diciembre 28, 2023

Control, castigos y muerte social en los Testigos de Jehová: "Mi familia recibió orden de retirarme el saludo", de Sandra Vicente

 Sandra Vicente   14 de diciembre de 2023 


A finales de marzo, Joana quedó para comer con sus padres para despedirse de ellos. No es que se fuera de viaje ni a vivir a otro país. Esta joven de 27 años fue expulsada hace unas semanas de los Testigos de Jehová, religión a la que había pertenecido desde que nació y que estipula que sus miembros no pueden tener contacto alguno con las personas expulsadas.



diciembre 27, 2023

Portmán, el pueblo murciano que arrastra las consecuencias de tres décadas de feroz minería: “La playa se la tragaron los lodos” , de Álvaro García Sánchez

 Álvaro García Sánchez  18 de octubre de 2023 

Todas las mañanas, a las nueve y media, Luis Gudiño entra al Hogar del Pensionista de Portmán (La Unión, Región de Murcia) andando muy despacio, ligeramente encorvado, y espera, sentado en una mesa de mármol, sin quitarse todavía la boina de la cabeza, a que vengan sus amigos. Ha quedado con ellos para jugar al dominó. Gudiño, que ahora cuenta con 81 años, pisó por primera vez el pueblo a los 17. Había llegado desde Badajoz para trabajar en las minas de Peñarroya, la empresa que controlaba su explotación. Es el único minero, dice, que todavía queda vivo en Portmán. Sus amigos, que llegan a la vez y se sientan y piden descafeinados y vasos de agua lo corroboran. Todos ellos fueron trabajadores de Peñarroya, aunque Luis agotaba sus jornadas, al principio, a cientos de metros de profundidad, picando sin apenas descanso sobre la roca húmeda y oscura de las galerías.

Aquellos trabajos que ahora se antojan tan antiguos concluyeron hace más de tres décadas, a principios de los noventa, y dieron comienzo hace más de seis, pero todos los recuerdan como si hubiesen sucedido hace apenas unas semanas. Manuel Martínez, compañero de Luis durante algunos años en las canteras y las voladuras, derrama en la mesa un juego de fichas de dominó. Es más fácil recordarlos, dice, porque todos los días ve, desde su casa, desde la calle, desde el mismo Hogar del Pensionista, sus crueles estragos. “El pueblo está así desde que cortaron las minas. Desde mucho antes, desde los 50 o los 60. Había una bahía inmensa y poco a poco fue desapareciendo”, cuenta Gudiño. 

Para llegar a la localidad hay que recorrer una carretera sinuosa que atraviesa la sierra minera de Cartagena y de La Unión. Hay, a ambos lados de la calzada, durante todo el trayecto, construcciones derrumbadas, carteles descoloridos y oxidados que advierten de pozos mineros, zanjas gigantescas que encierran charcas de un rojo tan intenso como el de la sangre, grúas y torres metálicas corroídas como espectros en medio de la nada. Desde lo alto de la carretera se ve el mar entre dos montañas en las que apenas crece vegetación: es una lámina luminosa y azul que se pierde en el horizonte. 

Cuando el camino comienza a descender, sin embargo, se capta de pronto la realidad. Basta un golpe visual: el agua debería llegar hasta Portmán, hasta las primeras casas del pueblo; debería ocupar una bahía que tiene la forma de una perfecta concha. Pero hay, en su lugar, un largo trecho de tierra seca y gastada, de arena negruzca, de balsas que contienen residuos abandonados a la intemperie. Ese paisaje es producto, cuentan todos, manoseando las fichas, colocándolas sonoramente sobre el mármol, de los lodos que Peñarroya vertió al mar durante más de 30 años. “Los tiraban a través de unos tubos enormes”, explica Luis, haciendo gestos exagerados con los brazos. “Los llamábamos los chorros”.

“Ése fue el gran fallo que hubo aquí. Echar los chorros al agua. Nunca debió haber sucedido eso”, dice Antonio Pérez, mientras apunta a bolígrafo en un folio quién va ganando las sucesivas partidas. “Pero estábamos en el régimen franquista. No podíamos decir nada”, afirma. Él fue camionero de Peñarroya. Cuenta que, día y noche, sin cesar, había camiones que, como hormigas concienzudas, transportaban ingentes cantidades de tierra hacia el lavadero de Portmán, que fue, a fin de cuentas, el auténtico perpetrador del desastre. Era el más grande de Europa. Allí se separaban los minerales de la tierra con un sofisticado método: la flotación. Después se desechaba en la bahía el barro que sobraba. “Cuando pasó el tiempo y prohibieron la actividad en las minas, en los noventa”, continúa Antonio, “la gran mayoría del pueblo se quedó sin trabajo. Muchos tuvieron que emigrar, y el paisaje, lo que conocíamos desde niños, había cambiado para siempre. La playa se quedó colmatada. Desapareció”, explica. “La minería se comió el mar”, sentencia Gudiño, justo antes de cerrar la partida y volver a mezclar las fichas para comenzar otra (...)



diciembre 26, 2023

La Justicia admite por primera vez que Colau ha sufrido una guerra judicial por parte de sus rivales, de Oriol Solé Altimira

 Oriol Solé Altimira

Barcelona —

CTXT. ¿Crisis o colapso ecológico? Algo más que un matiz terminológico, de Luis Lloredo Alix

 Luis Lloredo Alix 6/12/2023

Estamos ante una situación irreversible en la que numerosos ecosistemas se desequilibran aceleradamente. Pero aún hay margen para mitigar el daño y readaptarnos. Existe esperanza para un futuro más justo y bello

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Cambio climático, muerte, devastación. / Pedripol

 


Hay altas probabilidades de que este año lleguemos al umbral de 1,5º de calentamiento planetario respecto a la temperatura media anterior a la era industrial. Esto es muy serio, pero va a ir a peor. En apenas un siglo y medio, especialmente a partir de 1950, hemos desatado un cataclismo climático de consecuencias que todavía no podemos calibrar del todo. Hablar de calentamiento global es un error de categoría del que quizá no podamos librarnos, pero de cuyas insuficiencias debemos ser conscientes: no solo es que el planeta se esté calentando, sino que todo está cambiando drásticamente.

Que el clima se caliente implica que los casquetes polares se derriten, que sube el nivel del mar, que islas y archipiélagos –algunos de ellos estados soberanos– corren el riesgo de desaparecer bajo las aguas, que miles de especies se extinguen a un ritmo vertiginoso, que las cadenas tróficas que se sostenían gracias a tales especies se desequilibran a velocidades superiores a su capacidad de adaptación, que numerosos ecosistemas dependientes de tales cadenas colapsan, que las tierras se desertifican, que la ausencia de agua hace imposible la vida en tales territorios, que los fenómenos climáticos extremos cada vez son más violentos e inesperados, que la inestabilidad de las estaciones interfiere con la agricultura tal y como la habíamos conocido durante los últimos 20.000 años, que los precios de los alimentos se disparan porque las cosechas se malogran ante fenómenos atmosféricos imprevisibles…

Podría mencionar muchas más dimensiones del cambio global, pero creo que basta con lo anterior. Enumerar la cascada de consecuencias que se desprenden de la violencia de la intervención humana en el planeta –mediante la emisión de gases de efecto invernadero, pero también mediante la tala indiscriminada, la extensión de monocultivos que solo se sostienen con la utilización de fertilizantes de origen fósil, o la difusión de un modelo de alimentación cárnica desmesurado– es imposible. No solo porque no acabaría nunca, sino también por el carácter imponderable de lo que está pasando y lo que puede ocurrir a continuación. Lo que está claro, sin margen de duda, es que estamos en una situación crítica. Ahora bien, ¿qué quiere decir exactamente “crítica”? 

En los últimos años se ha producido en España una polémica respecto a si estamos o no estamos en un momento de colapso ecológico. Este debate es rico en argumentos y todas las posiciones han subrayado elementos dignos de consideración. Ahora bien, a mí, que soy profano en este campo, el cuerpo me pide decir que sí, que estamos experimentando un colapso que solo cabe calificar como gravísimo. Por supuesto, esto no implica una divisoria histórica abrupta, una especie de apocalipsis centelleante que se cierne sobre la tierra entre columnas de azufre, escombros y llamaradas del inframundo. Es más bien un nombre para describir una coyuntura histórica compleja, en la que numerosos ecosistemas se desequilibran aceleradamente, produciendo reacciones concatenadas en los entornos adyacentes, todo lo cual genera, a su vez, varias formas de inestabilidad económica, política y social: desabastecimiento alimentario, falta de materiales para la industria, cierre de empresas y correlativas bolsas de desempleo, cortes energéticos, incremento de enfermedades por falta de luz, agua o alimentos, empobrecimiento derivado de todo lo anterior, incremento de los desplazamientos forzados, aumento de la conflictividad social, guerras, intensificación de la xenofobia… Un cóctel de consecuencias tan difíciles de ponderar como las dimensiones puramente biofísicas del cambio global.

Me parece, además, que la experiencia e intuición de cada vez más gente coincide con el juicio de que estamos ante una situación de colapso. Y esto es algo que debemos tener en cuenta. Primero, porque eso implica una toma de conciencia políticamente fecunda: “Dormíamos, despertamos”, se decía en el 15M. Dormíamos en el sueño del Holoceno, esa etapa geológica en la que nuestro planeta parecía un refugio seguro, un escenario donde los ciclos climáticos se sucedían con regularidad reconfortante, y estamos despertando en el Antropoceno, una era en la que la huella del ser humano ha logrado alterar buena parte de los procesos que nos mantenían dentro de un espacio habitable. Cabe la opción de permanecer dormidos, confiando en que esto no sea más que una crisis pasajera, pero esa es una huida hacia delante que, antes o después, nos pasará factura, porque el planeta ha experimentado cambios biofísicos que ya no tienen vuelta atrás.

(...) El sistema actual está basado en un consumo desaforado, en trabajos extenuantes y precarios, en falta de tiempo de calidad, en angustia económica permanente… Y eso es precisamente lo que está atizando la catástrofe ecológica. Dicho de otro modo: vivimos muy mal y ese mal modo de vida está alimentando a una bestia que nos hará vivir aún peor. ¡Cambiémoslo! Decir colapso no significa claudicar ni hundir la cabeza en el pozo de la desesperanza, sino justo lo contrario: significa adquirir plena consciencia de ese bucle destructivo y transformar nuestras prácticas para vivir mejor (...)

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PERROFLAUTAS DEL MUNDO:   El infierno del Darién está fuera de control: 500.000 migrantes expuestos a violaciones, asesinatos y robos, de JAIRO VARGAS MARTÍN 


diciembre 25, 2023

Viñeta: Malagón Portal de Belén

 Malagón     Portal de Belén

11/12/2023



PERROFLAUTAS DEL MUNDO:   Paseo semanal por Revista CTXT





La eterna lucha del eucalipto, o cómo domar unos cultivos intensivos, de Diego Cobo

 Diego Cobo

Santander —

Durante una excursión por los Dolomitas, a Rainer Maria Rilke le fascinó aquel agreste paisaje, aunque el entusiasmo que sentía al caminar por la montaña se anuló al pensar que el invierno pronto marchitaría la bulliciosa naturaleza. Es probable que el poeta, si paseara hoy entre una masa de espigados eucaliptos, admiraría sus hojas azuladas, palparía alegre la corteza desprendiéndose como papel y se sentiría embriagado por la fragancia mentada de los árboles. Pero también es posible que, al igual que en su paseo junto a Freud —que abundó en la sensación de su amigo para escribir un ensayo sobre la transitoriedad­­—, la melancolía se apoderara de él: esta maraña de ramas, los árboles autóctonos pegando el estirón bajo los eucaliptos y los aromas profundos desaparecerán con la próxima tala.

La industria asociada al eucalipto, esos árboles australianos que dominan tantos montes del norte de España, genera más de ocho millones de euros al año en Cantabria al tiempo que cosecha tanta madera como críticas. Es una cuestión que supura todo tipo de opiniones debido a su condición exótica. “Pero lo importante es demostrar que la mala fama del eucalipto no tiene mucho sentido”, adelanta Carlos Tejedor, presidente de la Asociación Forestal de Cantabria (Aforescan), quien trata de desmontar cada uno de los ataques —empobrecimiento del suelo, mayor riesgo de incendios, incompatibilidad con bosques autóctonos, su condición invasiva— a esta especie venida de otra punta del planeta. La asociación reúne a más de cien propietarios forestales, y eso, en Cantabria, significa hablar de propietarios de eucaliptos, ya que son las plantaciones más rentables.

(...) El rápido crecimiento del eucalipto, de hecho, es el mayor atractivo para un sector que en Cantabria mueve 300.000 metros cúbicos de madera al año. “Tiene sentido plantar eucaliptos cuando se utiliza poca superficie para producir mucha madera”, explica Tejedor. Atendiendo a ese principio, pues, el eucalipto cumple todas las exigencias. Podría parecer que las masas de eucaliptos que se ven desde tierra, mar y aire suponen un gran mordisco de la superficie de Cantabria, cuya superficie forestal (373.793 hectáreas) ocupa el 68% del territorio. Ese paisaje verde y escarlata, alguna vez cubierto de robledales, ha convertido a Cantabria, como al resto de comunidades norteñas, en un lugar idóneo para el desarrollo de la especie: el 21% del territorio forestal de Cantabria con árboles está cubierta de eucalipto. Las especies autóctonas, por su parte, ocupan el 74% de la superficie arbolada.

(...) Porque son cultivos. Si Carlos Tejedor dice que no se puede comparar un bosque con una plantación de eucaliptos, Adolfo del Cerro, profesor del ciclo formativo de Gestión forestal y del medio natural en Cabezón de la Sal, considera que la única semejanza es que ambos son un conjunto de árboles. Nada más. “No podemos comparar un cultivo que tiene una función productora de diez años con una masa forestal de 200 años. No tiene nada que ver”, explica Del Cerro. En sus clases, este profesor de la asignatura de Aprovechamientos Forestales suele explicar que el eucalipto es una especie botánica más. Y en Cantabria, donde tantos montes están tapizados por ella, su peso social y económico es definitivo (...)



diciembre 24, 2023

Me he estampado contra el suelo, otra vez. 16/12/2023

 Me he estampado contra el suelo, otra vez.  

Recupero las fuerzas para levantarme. Me he dado un buen golpe.

Blas me observa, será mejor que volvamos a casa, a limpiar las heridas. Son las 12h. 30´. 

Estamos cerca. Acabamos de salir de ella para dar una vuelta. No me apetecía, ayer estuvimos caminando por la Pedriza. Blas quiere que mantengamos la forma, mañana vamos a hacer otra a Cotos.

Ya en casa me prepara una bolsa con hielos para los golpes de la cara, los más evidentes. ¿Qué hacemos? Seguimos con la vuelta. Yo con mi bolsa de hielo apretada al mentón, lo más visible ahora. A la vuelta la traslado al ojo, el izdo., es donde me he llevado el golpe, en el lado izdo., también la rodilla dcha.

Y de esta manera salimos a la calle. En el parque lo pensé, no recuerdo haber visto nunca a alguien con el hielo puesto. No era incómodo, no pesaba en exceso.

Al día siguiente, domingo 17, nos levantamos a las 6 de la mañana, tenemos que estar en Tres Cantos a las 8. No estamos solos, hay bastante gente esperando el bus que nos llevará a Cotos.

Sólo estuvimos agrupados cuando bajamos del mismo. Una vez iniciada la salida, las 9 y media, desaparecieron. Sí nos esperan dos personalidades del club: el Tesorero y el Presidente. Al presi fue al primero que le conté mi "infortunio"

Día 22: Acaba de llegar un repartidor, según me entregaba el paquete clavaba su vista en mi rostro magullado.

Todo por una carrerita para cruzar la calle  y un bordillo que no vi.

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PERROFLAUTAS DEL MUNDO:   Control, castigos y muerte social en los Testigos de Jehová: "Mi familia recibió orden de retirarme el saludo", de Sandra Vicente


Getafe Diversa: Ecuatorianos en Getafe, 4/11/2023

 

1.- Getafe Diversa. Firmado por Manila  9/12/23


2.- Cara contraria, mismo día.

3.- Muchachas ecuatoriana. 4/11/2023

4.- Hombres disfrazados, también ecuatorianos


5.- Yéndome. Allí se quedan, de fiestas. Plaza Tirso de Molina.


4.- Dos gatos callejeros en el Bercial. 7/11/2023


5.- Mismos gatos. 12/12/23


6.- Lago Alhóndiga. 12/12/23. Pareja de Gansos del Nilo. Detrás: los habituales.

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