David Torres Escritor 04/12/2025
Manifestación por la sanidad pública y contra la política sanitaria del Gobierno de Ayuso, en Madrid.
El martes mi hermano Dani escoltó toda la noche a mi padre en las Urgencias del Ramón y Cajal de Madrid mientras yo me quedaba cuidando a mi madre. Mi viejo tiene 89 años, EPOC, un marcapasos desde hace más de 30 y otras dolencias que no podría detallar, pero, según el primer diagnóstico, lo que le dejó grogui es una insuficiencia cardíaca que le ha llenado de líquido los pulmones y la pleura. En el itinerario que va desde su casa hasta la cama del hospital hay un largo reguero de gastos que incluyen traslado en ambulancia, análisis de sangre, radiografías, ecografías y otras pruebas, más el trabajo impagable de enfermeros, médicos, técnicos, camilleros, celadores, administrativos y el resto de personal de servicios. Un hospital, dijo John Irving, no es el mejor sitio donde estar, pero es el mejor sitio donde estar cuando estás mal. Al igual que cuando le implantaron el marcapasos, todo el dineral que ha ido apoquinando al Estado a lo largo de décadas al final se resuelve en una serie de costosos procedimientos que quizá le salven la vida. No sé mucho de matemáticas, pero creo que mi padre sale ganando. Se pagan impuestos para esto. La salud no tiene precio.
Rara vez suelo escribir de cosas personales y esta vez no iba a ser una excepción, salvo por una razón: al llegar a casa, después de dejar a mi madre en el Centro de Día, he leído la noticia de que Pablo Gallart, CEO del grupo Ribera Salud y gestor del Hospital Universitario Torrejón de Ardoz, había dado instrucciones en una reunión con una veintena de altos cargos para rechazar pacientes y procesos poco rentables, así como realizar menos intervenciones quirúrgicas con el fin de conseguir un beneficio de entre cuatro y cinco millones de euros. En unas grabaciones publicadas por el diario El País puede oírse a este exitoso empresario diciendo cosas como: "Y no estoy hablando solo de listas de espera, seguro que tenéis mucha imaginación, seguro que sois capaces de identificar qué procesos no son contributivos para el EBITDA". El EBITDA, que suena a lo que suena, alude a una métrica financiera que pone la rentabilidad por encima de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones. Lo cual, aplicado al campo de la medicina, quiere decir que hay enfermos más rentables que otros y, los que no son rentables, pues mejor que no entren al hospital. Que se vayan a otro, que se busquen la vida por ahí o que se mueran.
No me hagan mucho caso, pero sospecho que -del mismo modo que cuando ves una cucaracha en el suelo de la cocina significa que hay un centenar de cucarachas que no se ven- esta explícita directiva económica de Ribera Salud no es la excepción sino la regla en muchos hospitales españoles. Al permitir que la derecha neoliberal -sus gestores políticos y sus amiguetes empresariales- meta sus zarpas en el sancta sanctorum de la Seguridad Social, les hemos dejado las manos libres para forrarse a costa de los enfermos. Así entienden ellos la libertad: la libertad de ordeñar al prójimo. Sucede, sin embargo, que la medicina nunca, jamás de los jamases, puede ser un negocio redondo, sino un servicio público en donde el éxito casi siempre es deficitario en términos monetarios. Un paciente que sobrevive a una cirugía de corazón o a un linfoma de Hodking supone un enorme gasto sanitario que puede alargarse muchos años entre revisiones, pruebas y tratamientos, pero el éxito es que siga vivo. El éxito sanitario arrastra un fracaso económico. Es complicado explicarle esto a los avispados mercachifles que administran los hospitales públicos con el único fin de lucrarse, como si fuesen casinos o granjas de pollos.
Quienes piensan que deberíamos imitar el modelo estadounidense, desmontar el sistema público de salud, privatizarlo y convertirlo en una empresa que rinda abundantes beneficios anuales, no deberían pasar por alto la cantidad de celebridades y millonarios arruinados por enfermedades crónicas en el país de las barras y estrellas. Si un magnate apenas puede hacer frente a los gastos de miles de dólares diarios que acarrea un tratamiento por una enfermedad crónica, imagínate lo que vas a conseguir tú por un seguro de ochenta o cien euros mensuales. Pienso en mi padre, que ahora mismo está acostado en una cama del Ramón y Cajal, atendido por ángeles de batas blancas y verdes, y veo que cada uno de los céntimos que cotizó está justificado con creces. Lo más rentable en estos casos, créanme, es morirse.
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