¿Son modernas nuestras Fuerzas Armadas?
Es curioso leer los discursos de los generales y las altas
autoridades que resaltan de forma permanente la figura del soldado. No
es difíciles escuchar que el soldado es el elemento fundamental de las
Fuerzas Armadas (o los guardias civiles de la Guardia Civil), ni tampoco
lo es que un periodista o cualquiera en general repita sin cesar que
las Fuerzas Armadas se han modernizado por el mero hecho de no ser
potencialmente golpistas. Lo hacen como si una mentira repetida miles de
veces terminase convirtiéndose en realidad, y al final, lo han
conseguido.
El problema es que las Fuerzas Armadas no son modernas, no son
profesionales, no son democráticas y si no son golpistas es porque ello
ya no es acorde con los tiempos. Tiene más que ver con que recibiría la
repulsa y la condena generalizada y con el sentimiento interior de los
altos mandos, en los que sigue ocurriendo lo mismo que magistralmente
relataba Javier Cercas en su relato del 23F (Anatomía de un instante),
cuando los capitanes generales de las regiones militares no se movieron
no por ganas, no porque no creyesen en el golpe, sino porque se
arriesgaban a perder todo lo que habían conseguido.
Hoy, las ganas de actuar contra Podemos o contra Cataluña han quedado
ampliamente documentadas por boca de los propios altos mandos, aunque
sea cuando pasan a la reserva, ya que como explicaba el ex ministro José
Bono en sus memorias, en activo no tienen agallas para jugarse un
céntimo de su salario. Pero que no se tome una acción no significa que
no se quiera o se desee tomar o, incluso, que no se desee recibir la
orden de desarrollarla.
Por tanto, son muchos los ciudadanos que piensan que las Fuerzas
Armadas son profesionales por la supresión del servicio militar
obligatorio y por lo modernos que son algunos carros de combate (aunque
no sepan que muchos ni funcionan o no hay dinero para pagar el
combustible). A esa idea contribuye que las Fuerzas Armadas no
permanezcan aisladas y participen en misiones internacionales, lo que
parece dotarlas de modernidad.
¿Cuál es la realidad?
La realidad es que hace casi quince años se bajaron los coeficientes
intelectuales porque alguien decidió que para soldado valía cualquiera,
sólo se necesitaba alguien que cumpliese las órdenes. Esto nos da una
idea de la concepción que los mandos tienen de los soldados.
A día de hoy, los soldados ganan poco, son tratados con desprecio en
muchas ocasiones y tienen unas condiciones de trabajo precarias.
Costumbres tan
peregrinas como tener hijos o caer enfermos
se pueden convertir en la tumba de cualquier soldado, aunque hayan
tenido un expediente impecable durante años o décadas. Su futuro, una
vez que topan con el sistema, es la
picadora de carne: arrestos, persecuciones, expulsiones, etc.
Los militares, ya casi ni morirse pueden
Por desgracia, tal y como podemos ver con
el trato que se da las familias de los fallecidos en Hoyo de Manzanares, a las que han dejado sin indemnización, ni morirse puede uno, al menos con cierta decencia y un trato digno.
Ni que decir tienen que los soldados carecen de los mínimos derechos
jurídicos o las necesarias garantías laborales que les permitan
desarrollar su trabajo de forma
profesional.
¿Son profesionales nuestros soldados?
Si tan profesionales son, ¿por qué se les expulsa sin ningún escrúpulo?
Si de verdad tenemos unos militares profesionales de gran valía, ¿por qué no tienen un contrato laboral permanente?
Si son tan valiosos, ¿por qué se han expulsado a 10.000 en los
últimos cinco años al tiempo que se han convocado unas 2.000 plazas?
Si el soldado es un militar profesional de gran valía, es difícil
comprender que se le trate como a un peón que se elimina y sustituye sin
el mayor problema por otro.
¿Es necesario profesionalizar a los soldados?
Es más que necesario, es una obligación de todos. Necesitamos mejorar
las condiciones laborales de los soldados: aumentar sus sueldos,
terminar con su precariedad laboral y su temporalidad, dotarles de los
necesarios derechos laborales como una verdadera conciliación familiar o
ayudas a madres solteras, permitirles que hagan uso de la libertad de
expresión para denunciar aquellas irregularidades de las que sean
conocedores, etc.
¿Qué hay que pedirles a cambio?
Creo que es evidente que una persona a la que se le da un arma debe
ser una persona formada en derecho internacional, derechos humanos,
historia, geopolítica y otras materias. No es suficiente con saber
apretar el gatillo, hay que tener muchos más conocimientos. Tenemos a
extraordinarios militares a los que podemos y debemos exigirles más, lo
cual no implica que no existan, como en todos los colectivos, personas
incompetentes o no aptas.
Los soldados no saben porque están concebidos para un ejército en el
que tienen prohibido pensar. Esa fue de las primeras lecciones que como
soldado (lo fui durante tres años). Ese concepto no creo que tenga mucha
relación con la profesionalización, más bien al contrario.
La realidad es que los soldados que no piensan son para los ejércitos
de las dictaduras y se supone que nuestro ejército ya no tiene nada que
ver con algo parecido. Si nuestro ejército es profesional y se ha
modernizado, ¿por qué trata a los soldados como reclutas con contrato?
¿Condiciona algo que los soldados estén o no formados, tengan o no derechos laborales y piensen o no…?
¡Mucho!
En los últimos años hay soldados que han cumplido las órdenes
impuestas, fuesen las que fuesen, por temor a perder sus trabajos, por
desconocimiento, por las represalias que han sufrido o que podían
sufrir.
Así, hay soldados que han apaleado a prisioneros, otros han acarreado
ladrillos para que un teniente coronel se edifique un chalé, otros han
visto facturas faltas, cajas b y cientos de miles de historias
similares.
Si un soldado tuviera la necesaria seguridad laboral y el
imprescindible conocimiento en materia de derecho podría mudar su
condición de
compinche involuntario a denunciante concienciado.
Todo ello supondría ahorrar millones de euros a los ciudadanos y un
buen respiro para los soldados.
Es necesario cambiar, por tanto, esa visión de soldado-máquina: un
médico o un bombero son profesionales con gran vocación que no están
dispuestos a cualquier cosa, sino que tienen una formación que les
permite tomar, o intentar tomar, la mejor decisión en cada momento.
¿Qué pasa con los antimilitaristas o los que piensan que las Fuerzas Armadas son innecesarios o han sido elementos de represión?
Me parece bien el debate sobre el antimilitarismo porque en una
sociedad democrática deben tener cabida todas las opiniones. De hecho,
creo que un militar puede ejercer su condición mejor desde una posición
antibelicista, más crítica, que desde una posición de ardorosa entrega,
más dispuesto a lo que le manden, sea lo que sea.
Respetándolo, pienso que es un debate que no debe enturbiar la
necesidad de modernizar a los militares. Una cuestión es tener un
ejército moderno y otra muy distinta es el uso que se haga de él, la
necesidad de eliminar el artículo octavo de la Constitución que las
convierte en garantes de la “integridad territorial, la soberanía o la
independencia” o que sea necesario que las intervenciones militares se
aprueben mediante un referéndum y, por ello, se redacte un nuevo
artículo constitucional al respecto.
Mientras llegan todos estos cambios, necesarios e imprescindibles,
mientras conseguimos externalizar la justicia militar o que exista
transparencia en el gasto militar, no está demás que nuestros soldados
sean verdaderos profesionales cuya formación les permita en un momento
dado decir no a una orden ilegítima y hacerlo desde la convicción de la
razón, el conocimiento de los derechos humanos e internacionales y la
seguridad de que dicha negativa no va a suponer su despido.
Si no queremos que cualquiera coja un bisturí y nos opere, no
deberíamos querer que cualquiera coja un fusil, sobre todo porque quizás
sea más peligroso lo segundo que lo primero.
El problema es que tengo la sensación de que los políticos se
conforman con contentar a los generales y éstos con reproducirse como
hongos y los primeros con vender armas y acudir a guerras y los segundos
con las puertas giratorias y los primeros también y… Aquí “café para
todos” y la factura para los ciudadanos…
Observaciones:
Con esta entrada me despido hasta septiembre, deseo un buen verano a todos.
“Código rojo” es una novela sobre los suicidios, la industria
armamentística, el tráfico de drogas, el tráfico de armas, los abusos,
la corrupción o los privilegios en la que descubrirás inquietantes
asesinatos en serie o conexiones con acontecimientos históricos.
Aquí puede entrar en la página web de Luis Gonzalo Segura
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