mayo 10, 2018

Familias frente a la crueldad carcelaria. Francisco murió en Huelva el 10 de abril de este año.

Hoy me gustarÍa hablaros de Josefa y Toñi, madre y novia de Francisco que murió en Huelva el 10 de abril de este año.
Me cuenta Toñi que comunicó con su novio el día 7 de abril y lo encontró contento y con ganas de vivir. Ella solia ver marcas de golpes en el cuerpo de Francisco presuntamente producidos por un carcelero apodado "el tocahuevos ". El joven de 28 años estaba en aislamiento.
El dia 10 del mismo mes el director de la prisión llamó a Josefa para comunicarle que su hijo habia fallecido debido al golpe que se habia dado al caer de la cama. La autopsia determinó que tenia los timpanos reventados, hecho que constató la familia cuando les entregaron el cadáver.
La autopsia dice que Francisco falleció de infarto agudo y declara que es una muerte dudosa. El cuerpo fue levantado antes de que llegara el forense.
Josefa ha denunciado a la prisión el 18 de abril.
Otro caso más de muerte en prisión en circunstancias poco claras.
Envío a Josefa y a Toñi todo mi cariño y mi fuerza. Un abrazo para las dos


Gracia Amo Agusti Gracias Gonzalo !!

Gonzalo Tejerina Lobo a todas vosotras por mantener la memoria de vuestros hijos y mantener viva la lucha de todos. TODOS SOMOS PRESOS
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Tres magistradas creen que el delito de ‘La Manada’ debió castigarse como violación

Mikel Tar Orrantia Diez ·   8/5/2018
«LA MANADA. NO SON 5. LA MANADA ES EL SISTEMA». Pancarta frente a la Audiencia Provincial de Navarra, foto Efe. Deia, 6/05/2018.
Carta de tres juezas a la joven agredida en San Fermín: «Todo acto de juzgar tiene una carga de subjetividad y cuando escribimos una sentencia nos retratamos». Le agradecen a la mujer violada, la victima, su «valentia, coraje y honestidad».

Jornada de Educación Ambiental La Noche de los Anfibios. 12Mayo 19h.

La Casa de Isabela·   8/5/2018
Si os gustan los anfibios el fin de semana del 12 de mayo no puedes perderte... LA NOCHE DE LOS ANFIBIOS. Una Jornada de Educación Ambiental organizada por la Oficina de Desarrollo Rural del Ayuntamiento de Arenas de San Pedro.

No hay texto alternativo automático disponible.
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OTRO ASUNTO en Perroflautas del Mundo: Mindfulness en las empresas o el embudo para seguir tragando

 

 

La España solidaria ya no lo es tanto: radiografía de la cooperación al desarrollo

 

 

mayo 09, 2018

Yo también sufrí BULLYING, de Javier Nix Calderón

Javier Nix Calderón ·  11/2/2018
Leo noticias sobre niños que sufrieron acoso escolar. Leo sobre su sufrimiento, y no me resulta difícil entender lo que sintieron. Los imagino aislados en el patio, jugando solos en la arena, apoyados sobre la verja, ansiando la hora de salida. Los imagino solos. Tan solos como yo me sentí durante dos años de mi vida.
Yo también sufrí bullying. Tenía 12 años y mis padres me cambiaron de colegio. Yo venía de un centro de integración, uno de esos colegios construidos a principios de los 90, que seguían la pedagogía que fracasaría más tarde con la Logse. Conviví con niños con problemas de movilidad, de ceguera, de sordera, de adaptación curricular. Comencé en mi primera escuela con 5 años. Aprendí muy pronto el valor de la paciencia, del cariño. Comprendí a los 8 años que el amor era la única fuerza capaz de mover el mundo. Recuerdo los trabajos en grupo con Sara y Jorge. Ellos no comprendían el mundo como yo lo hacía. Pero los quería. Eran mis amigos. Recuerdo a Álex, un niño de 5 años con un problema cerebral grave, que le hacía imposible entender el funcionamiento de las sumas y las restas, del lenguaje. Yo era su amigo. Jugábamos juntos con la arena, al pilla-pilla, al escondite. Álex era mi amigo. Cuando tenía 6 años, mi padre compró un ordenador. Aún recuerdo el modelo: era un Pentium 286. Funcionaba con el sistema MS-DOS. Aquellos ordenadores podían ser bautizados con el nombre que uno quisiese. Yo le pedí a mi padre que lo llamase Álex. Él me preguntó por qué Álex. Yo le contesté que Álex era muy inteligente. Que hacía formas imposibles con la arena. Que llegaba más alto que nadie en los columpios. Que Álex era más listo que cualquier ordenador. Que siempre sonreía. Que me ganaba al ajedrez. Que conocía los nombres y apellidos de todos mis compañeros. Yo quería ser como Álex. Ese ordenador podía ser como Álex. Quizás así podría entenderle.
Con 12 años, nos mudamos. Tuve que cambiarme de colegio. Era un mundo nuevo al que no supe adaptarme. Mis compañeros jugaban al fútbol siguiendo un estricto sistema de jerarquías. Intenté jugar con ellos. Me derribaron con violencia en el primer balón dividido. Aún lo recuerdo. Nunca había vivido nada igual. Con sangre en los codos, me fui a un extremo del patio. Observé a una mosca atrapada en la tela de una araña. Lloré. Lloré viendo a aquella araña acercándose a su presa. No me da vergüenza decirlo: lloré viendo aquella tela de araña. En lo más profundo de mis 12 años, sabía que yo era la mosca. No tardarían en atraparme.
Los motes llegaron poco tiempo después. Me insultaron hasta el hastío. Tengo una cicatriz en la barbilla, que me hice a los tres años en una rampa de un Caja Madrid. Mis compañeros de clase me insultaban diciendo que era una mancha de chocolate que no me había limpiado del desayuno. Inventaron mil y un insultos para mí. Yo era débil. Demasiado cobarde. Demasiado sensible. No me defendí. Me pegaban en el intercambio entre clase y clase. Me pegaban de verdad. No os imagináis lo hijos de puta que pueden ser los niños: me propinaron puñetazos, patadas, escupitajos. Se tiraban encima de mí. Sentía como el aire escapaba de mi cuerpo. Los profesores siempre llegaban demasiado tarde. Nunca dije nada. Callé, con vergüenza, con ira, con miedo, con asco de mí mismo. ¿Por qué no era capaz de defenderme? ¿Por qué temblaba de rabia cuando espachurraban un escarabajo en el patio pero no movía un dedo por huir de aquel maltrato? Nunca lo sabré.
Traté de escapar del patio varias veces por la valla. Los profesores me descubrieron. No dije la verdad. Dije que estaba harto del colegio. Que no lo soportaba. Pero no era verdad. No era toda la verdad. Algunos de mis compañeros me perseguían hasta mi casa tirándome piedras. Yo corría aterrado, llorando, sintiendo una soledad que no me ha abandonado a mis 32 años. Me recuerdo corriendo a las cinco de la tarde, solo, llegando a mi casa, sin decir nada a nadie. Recuerdo entrar en mi habitación y enterrar la cara en la almohada y llorar en silencio. No quería que nadie conociese mi dolor. Me daba vergüenza.
A los 14 años entré en el instituto y abandoné ese mundo. Me hice fuerte en el graffiti. Me convertí en un loco muy cuerdo. Caminé por el lado salvaje de la vida. Comencé a leer. Entendí que mis antiguos compañeros eran estúpidos. Sus golpes dejaron de dolerme en la memoria. No importaba lo que me hubieran hecho. Yo siempre estaría por delante de ellos. Me convertí en una roca, pero en una roca con una grieta interior muy profunda. Casi nadie puede verla. La cubrí con libros. La cubrí con viajes. La cubrí con vida. La cubrí lo mejor que pude, pero aún sigue dentro de mí.
Hoy, soy profesor de secundaria y enseño Geografía e Historia en el mismo instituto en el que estudié, pero enseño algo más. No estoy allí para enseñar los tipos de agricultura que existen en el mundo ni las fases de la Revolución Francesa. Estoy allí para enseñar respeto por el mundo y los demás, para enseñar amor por la vida y el conocimiento. Tengo tolerancia cero ante la menor falta de respeto hacia cualquier alumno. Hablo con aquellos chicos y chicas aislados, que se sientan en el patio lejos de los demás. Yo fui uno de ellos. Siento la misma grieta que ellos.
Pero sé que esa grieta les hará grandes. Les veo crecer ante mis ojos. He consagrado mi vida al barro de la educación secundaria porque sé que entre el cemento también pueden crecer flores. Yo soy un jardinero del cemento, que sueña con una nueva cosecha de rosas entre las rocas. Los niños que sufren bullying son esas flores. Mi misión es ayudarles a crecer puros, fuertes, decididos, entre la gravilla del mundo. Yo lo logré. Ellos también lo lograrán. Su color iluminará la tierra.
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OTRO ASUNTO en Perroflautas del Mundo:  David Graeber: “En Rojava saben que no te puedes librar del capitalismo si no te libras antes del patriarcado”

 

 

Eucalipto para fabricar celulosa arrasa la biodiversidad

Camino A Gaia ·    19/4/2018
Vivimos arrasando los ecosistemas que quedan lejos, pero no dejamos a la estupidez salir de casa.

Para abastecer una fábrica de celulosa en Mozambique talarán hasta 237.000 hectáreas de bosque, incluida la ecorregión de miombo. La empresa Portucel pretende cubrir las tierras con monocultivo de eucalipto para obtener madera. La población ha empobrecido y perdido sus tierras. El Grupo del Banco Mundial no debe financiar el proyecto. Carta…
salvalaselva.org

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OTRO ASUNTO en Perroflautas del Mundo:  Viñeta: ¡A mí la Derecha no me la vuelve a dar! ¡Voy a votar a Ciudadanos!

 

 

Felipe Glez. y Julio Anguita: Lo que hacemos es lo que determina en que nos convertimos.

 

 

TOMATES. La semilla única. (Los nuevos transgénicos), de Gustavo Duch

Ana Mendiola ha publicado un artículo en WordPress.   9/4/2018
La semilla única. (Los nuevos transgénicos) En el artículo ‘El monopolio del tomate’ publicado en la revista ‘Soberanía Alimentaria’, Juan José Soriano explica cómo una sola empresa multinacional, Heinz, suministra anualmente más de 6000 millones de semillas de tomates por todo el mundo; lo que supone que el 34% de todos los tomates que se […] a través de La semilla única. (Los nuevos transgénicos) — PALABRE-ANDO. Porque contar es otra forma de caminar. Textos de Gustavo Duch
https://huertaelcampichuelo.wordpress.com/…/la-semilla-uni…/


El grupo de Lippman utiliza la edición de genes con CRISPR para alterar el número y el patrón de ramificación de las flores que se convierten en fruta de tomate.

mayo 08, 2018

Sí, voy al psicólogo, y qué


JAVIER CID  8 feb. 2018 http://www.elmundo.es/papel/firmas/2018/02/08/5a7b210ce5fdea64368b45e8.html

ULISES CULEBRO
De pronto, como una ráfaga negra de metralla, sucede que un buen día todo estalla. A mí, que soy más de sábados que de miércoles, me estalló un fin de semana de muchas tempestades. A saber: desamor, soledades, histerias, cosas varias. Por resumir los síntomas que me apechugaban durante aquellos días feroces, diré que pasaba del llanto estremecedor a los cantos regionales en décimas de segundo. Lo que viene llamándose, en este castellano nuestro de geniales metáforas, estar como una puta cabra.
Para no estirar la agonía, pues con las cosas de la cabeza nunca se sabe, ese mismo lunes pedí cita en la consulta de una psicóloga. Yo aún no era consciente pero, cuando llamé al timbre con la voz blandita y los ojos desorbitados, como de loco, hice mucho más que apretar un botón; estaba a punto de adentrarme en una de las aventuras más alucinantes de mi turbio existir.
Mi terapeuta, llamémosla señora X de aquí en adelante, me recibió en sus dominios con un apretón de manos frugal y distante, sin algarabías. Me sorprendió su rictus de hielo, a mí que soy de natural fogoso y besucón. Y no es que yo esperase una bacanal sobre el diván, Dios me libre; pero cuando uno le confiesa las intimidades más sórdidas a un extraño, lo mínimo es un abracito de cuando en cuando, un soplo de cariño, un amago de abrazo, un algo. Pero no. Por más que yo esparza mis vísceras por su consulta, la señora X es una mujer de ciencia, pura matemática, y como tal es austera en las formas, fría en las palabras, una valquiria que no se deja impresionar por mis secretos esquizofrénicos. Es la Angela Merkel de la psicología. Y funciona. Vaya si funciona.
La cronología de mi terapia, que es la que me pilla más a mano (ya si eso, que otro día Woody Allen hable de la suya), es más o menos así. Las primeras sesiones fueron una aproximación a las dos o tres miserias que me rondaban entonces, cuando era virgen en los misterios de la psique. Ignorante de mí, creía que apretando no más que un par de tornillos enderezaría mi cabeza y me volvería un hombre cabal, un espíritu zen, un junco con el alma serena de un monje tibetano. Tremendo error; una terapia es una montaña rusa de idas y venidas, una hostia tras otra, un caerse y levantarse y volverse a caer. Como una temporada de Juego de Tronos, pero a lo bestia.
Así, lo que iba a ser una puesta a punto se convirtió en un viaje al lado oscuro. De mi cerebro, sí, pero lado oscuro al fin y al cabo. Y qué tinieblas, rediós. Poco a poco, en lo que la señora X y yo escarbábamos en esto y en aquello y en lo de más allá, comenzó a salir mierda. Un derroche de mierda sin precedentes. Paladas de mierda, toneladas de mierda, recuerdos de mierda, mierda a espuertas, pero mierda que duele, que pica, que mancha, una auténtica fosa séptica rebosante de mierda, con sus filias de mierda y sus fobias de mierda. Mierda, mierda y mierda. A tope de mierda.
Algunos días, no sé si por sugestión o por el descalabro de mi serotonina, que es la hormona esa de los tontos felices, vomitaba al salir de la consulta. O tenía mareos de folclórica. O me azotaba un nosequé en el pecho que a ratos confundí con un infarto. De miocardio y tal. "Es la catarsis", me decía a mí mismo para no tirarme escaleras abajo. "Esto te pasa porque te estás curando. No sé exactamente de qué, pero estás sanándote".
Las sienes me centrifugaban como el programa corto de la lavadora, y hubo momentos en que creí que era un perturbado mental. Por buscar un símil facilón, diré que me sentía como si me hubieran arrancado la piel y anduviese por el mundo en carne viva. Aveces pensé en la farmacología, que es como tener a la virgen de Lourdes en un blíster. Pero por más que supliqué a la señora X por pastillas mágicas que me pusieran en órbita, como aquel éxtasis sideral de los años 80, ella se limitó a escucharme y pedirme paciencia.
Yo siempre me creí un tipo duro. Un bravucón como los de antes, de los de garrota y chapela, a los que les estaba prohibido sufrir. Error. No me conocía. La terapia me puso delante del espejo, a pelo y sin anestesia, y mirarme a los adentros es una de las experiencias más tremendas que hice nunca. Pero obedecí a la señora X. Apreté los dientes. Tuve paciencia. Y hoy, alabado sea mi cerebelo, empiezo a encontrarme bien. A ratos muy bien. Hasta siento en la séptima costilla -que es donde noto yo las premoniciones- que estoy en el buen camino. Sé que aún me queda mucho desescombro, puede que años, pero ahora que he abierto la veda no tengo más cojones que ir a por todas.
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OTRO ASUNTO en Perroflautas del Mundo: La (decepcionante) reacción de la democracia española a la crisis catalana, 10/5 19h. Albacete. 

 

 

El Gobierno recortará el peso de la educación y la sanidad al nivel más bajo desde 2003.