Ana Pardo de Vera Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
16/12/2025
Si es mal momento para la democracia en plena ola global autoritaria, el periodismo que tiene el deber de garantizarla no podía ser ajeno a sus ataques. Este martes hemos sabido que al agitador ultra Vito Quiles se le ha abierto un expediente en el Congreso por grabar sin autorización en lugares prohibidos de la Cámara Baja. El integrante de la lista europea del experto en mentiras y manipulaciones Alvise Pérez, líder de SALF (Se Acabó la Fiesta, menos para él), además, habría recibido dinero de éste para montar una gira desestabilizadora y provocadora por las universidades de Granada, Sevilla, Málaga, Valencia, y Alicante, entre otras.
Ha costado muchísimo esfuerzo y tiempo -demasiados, siempre- a los compañeros/as que cubren la información del Parlamento que la institución donde reside la soberanía popular tuviera en cuenta sus denuncias, plantes o avisos sobre los comportamientos de Quiles y otros activistas de extrema derecha que pretenden reventar el trabajo periodístico y de los políticos progresistas y/o nacionalistas, es decir, de aquellos que no son de PP y Vox. Ahora, por lo menos, se les abre expediente -Quiles no es el primero- y corren el riesgo de ser expulsados temporalmente o para siempre si insisten en sus sabotajes. Hay que hacer periodismo en el Congreso -y periodismo, en general- para ser consciente de hasta qué punto la interferencia de estos antidemócratas y acosadores, financiados por partidos con representación parlamentaria y de gobierno, desgasta a los profesionales y les impide hacer su trabajo. A ello se suma el hostigamiento personal y deshumanizador que ejecutan impunemente contra políticos/as, periodistas o analistas de actualidad que les plantan cara, una auténtica tortura de gota china que zancadillea a un oficio que no pasa por sus mejores momentos en pleno acoso a la democracia a la que debe contribuir.
Con lo que no contábamos algunas es con que el Tribunal Supremo se sumara a esta tortura lenta, agónica y potencialmente mortal que pretende erosionar al periodismo y minar su credibilidad, precisamente, yendo contra quienes lo ejercen de verdad y no como máscara para destruirlo. Nos referimos, claro, a la sentencia del alto tribunal condenando al exfiscal general del Estado, que ha despreciado los testimonios de seis periodistas que declararon disponer del mail del abogado de Alberto Quirón Burnet González Amador reconociendo el fraude fiscal de éste antes que Álvaro García Ortiz.
Algún día se estudiará en las facultades de Derecho y las de Comunicación este ataque al periodismo que supone la sentencia de cinco magistrados de un tribunal de siete; una condena a un inocente -no se ha demostrado lo contrario en las 233 páginas- contra la verdad periodística, que para más recochineo, el propio Supremo admite: a los profesionales no se les ha aplicado la deducción de testimonio por mentir, se les da "veracidad" y, al mismo tiempo, se les ignora. Según uno de estos testigos, Miguel Ángel Campos (Cadena Ser), semejante contradicción tendría que llevar a la anulación de la sentencia. Se trata, sí, de una incoherencia que golpea al oficio por un flanco más -y nada menos que desde el Tribunal Supremo-, dentro del ataque antidemocrático, sistemático y organizado que estamos sufriendo por parte del autoritarismo y por un PP financiador que se dice democrático.
Por mucho que se insista en ello y nos repitamos como el ajo, acosar y atacar al periodismo es hacerlo contra el propio funcionamiento democrático. Hacerlo desde el Tribunal Supremo es, además, un síntoma más de la degeneración autoritaria que estamos viviendo en España, donde el "Todo vale" y el "El que pueda hacer que haga" se ejecutan impune y descaradamente, encima, con la complicidad de medios de comunicación tradicionales que otorgan y jalean la sentencia, por un lado, y que callan, por otro. Entre Vito Quiles y los cinco del Supremo que condenaron a García Ortiz ignorando los testimonios de varios periodistas -y las pruebas que ni pidieron- solo hay una diferencia: las togas que encubren el mismo objetivo del pupilo de Alvise.
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