Llanera). Pionero de la agricultura ecológica en Asturias, sigue teniendo tan claros sus principios como cuando empezó en serio con sus cultivos: "No podemos echar venenos a lo que comemos, cómo va a ser eso bueno", señala con firmeza.

Nacido en Lavio, en el concejo de Salas, Santiago llegó a Llanera después de casarse con Longina García. "Acababa de comprar unas fincas aquí con mi padre, así que vinimos", explica ella, atareada en las cosas del hogar. Y en la parroquia de Pruvia levantaron un vergel de productos naturales, ecológicos y criados con el mimo de quien está plenamente convencido de lo que hace.

Santiago trabajó 30 años en la Fábrica de Metales de Lugones, y cuando llegaba a casa después de su turno, "me sobraba tiempo para la huerta. Siempre me ha encantado, la pena es que oscurece y tienes que dejarlo; estar al aire libre es una maravilla, y lo más natural del mundo es que cultivemos nuestros propios alimentos", explica.

Cuando se prejubiló con 55 años fue "la lotería más grande para mí", asegura, porque fue cuando se pudo entregar en cuerpo y alma al huerto. Ya antes se dedicaban a ello, con Longina como mano derecha.

Rotación y variedades

Cultivaban y vendían en el mercado del Fontán, en Oviedo, a donde se desplazaban en Vespa cargados con aquello que se cultivaba en casa: lechugas, tomates, fabas, maíz, patatas o cebollas. Con el paso del tiempo, y con Santiago ya retirado, la producción creció y se diversificó. La tienda pasó de la calle al interior del mercado y hasta contrataron a una empleada, que es la que se encarga hoy en día de las ventas.

La huerta se convirtió en dos hectáreas de terreno, Santiago se apuntó a varios cursos y afianzó los cimientos de una producción basada en un manejo completamente natural.

"Siempre tuve claro que no quería venenos, plaguicidas ni herbicidas, porque eso lo comemos", afirma rotundo. Así que se especializó en rotación de cultivos, introdujo nuevas variedades y empezó a sembrar y cosechar "como se hizo siempre".

En aquella época, en los años 80, se apuntó "al Consejo Regulador, en Madrid, fuimos cuatro, los primeros de Asturias", recuerda. Y al poco se fundó la Coordinadora Asturiana de Agricultura Ecológica, de la que fue promotor. "Fuimos tirando por ello poco a poco y salió, recorrí toda España para aprender de las cosas que hacían en otras partes; Navarra es un ejemplo, siempre fueron muy avanzados en agricultura ecológica", relata. Incluso viajó a Cuba, a Israel o Francia para aprender nuevas técnicas.

Y en medio de esta eclosión, Santiago Pérez recuerda un hito: la celebración de un mercado en Posada "con cuatro productos ecológicos" que fue el germen de la actual feria que se celebra en agosto, que no para de crecer en número de expositores y productos de toda España.

Hoy en día tiene 30 cultivos: "Zanahorias, arbejos, cebolleta, ajos, fabes de mayo, patatas, fabes y legumbres, repollos, coliflores, coles de Bruselas, lombarda morada, col khale, pimientos, tomates…" enumera de carrerilla. Cuenta con 1.200 metros cuadrados de invernadero para cultivar todo el año, y con la ayuda de un obrero que además prepara y reparte pedidos a domicilio.

Es, según explica, "el futuro". La venta por Internet es "lo que más va a crecer", vaticina, y así lo practica. La gente hace sus encargos y se preparan en cajas en la finca que luego se llevan puerta a puerta a través de una asociación de consumidores. "Vendemos a unas 40 personas y es viable, son todas del centro de Asturias, y es lo que mejor salida tiene", afirma.

Y tiene claro que vivir de la huerta "es posible", porque "en Asturias lo tenemos todo, buen clima y buena tierra, y los consumidores a un paso. Lo que falta es gente que quiera trabajar, porque terreno hay. Ves las fincas y la gente tiene que meter caballos a pastar, cuando podían estar cultivadas sin problema", razona.

Y, ¿cómo cambiar esa dinámica? "Los Ayuntamientos son los que tienen que pujar, son los que conocen a productores y consumidores, y los que mejor pueden ayudar a que esto salga adelante", subraya. Y propone también que "en los colegios se introduzcan asignaturas de agricultura, que tengan todos un huerto y un invernadero para que los niños aprendan desde pequeños".

Porque al final, el beneficio revierte en uno mismo. "Tengo casi 92 años y estoy saliendo de una neumonía sin mayor problema; la buena alimentación natural es la clave de todo", asegura con una sonrisa. Y como él nunca se detiene, enseguida se va a supervisar las cajas de productos que se repartirán al día siguiente: "No hay mejor trabajo".

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